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Defender la justicia

19 de junio, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

Mateo Calvillo Paz

 

El orden social se nos derrumba, por la corrupción el estado de derecho terminó. Hay un muro para detener la ola de muerte, la justicia.

 

La justicia es un valor y una virtud cardinal, un cimiento para restablecer el orden social y el estado de derecho.

Consiste en dar a cada quien lo que corresponde: a Dios, a los individuos, a la sociedad.

Los casos en que no se aplica la justicia pululan entre nosotros: tantos criminales que son aprehendidos y liberados por deficiencias administrativas.

La gente siente que no hay ley, no se aplica. Por lo tanto, no se hace justicia y vivimos en una jungla, en la anarquía e indefensión.

El abogado de Escobar, el criminal que agarraron en Querétaro, quiere sacar a su cliente de la cárcel porque no se guardaron los protocolos. No debe haber abogados para defender a los criminales, para defender el crimen.

Son los que mejor pagan, entonces los abogados están por el dinero lleno de injusticia y no por la justicia.

En lugar de moral hay un pragmatismo criminal, los actores sociales actúan por conveniencia, inicua, criminal.

Los comunicólogos, como Nicholas Carr piensan que se pierde la capacidad de pensar, por el uso de los dispositivos digitales. Desafortunadamente lo comprobamos en el mundillo de la política, del poder ejecutivo, legislativo y judicial.

Se ha perdido el fondo y se quedan con las formas. Al juzgar el crimen dejan la piedra preciosa por la envoltura: les importa más las aplicaciones de la ley, averiguaciones y protocolos que castigar el crimen y restablecer la justicia. Dejan el rábano por las hojas.

En realidad se hacen cómplices del crimen como en el caso de Laurence Cassez, la delincuente francesa que liberó el gobierno de Peña Nieto en  cuanto subió al poder.

Aquí la piedra preciosa es la justicia, es el valor universal, inmutable que nos se puede negociar.

El derecho y su expresión en la ley están destinados a tutelar la justicia.   Con mayor razón los protocolos y los trámites para sancionar al criminal son absolutamente secundarios, están en función de la ley justa y de la justicia.

En el decálogo latinoamericano para los abogados se lee la frase de Couture: “Cuando sientas que hay contradicción entre el derecho (la ley) y la justicia, deja el derecho, opta por la justicia).

Es absurdo que en nuestros sistemas de leyes y la práctica de nuestros jueces, se preocupen por los protocolos y la integración de los expedientes y se abandone la justicia. El resultado es que andan sueltos  miles de criminales en la calle y estamos desamparados.

Con esta manera de actuar se nos ha acabado el estado de derecho, se derrumbado el orden social. Vivimos en el caos que da como resultado la descomposición  social, que abarca a las estructuras sociales y a los ciudadanos.  La justicia social ha sido borrada del país.

No nos vamos a quedar ahí y la pregunta existencial se plantea: ¿A dónde vamos a llegar? O salimos o acabamos de hundirnos. El horizonte que se plantea es la catástrofe final, que tristemente ya ha alcanzado a algunos hermanos.

¿Qué tenemos que hacer los ciudadanos del pueblo humilde? La respuesta es muy difícil, pero nos concierne.

Hay evidencias que no podemos ignorar: no podemos quedarnos ahí parados, con los brazos cruzados, sin hacer nada.

En la misma línea, no podemos esperar nada del gobierno, vive muy alejado del pueblo, en su primer mundo y lo abandona en sus problemas. A ellos no interesa el bien común, el bienestar de los pobres. Se ocupan sólo de sus intereses egoístas y facciosos, partidistas y no les interesa la nación.

Cuándo se tiene el privilegio de creer en Cristo y su salvación, en su presencia, poder y amor, se abren claros de luz en los negros nubarrones.

Es una visión paradójica, en la oscuridad de la fe: nuestro destino final no es la derrota, la catástrofe, lo absurdo. Si vamos en alianza con el Señor de la historia, surgirá una nueva luz, una energía de lo alto y las cosas cosa empezarán a cambiar.

La profecía del Profeta Isaías y luego del Apocalipsis se cumplen: “he aquí que yo hago nuevas todas las cosas”.

En ningún momento nos sacudimos nuestra responsabilidad y nuestra parte de entrega y sacrificio. Así tenemos que exigirles a nuestras autoridades, no permitirles acciones inmorales que nos imponen con hipocresía y cinismo, participar y hacer valer nuestro voto para evitar las elecciones de estado y otras mañas, conocer bien a los candidatos y no votar por los conocidos corruptos y mentirosos.

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