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13 de octubre, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Por: Martha Revuelta Morales S.

Apego es la afición o inclinación hacia alguien o algo.

Una investigación científica sobre el papel del apego y la pérdida, la desarrolló John Bowlby a mediados del siglo pasado, perfeccionándola con el tiempo, junto con Ainsworth, Harlow y Piaget, entre otros. Se refiere al apego, tanto humano como animal, a modo de reacción instintiva y trascendental para la supervivencia del hijo con relación a la madre.

Surgió así “La teoría del apego”, que consiste básicamente en que la sensibilidad y capacidad de respuesta del adulto con las necesidades de un niño pequeño (en un parámetro adecuado y con una disminución gradual conforme crece) son las que dotarán a éste de confianza, que subsistirá por el resto de su vida.

La educación y crianza de los hijos es una experiencia maravillosa. Cualquier padre o madre, por exhausto que se encuentre, no dudará en afirmar que es la mejor aventura de su vida. Y probablemente no le falte razón. Pero esta experiencia no está exenta de zonas sombrías. Una de ellas es elegir la crianza con apego, opuesta a prácticas más modernas.

Necesitamos aferrarnos a algo para sentirnos seguros y huimos de esa sensación de duda que nos lleva a cuestionarnos si, quizá, hemos emprendido el camino equivocado.

Tratándose de relaciones sentimentales entre adultos, para los expertos en el tema, el apego no es considerado fuente de confianza como en el contexto anterior, aunque sea sinónimo de cariño o estimación. Se dice que revela una falsa creencia, porque denota posesión sobre otra persona.

“La única relación real y verdadera es la que mantenemos con nosotros mismos”, así de contundente es Jiddu Krishnamurti (1895-1986), escritor y orador en materia filosófica y espiritual, muy leído en la actualidad.

“Si me dejas ahora no seré capaz de sobrevivir”; “lo mejor de mí eres tú”; “cuando vayas conmigo no mires a nadie, que alborotas los celos que tengo del aire” y otras frases contenidas en innumerables canciones románticas, representan metáforas del amor; sin embargo, refieren especialistas en psicología, llevarlas a la práctica en relaciones de pareja, son síntoma de un envenenamiento de apego.

Creer que la felicidad propia depende de otro, destruye la posibilidad de amarla, porque esa obsesión egoísta de garantizar que siempre esté al lado, dará nacimiento a actitudes defensivas que se tornarán en celos, síntoma de posesión desde el cual es imposible amar.

El apego en aspectos profesionales puede pervertir lo que realmente interesa. Buda dijo: “Me sorprenden los hombres que pierden la salud para juntar dinero, y luego pierden el dinero para recuperar la salud.”

Continuando con el apego, no puede dejarse de lado el tema de las posesiones materiales. No es fácil deshacerse de objetos que implicaron un esfuerzo para conseguirlos, tampoco los que tienen un significado emocional. Sin embargo, cuando es necesario, debe actuarse prácticamente, y así se descubre la cantidad de cosas que se acumulan sin sentido, y también que los objetos, los más, por muy estimados, no pueden anclar la vida a un lugar. Se retiene lo indispensable cuando se presenta la oportunidad de comenzar una nueva vida.

Al respecto, valga la referencia de un viajero que fue a El Cairo para visitar a un sabio. El extranjero se sorprendió de que aquel vivía en un cuarto muy simple: una cama, una mesa, un banco y libros. Al preguntarle dónde estaban sus muebles, el sabio le contestó con la misma pregunta. El turista contestó que en su casa, porque ahí sólo estaba de paso; “yo también” –contestó el sabio-.

Esta es una lección de lo breve o efímero que es el paso por la vida.

¿Será posible vivir sin apegos? Cada uno lo sabrá. Los filósofos modernos que han estudiado este tema dicen que es un gran avance para los más intuitivos, comprender que lo que necesitamos para estar bien se encuentra dentro de nosotros: estar cómodos, con la conciencia limpia y en paz, sin esperar que el futuro proveerá lo que no hemos sido capaces de vislumbrar o necesitar.

Vivimos una sola vez, de ahí que toda experiencia sea una especie de esbozo, como lo planteó Herman Hesse en varias de sus obras.

En este caso, Demian: “La vida de cada ser humano es un camino hacia sí mismo, el ensayo de un camino, el boceto de un sendero”.

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