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Morelia, Michoacán a 22 de junio de 2017
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7 de junio, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

A PROPÓSITO DE…

Martha REVUELTA MORALES S.

Llevo algunas semanas intentando practicar el consejo de buscar actitudes compasivas en la ráfaga de sucesos mundiales lamentables con los que cotidianamente inicia el día.

Al alma, ya de por sí estremecida cada vez que pensamos que las cifras que dan los noticiarios sobre personas que sufren pobreza, discriminación, inseguridad, destierro u otros dolores de la humanidad, tienen rostro, nombre y aspiraciones sencillas de vida-semejantes a las de la mayoría-, se le agrega el amargo sabor que dejan las esquirlas de la violencia desde primera hora, mientras tomamos el yogur, la fruta y el cereal, asumiendo que cualquier día podemos ser nosotros o seres queridos las víctimas.

Manuel Vicent escribió hace años en su columna dominical, que su lucha por la existencia consiste en que a la hora del desayuno sea más importante el aroma del café, que las catástrofes que lee en el periódico. Agregando que cuando muera no echará de menos los grandes acontecimientos que pudo haber vivido, sí pequeñas sensaciones, por ejemplo, estirar la pierna hacia el lado fresco de la sábana en las madrugadas donde escuchaba cantar al mirlo en el jardín.

No sabemos cuándo cesará el odio, la intolerancia, la desigualdad y la mentira, pero sí que existe valor y solidaridad en miles de seres humanos para ayudar a otros, trátese de actos terroristas, desastres naturales, accidentes, o en las diversas circunstancias que ocurren en el entorno.

Anima corroborar que pese a todo vaticinio, la indolencia no está generalizada.

Que no se afecta o conmueve; perezoso, insensible, son los significados que da el diccionario de la RAE al adjetivo “indolente”. Algunos de sus sinónimos: inconsciente, vago, gandul, negligente, holgazán o indiferente.

Es para agradecer que existan mujeres y hombres que antes de pensar en sí y huir de una escena de peligro (un natural y comprensible instinto de sobrevivencia), logren mantener la calma y proteger a los demás.

Un ejemplo, el pontevedrés Sergio Fariña, quien el pasado fin de semana en Londres, permitió la entrada de transeúntes a su restaurante para que se pusieran a salvo ante la situación de caos, volviendo a abrir la puerta para dejar pasar a otra persona que había quedado fuera, forcejeando luego con un terrorista, impidiéndole la entrada con su cuerpo.

Un restaurante mexicano fue atacado durante esa noche, conociéndose la historia a través de un camarero murciano, quien al escapar, sufrió heridas, refugiándose luego en una vivienda, cuyos propietarios le dejaron entrar.

Héroes contingentes son también quienes durante y después de funestos acontecimientos, donan sangre, aportan recursos, reconfortan a víctimas, sus familias y a la sociedad en general, con cariños, abrazos y ocurrencias de buen humor; incluso, los que no distraen a los cuerpos de salvamento con sandeces o bromas de mal gusto.

Nada aportan en nuestro tiempo, ni deberían merecer risas, estrellas o un “me gusta” esas burlas siniestras de jóvenes que intentan llamar la atención, lanzando petardos o gritando “al-lahu-ákbar” en lugares públicos, que el horno no está para bollos en Europa ni en otras partes del mundo.

Lo anterior sería como elogiar en México, mensajes del sanguinario “Cartel de Jalisco Nueva Generación”.

Alusión especial merecen en la actualidad, bomberos, taxistas, pilotos, telefonistas, policías, médicos, camareros, militares, peritos, jueces, secretarios, enfermeros, jueces, fiscales y otras profesiones y oficios relacionados, que hacen esfuerzos para no dejar ni un instanteal mundo en manos de la maldad y la indolencia.

No pueden olvidarse, aún en tiempos revueltos, a los profesores que inculcan en el aula formación cultural y científica a nuestros hijos (los valores son misión fundamental de la familia); al jardinero que corta el césped en aras de la convivencia común; al basurero que desaparece las malolientes bolsas de residuos; al panadero que se entrega con entusiasmo para preparar una o dos hornadas en su jornada; al quiosquero que espera se lleven las últimas noticias; al conductor de autobús que nos traslada a donde deseamos; al cartero, fontanero, campesino; también a ese vecino amable que da los buenos días, reforzando con ello la luz o esperanza en la humanidad.

De sensaciones pasajeras y simples es probablemente de lo que se compone la dichosa “felicidad”.

El pasado domingo, el ya referido escritor valenciano Manuel Vicent, invitaba a descubrir que si un político pide tu voto o quiere ganarse respeto, se le imaginara como un ciudadano corriente que quiere contribuir a tu bienestar.

Voy a cambiar los personajes en este ejercicio: ¿Si Enrique Peña Nieto fuese cirujano, dejarías que te opere un pulmón?; ¿te subirías a un autobús conducido por Silvano Aureoles Conejo, con carreteras de curvas y pendientes?, ¿dejarías la educación de tus hijos en manos de Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco?, ¿pondrías tu patrimonio y sueños en manos de Margarita Zavala?, ¿dejarías a los niños toda una noche a cargo de Andrés Manuel López Obrador?

Es triste enterarse que los políticos son, en su mayoría, irresponsables e ineptos. Personas no dignas de fiar para cambiar una llanta, un pañal, impartir una lección de ortografía, historia, biología, preparar un arroz, menos para dirigir un municipio, estado o nación.

Afortunadamente existen personas que sí lo son, y su impulso en hacer el bien es genuino.

La indolencia no está generalizada.

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