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Si Juárez no hubiera muerto

26 de septiembre, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Por: Luis Sigfrido Gómez Campos

 

La semana pasada, cuatro rectores de las universidades más importantes del país se manifestaron a favor del fortalecimiento del Estado laico y el respeto a los derechos humanos. Lo hicieron en un pronunciamiento conjunto y como respuesta a una serie de manifestaciones públicas en contra de los matrimonios igualitarios que han realizado grupos de la sociedad auspiciados por el alto clero mexicano.

Y no es sólo porque lo hayan dicho esos cuatro personajes distinguidos de la élite intelectual mexicana, cuya jerarquía profesional les atribuye la fuerza suficiente para que resuene con fuerza su opinión en los confines de nuestro país sobre un tema que ha cobrado relevancia debido a la intransigencia de los curas que han alborotado la gallera, azuzando a su grey para que salga a las calles y se manifieste “en defensa de la familia”.

El año pasado, la Suprema Corte de Justicia de la Nación determinó que por ninguna circunstancia se puede negar o restringir a nadie un derecho con base a su orientación sexual, lo que abrió la posibilidad en México de que personas con un criterio o preferencia sexual diversa a los cánones establecidos en los valores de la religión católica, celebren matrimonios oficiales de carácter civil. Ojo: estas reformas jurídicas no obligarían a las iglesias a convalidar estas uniones, por lo que carecen de sentido todas las movilizaciones que han organizado, ya que el Estado Mexicano no ha tocado un solo pelo a los enlaces y rituales de la vida interna de las iglesias.

Si el Estado Mexicano pretendiera obligar a las instituciones religiosas a celebrar enlaces contrarios a sus creencias violentando los principios de la fe cristiana, vaya que tendría sentido que muchos nos opusiéramos a esa intromisión. Pero las autoridades mexicanas no están sino convalidando lo que dijo Jesús de Nazareth: “Dad al Cesar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Las instituciones públicas deben ser respetuosas y crear las condiciones de libertad para que cada ciudadano profese la religión que le plazca; por su parte, la iglesia no debe meterse en actividades oficiales de carácter civil, so riesgo de que el Estado ejerza su poder a raja tabla e intente revivir las viejas rencillas que terminaron limitando los derechos de los curas en asuntos políticos, como acontecía en un pasado reciente.

Laicismo quiere decir delimitación precisa de los diferentes ámbitos: el de las religiones yel de las cuestiones oficiales; quiere decir respeto entre las cuestiones de la fe y las del Estado, el cual tiene atribuciones muy precisas establecidas en la Constitución General de la República.

Los problemas de la relación Estado-Iglesia supuestamente habían quedado resueltos desde el siglo antepasado, cuando el Presidente Don Benito Juárez promulgó las leyes de Reforma que atribuían de manera clara diferentes ámbitos de actuación a cada institución. Quedó claro desde entonces que la Iglesia no administraría los panteones, ni el registro civil, ni nada que le correspondiera por derecho al Estado, y que restringiría su actuación a la salvación de las almas en los espacios destinados ex profeso.

Pero los curas no se conforman y han decidido reabrir las viejas heridas y auspiciar la movilización social en contra de las reformas relacionadas con los matrimonios igualitarios. No se conforman con adoctrinar a sus fieles y pretenden influir en las decisiones propias de la sociedad civil.

Tal parece que no han aprendido de la historia. El Estado moderno surgió gracias al triunfo de los monarcas sobre la institución eclesiástica que pretendía imponer su autoridad sobre los gobiernos terrenales. La iglesia quedó confinada a la salvación de las almas y el Estado moderno se erigió con todo su poder para gobernar todos los aspectos de la vida civil.

Lo mismo sucedió en México, después de la guerra de Reforma en la que los liberales lograron quitarle atribuciones burocráticas propias de la sociedad civil a la Iglesia, así como después de la guerra de los cristeros, del siglo pasado, en la que el Estado logró someterotra vez al clero.

Hoy, las nuevas generaciones de curas, desprestigiados por los escándalos de algunos pederastas con sotana, regresan a la lucha por espacios difíciles de conquistar. Los derechos adquiridos de las personas con una preferencia sexual diferente, son universalmente reconocidos como derechos humanos, y cuentan además con el apoyo y consideración de la mayoría pensante de la sociedad que no permitiría que les fueran conculcados.

El apotegma juarista universalmente conocido de que “entre los hombres como entres las naciones el respeto al derecho ajeno es la paz”, cobra una relevancia especial en este conflicto ficticio, dado que si los curas respetaran los derechos de terceros, así como el Estado tolera los actos religiosos fuera de las iglesias, otro gallo nos cantara.

Si Juárez no hubiera muerto…

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