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Un sueño de Caltzontzin

13 de marzo, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

PUNTO NEURÁLGICO

 

Luis Sigfrido Gómez Campos

Cuando era niño leí en una revista de Los Supermachos, del magnífico caricaturista Eduardo del Río, Rius, una historia de ficción que cobra vigencia con eso de la llegada de Donald Trump a la presidencia de su país y su obstinada idea de construir un muro y querer que los mexicanos la paguemos.

La historia trataba de un sueño de Caltzontzin, un indígena caracterizado por estar siempre envuelto en una cobija de la que colgaba un cable con una clavija, seguramente se trataba de un cobertor eléctrico, quien era el personaje central de ese cómic que se volvió tan popular a finales de los años sesenta del siglo pasado. Pues bien, este indio se recargó por un rato en un árbol y entonces se le ocurrió una brillante idea. Como en ese entonces estaba en su apogeo la carrera del espacio, la lucha entre los soviéticos y norteamericanos por llegar primero a la luna, se le ocurrió a este inteligente indio acudir al Registro Público de la Propiedad y registrar a su nombre la luna. Una brillante idea que dejaba en desventaja a las dos potencias más poderosa del planeta. Cuando los políticos de ambas naciones se dan cuenta que su lucha por llegar primero a ese satélite sería infructuoso porque a un mexicano se la había ocurrido lo que a nadie, registrar a su nombre la luna, se produce un alboroto internacional.

Los norteamericanos convocan a una reunión urgente del pentágono para discutir tan espinoso asunto. Envían a México a un negociador de la talla de Donald Trump para llegar a un acuerdo con el indio que es dueño de la luna. Y resulta que se topan con un mexicano negociador que está dispuesto a cederles la propiedad de la luna a cambio de que nos devuelvan el territorio que nos robaron en la época de Santa Anna. Los norteamericanos, ventajosos como siempre, acuerdan con Caltzontzin la devolución de nuestro territorio a cambio de la propiedad de la luna, convencidos de que una vez que lleguen al satélite, dirigirán desde ahí sus misiles contra sus enemigos y dominarán el mundo. Firman pues el consabido acuerdo seguros de haber conseguido una gran ventaja.

Una vez firmado el acuerdo, revelan al indio sus negras intenciones. Y éste serenamente les pregunta con qué naves van a viajar a la luna a realizar sus malévolos planes, y los gringos le revelan que irán a la luna en las naves que ellos han construido en su país. Y Caltzontzin vuelve a preguntar con aparente ingenuidad en qué parte de su país tienen sus naves. Y ellos le responden: “tenemos un centro espacial en Houston, Texas”; entonces el indio les revela que esa parte de su territorio donde tienen algunas de sus naves ya no les pertenece en virtud del acuerdo que acaban de firmar.

Era entonces que despertaba. Caltzontzin había tenido sólo un sueño, pues se había quedado dormido cuando se recargó en el árbol. Así más o menos iba esa historia en la que un humilde indio había puesto en aprietos con su ingenio a los gobiernos de los países más poderosos de la tierra.

Hasta aquí la historia del sueño de Caltzontzin. Bien, pues ahora resulta que el Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, quien al parecer tiene ligas de parentesco con el conocido caricaturista Rius, ha planteado una demanda junto con el abogado Guillermo Hamdan Castro para declarar nulos los tratados de Guadalupe Hidalgo de 1848, con los cuales México perdió ante Estados Unidos la mitad de su territorio. Existen pruebas documentales históricas y la propia confesión de los miembros del ejército estadounidense que sustentan que los acuerdos firmados en ese entonces no tienen validez alguna. Además de que el reclamo por parte de nuestro país no ha prescrito.

Habrá quien piense que dicho reclamo de tipo jurisdiccional está destinado al fracaso y que sólo es un sueño guajiro como el de Caltzontzin en la historieta de Rius. Sin embargo, en la conciencia de todos los mexicanos medianamente informados, se encuentra presente ese trágico episodio de la historia en la que los gringos nos robaron esa parte de nuestro territorio. Y además de ese descarado despojo, hoy, en esas mismas tierras, se nos trata indignamente y se nos acusa de ser la causa de todos sus males.

Está bien, que pongan su barda, pero que la pongan allá donde corresponde, de aquel lado del territorio que era nuestro; y que nos devuelvan la parte del México que nos robaron. Ese reclamo es justo pues todo el mundo sabe que los gringos se apropiaron indebidamente de todas esas tierras que eran y siguen siendo nuestras, nada más que debido al poder militar de nuestros vecinos, los gobiernos mexicanos han optado por llevar la fiesta en paz.

Ahora que un gringo ignorante y prepotente ha llegado al gobierno de ese país y que no contiene su diarrea verbal en nuestra contra, ha llegado el momento de desempolvar nuestros reclamos históricos. Reclamemos lo que es nuestro. Es un asunto de dignidad que requerimos hacer valer en los órganos internacionales para equilibrar la balanza de la justicia.

No debemos amedrentarnos ante tipos como Donald Trump que confunden prudencia y diplomacia con debilidad. Reclamemos lo nuestro y hagamos efectivo el sueño de Caltzontzin.

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