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Catástrofe en el horizonte

20 de marzo, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

Diálogo

Mateo Calvillo Paz

Son deliciosos y bellos los aguaceros, si no fueran señales de la una naturaleza desquiciada, que no perdona ni se mide y da signos inquietantes de catástrofe final.

Debemos leer las señales de los tiempos y entender lo que el Creador quiere anunciarnos.

Las clases dirigentes, por intereses egoístas y facciosos, no hablan del problema, por proteger sus intereses bastardos y mezquinos.

Debemos anunciar las consecuencias alarmantes del cambio climático: ¿hasta dónde podremos aguantar, el calor, las sequías, por cuánto tiempo todavía se podrán producir trigo, arroz, otros granos que nos alimentan?

Las lluvias normalmente son bellísimas, tienen frescura, música, despiertan vida.  Despiertan un gozo hondo y delicioso cuando entran en su ciclo natural en el orden de la creación. Los aguaceros de mayo anuncian el inicio de la estación más bella.

Otra cosa es cuando las lluvias son totalmente atípicas. Los aguaceros como en plena estación de lluvias nunca se dan en marzo. Son signo de una naturaleza que anda perdida y que así es imprevisible. Roto el equilibrio, presagia fuerzas ciegas, terribles que pueden catástrofes, desproporcionadas, despiadados: Pienso en lo que sería la sequía, que las lluvias se levantaran indefinidamente.

El sentido común debe hacernos reaccionar frente a ese mal incontrolable,  como los huracanes que nos amenaza.

Hemos devastado el planeta, desaparecen los últimos ejemplares de los árboles de nuestros montes, el paisaje es lastimero.

Lo contaminamos con una conducta, irracional, bárbara. Desgarramos la capa de ozono, se cubren los mares y los ríos de mugre, aceite y detergentes. Los seres humanos hacemos de las calles de la ciudad y del campo un basurero. Todavía hay gente que arroja los plásticos por la ventana del coche o deja las bolsas de basura  en la calle.

Los grandes contaminadores, las industrias de los países capitalistas siguen vomitando veneno. No están dispuestos a pararlas porque no quieren tocar su dinero, sus grandes negocios.

Las clases dirigentes ignoran criminalmente el problema por no perder su capital político, por hacer creer que ellos todo lo hacen bien, que son gobernantes admirables.

Es perverso su silencio, su negligencia amañada al tapar los problemas. Cometen un crimen de lesa humanidad. La historia los juzgará y no escaparán al juicio del Creador. Pronto caerán en su presencia, nadie escapará.

La suerte del género humano está en juego, la supervivencia.

En un espíritu democrático, la gestión de los problemas incumbe al pueblo como el poder. Esto es una bella teoría. En la práctica, el pueblo es llevado de acá para según el capricho de las clases dirigentes.

A pesar de todo, el ser un humano tiene una grandeza desconocida, se le ha confiado la casa grande donde vive y no puede resignarse, no se puede doblar de manos. Tiene una capacidad de creer en lo imposible, utópica, más allá de los cálculos de la razón.

“Un sueño imposible soñar” cantaba aquella vieja canción Sueño Imposible.

A veces sucede que intervienen en la historia factores imprevistos, inesperados que no entran en los cálculos del hombre y vienen a cambiar el rumbo de la historia, de una manera inesperada

De la reserva cultural religiosa del pueblo, de su fe cristiana y monoteísta, tesoro de la inmensa mayoría de los mexicanos surge una presencia invisible, más grande que los problemas.

Los hombres somos responsables de esta situación. Se ha perdido el sano respeto a la naturaleza. Llegaron los europeos, hijos del Renacimiento, con un mentalidad positivista y utilitarista, traídos por la sed de oro. Los españoles, bárbaros de la peor calaña de la Península,  nos enseñaron a devastar, destruir sin piedad, en busca de la riqueza.

Otra actitud era la de los evangelizadores,  testigos del respeto franciscano a la creación o no, que venían pobres y descalzos.

Ellos conocían, por la Revelación, la dignidad y nobleza de la creación, obra grandiosa de Dios, con un orden perfecto para ser una morada hermosa y paradisiaca del hombre, en perfecta armonía con él.

La misma concepción divina tenían los pueblos indígenas tan sabios, contraria a la condición de barbarie con que se les ha presentado.

“El Pop Wuj de los Maya Quichés relata la creación: el Dios héroe Ah Pu fecunda a la virgen Ixquic y de esa unión nace la creación salida del agua del cielo… Lleva en sí, como un secreto vivo, la fuerza creadora de los dioses. La creación debe necesariamente realizar  esta revolución que la conducirá a la destrucción y al caos”.  (J M G Le Clézio, Le RëveMexicain, p. 264 ).

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