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La frustración

2 de junio, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Martha Revuelta Morales / La Voz de Michoacán

En un tiempo donde somos testigos de avances científicos sin precedentes, como el reciente descubrimiento de ciertas moléculas que obligan a repensar el origen de nuestro sistema solar, los adelantos en la edición genética o la suma de nuevos elementos químicos a la tabla periódica que completan la séptima fila; solemos protagonizar, favorecer, padecer, o simplemente observar, la reiteración de ciertas conductas humanas que continúan representando un verdadero desafío para los expertos, a fin de ofrecer alternativas que permitan sobrellevarlas.

Uno de los complejos problemas de la sociedad actual, de acuerdo a versados en emociones humanas, es lo relativo al manejo de la frustración: privar a alguien de lo que esperaba; dejar sin efecto un propósito o malograr un intento, acepciones que el diccionario de la Real Academia Española contiene en la referida palabra.

Ese sentimiento de naufragio, fracaso o revés, queda evidente en el cuento de “La Lechera” de Esopo, así como en diferentes versiones que existen al respecto, eligiendo en este caso, la escrita por Félix María Samaniego, en el siglo XVIII.

La lechera que lleva un cántaro posado en su cabeza, va diciendo a todo el que lo advierte: “¡yo sí que estoy contenta con mi suerte!”; pensaba comprarse un canasto de huevos con el dinero de la venta de la leche; con el importe de los pollos, un cerdo que bien alimentado podría luego venderlo en el mercado para comprar una vaca o ternero; con ese pensamiento, del contento brincó, y el cántaro se rompió.

Los versos del escritor alavés, luego de las frases: “Adiós leche, dinero, huevos, pollos, lechón, vaca y ternera. ¡Qué palacios fabricas en el viento!, modera tu alegría, no sea que saltando de contento, al contemplar dichosa tu mudanza, quiebre su cantarillo la esperanza”; terminan con las siguientes palabras: “No anheles impaciente el bien futuro, mira que ni el presente está seguro”.

Si es complicado para personas adultas zanjar la obligación de que cada día se debe ser inmensamente feliz, mensaje que se transmite continuamente a través de las modernas vías de comunicación, de parte de familiares, amigos, conocidos, e incluso, extraños; (cada quien tiene su concepto de felicidad, y seguramente coincidiremos varios en que no trata de un estado, modo o actitud que pueda programarse, por más buenos deseos que existan; sí en una sencilla disposición para apreciar esos instantes fugaces de alegría, tranquilidad o plenitud); imagino lo enmarañada que puede llegar a ser tal exigencia para los más jóvenes.

Hace días escuché a la psicóloga María Jesús Álava Reyes en un programa de Radio Nacional de España; se refería al vacío que enfrentan hoy día miles de miembros de la sociedad, que no obstante, estar acompañados por hijos, una pareja o buenos amigos, intentan reforzar su amor propio en ámbitos externos, develando aspectos íntimos, como estar en determinado restaurante, aeropuerto o gimnasio. La reacción mayoritaria de aprobación o éxtasis de teclado, procede de personas con quienes no se tienen especiales vínculos afectivos; sin embargo, por un instante, les hace felices la colección de pulgares enhiestos o corazones rojos.

Lo más serio no es eso -a decir de la experta- es ver a tantos padres perdidos y agobiados, sintiéndose tan culpables, que intentan sobreproteger a sus hijos para aliviar ese tiempo que, debido al trabajo, están ausentes de casa; o con su presencia física cerca, pero lejanos por una interacción compulsiva (tristemente enfermiza y cada vez más sosa) en WhatsApp, Facebook o Twitter.

Las consecuencias de ese fenómeno son una cierta invalidez para la vida posterior de quienes más amamos, según Álava Reyes: “Niños, adolescentes y jóvenes con poquitas habilidades, vulnerables, tremendamente inseguros y muy manipulables”.

El universo se expande, la tecnología se especializa, y miles de niños y jóvenes se aíslan,  cerrando la puerta de sus habitaciones, porque no cuentan siempre con una madre, un padre, tío o madrina que les ayuden a captar como, incluso, los reveses de la vida, aportan experiencias que enriquecen la existencia.

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