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Plagios e imitaciones

7 de abril, 2016

admin/La Voz de Michoacán

“Plagiar” significaba en la antigua Roma, usar un esclavo ajeno como si fuera propio o, comprar un ser humano libre, sabiendo que lo era, y retenerlo en servidumbre. Por su parte, “imitar”, en sus orígenes, se vinculaba básicamente a su raíz latina (imago) que era retrato o reproducción de algo.

Con los años, el plagio se relacionó con copiar obras ajenas; la imitación, ejecutar a ejemplo o semejanza de otra cosa (un esfuerzo por acercarse a aquello que era considerado mejor o de mayor valor que la propia aportación).

Antes de continuar conviene poner a salvo el concepto estético que desarrollaron varios filósofos de la antigüedad, entre ellos, Aristóteles: la mímesis o mimesis, reproducción del mundo externo que tiene como fin esencial el arte.

Asimismo, ponderar la imitación como forma de aprendizaje o protección; en el primer caso, piénsese en los niños, cuyo comportamiento y manera de expresarse en el mundo que les rodea, está condicionado por lo que escuchan o ven hacer a los demás; en el segundo, seres vivos que se mimetizan con su entorno para protegerse de sus depredadores.

En los últimos tiempos, remedar o fusilar (término aprobado por la Real Academia Española, que significa copiar trozos o ideas de un original, sin citar el nombre del autor) es una práctica tan común, que poco reparamos en ella.

Semejantes estilos de llevar el cabello, usar prendas de ropa, accesorios, gestos y aficiones, impiden distinguir a unos de otros, trátese de mujeres u hombres, jóvenes o adultos. Imposible no recordar “Zelig” (1983), la película de Woody Allen que hace referencia de forma irónica a los elementos esenciales de la sociedad, entre ellos, la necesidad de aprobación, aunque ello signifique borrar la propia identidad. El protagonista amolda su conducta para diversos contextos con el objetivo de ser como los demás, lo que le proporciona una relativa seguridad y aceptación social.

El problema de imitar a los otros no siempre se circunscribe a un comportamiento individual; existen infinidad de situaciones que vulneran la dignidad de personas. Así, la bochornosa humillación que hicieron el pasado mes algunos seguidores holandeses del equipo de futbol PSV, tirando monedas al suelo, para que mujeres que pedían limosna en la Plaza Mayor de Madrid, las recogieran, multiplicando en esos momentos la sonoridad de sus cánticos. Posteriormente, hinchas del Arsenal parodiaron a los holandeses, integrándose a una grotesca escena que dejó mucho que desear. Quizá la idea la copien de algunos de los actuales jóvenes rusos ricos, que suben videos a las redes sociales repartiendo billetes por la ventanilla de sus lujosos automóviles.

Noticiarios televisivos, periódicos, programas de entretenimiento y revistas electrónicas hacen apología del “copia y pega” (paste-copy). Este tipo de prácticas prescinden de la originalidad, del verdadero periodismo, limitándose a reproducir lo que se hace popular en las plataformas digitales, como YouTube, Facebook o Twitter.

Relacionado a lo anterior, lo admitido por Antonio Buero Vallejo -dramaturgo español, ganador del Premio Lope de Vega en 1948y del Premio Cervantes en 1986-: “lo primero que escribí fue un repugnante plagio de ‘A buen juez, mejor testigo’ (José Zorrilla, 1838) con otro tema y distintos personajes, pero evidentemente muy mal calcado de dicha obra”. Buero Vallejo al escribir esa elegía, que jamás terminó, tenía entre 8 y 9 años de edad.

Intentar imitar a quien se admira o adoptar ideas que se leen, ven o escuchan en nuestro día a día, no son necesariamente plagios, sino elementos de los que se componen las convicciones que nos van definiendo. No obstante, Horacio Quiroga (escritor uruguayo, maestro del cuento latinoamericano) en su “Decálogo del perfecto cuentista” aconsejaba resistirse lo más posible a la imitación, agregando que el desarrollo de la personalidad implica una larga paciencia.

Vivimos en un tiempo donde hay tanto por compartir; incluso, se facilita la proyección de la personalidad distintiva; sin embargo, campea la rapidez, la cantidad y el afán de perder la identidad por encima de la calidad y la singularidad. ¿Para qué?

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