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Morelia, Michoacán a 29 de junio de 2017
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A PROPÓSITO DE…

30 de marzo, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

Chiflar y comer pinole

Martha REVUELTA MORALES S.

“Soplar y sorber a la vez, no puede ser”.

Se nos ha advertido, lo hemos visto, incluso sufrido; no obstante, siguen en aumento los accidentes de tráfico causados por la distracción que genera el uso de teléfonos móviles o celulares, tanto en su modo digital como a través de dispositivos de manos libres.

A inicios de este mes, la Dirección General de Tráfico de España (DGT) lanzó una nueva campaña de prevención de accidentes, indicando que al buscar y marcar un número a una velocidad de 120 kilómetros por hora, se recorren aproximadamente 429 metros sin ver la carretera, que equivale a cuatro campos de fútbol; si se escribe un mensaje breve por WhatsApp u otra aplicación de mensajería, se recorren alrededor de 660 metros a ciegas.

Según la AAA (Asociación Americana de Automovilismo), utilizar el teléfono mientras se conduce implica tres formas de distracción: la mental, que es atenderla conversación -escuchar, pensar y contestar-; la visual, cuando se mira la pantalla; y la manual, teclear números y botones a la vez que se está al mando de un vehículo; acciones que multiplican por 23 la posibilidad de salirse de la carretera, desencadenar una colisión con otros automóviles o atropellar a alguien.

Nada es tan urgente ni importante, como la vida propia, la de acompañantes, otros conductores y peatones, que no pueda esperar unos minutos.

Ashley Waxman Bakshi, una de las blogueras más conocidas en Israel, protagonizó recientemente un episodio espeluznante en una trasmisión en vivo. Mientras conducía, contestaba preguntas de sus seguidores, produciéndose un estruendo que cortó la comunicación e hizo presumir su muerte.

Lo anterior fue parte de una campaña de concienciación, pero no siempre es actuada. Un ejemplo reciente es lo sucedido el pasado 23 de marzo, donde una joven de nombre Kazan, de la República de Tartaristán, falleció en una colisión contra un autobús de pasajeros mientras realizaba una transmisión en directo en una red social desde el interior de su vehículo. De acuerdo a la investigación, se distrajo al recibir un mensaje, lo que provocó perdiera el control, resultando gravemente heridas cinco personas del autobús contra el que se estrelló.

“No se puede estar en misa y repicando”.

Algunas situaciones también peligrosas y molestas se generan a diario debido al uso continuo del teléfono de parte de peatones.

Tropiezos y atropellamientos son inminentes riesgos del caminar con la cabeza agachada mirando la pantalla; empujones, golpes y pisotones lo que sufrimos los demás. Solo quienes tienen esta conducta sabrán qué puede ser tan atractivo que implique renunciar a mirar las nubes, los árboles, los rostros de la gente y todos los pequeños detalles que están en el trayecto.

Ante dicho comportamiento en expansión, algunas ciudades como Chongqing (China) y Amberes (Bélgica) han creado carriles especiales para quienes caminan mirando el teléfono. En una plaza de Barcelona se colocaron a finales del pasado año, semáforos en el suelo, que consisten en líneas de luces led, campo de visión para los que van encorvados.

Multas para quienes cruzan las calles mirando el móvil, haciendo una llamada o usando audífonos; aplicaciones para bloquear ciertas funciones del aparato mientras el usuario se mueve y otras medidas ayudan a disminuir el problema, pero no son la solución. Sentido común, educación y mesura, quizá sí.

“No se puede servir a dos señores a un tiempo, y tener a cada uno contento”.

Niños que aprovechan la distracción de sus padres con el teléfono o dispositivos semejantes para obtener de ellos respuestas positivas a lo que quieren, o imitarles; novios o esposos que se sienten ignorados y buscan otras opciones; amigos que se distancian; hermanos que ya no interactúan en charlas profundas, que en otro tiempo les convirtió en confidentes o cómplices; padres que reciben cada vez menos llamadas de sus hijos.

“De pronto, la pequeña mano de mi hija, que aún no había cumplido dos años, golpeó con rabia mi teléfono. Había hecho una torre con piezas de madera y el teléfono se interponía entre su creación y la atención de su padre. En ese instante, me atravesó un sentimiento de culpa, de bochorno. ¿Cómo he sido capaz? ¿En qué momento he perdido el norte? Desde entonces, me propuse hacer dieta de mi “smartphone”estando en familia”.

Estas son palabras de Javier Salas, divulgador científico, quien explica en el reportaje “Phono sapiens’, enganchados al móvil”, que casi cualquiera de los 2,000 millones de usuarios de móviles que hay en el planeta puede contar una anécdota similar, donde la víctima de la falta de atención sea uno mismo, su pareja, un padre o amigos.

Deterioro familiar, problemas de sueño, bajo rendimiento en el trabajo y estudios, dificultar para socializar en persona, son unos de los efectos del abuso de ese objeto.

Sherry Turkle, psicóloga del Instituto Tecnológico de Massachusetts, una de las grandes analistas de la digitalización en la comunicación, devela que el 90% de las personas no tienen el teléfono a más de un metro de distancia durante todo el día (incluso muchos, durante la noche); que los adultos lo consultan de media cada siete minutos, por si tienen mensajes, avisos nuevos o se están perdiendo de algo, fenómeno conocido como “FOMO”, pero lo que lamentablemente se pierde cada vez que se consulta el aparato en presencia de otras personas, es lo que el amigo, los padres, el profesor, la pareja o el hijo acaban de decir.

Del refranero mexicano: “No se puede chiflar y comer pinole”.

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