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Incendio en el paisaje moral

9 de mayo, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Por: Mateo Calvillo Paz

Somos oligocracia, no democracia. Nuestro problema mayor son los dirigentes que se creen una raza de tlatoanis con palabra creadora y magia que resuelve  todo.

El Estado arde. Atardecer del cielo de Morelia parece estar en llamas, de naranja y carmín.

Nos alcanza el incendio del cambio climático, la ola de fuego donde se consume la vida.

En los hechos no somos democracia porque el pueblo no manda. Mandan unos pocos que se han hecho del poder. No es aristocracia sino arribocracia. La clase dirigente es toda igual, tal vez con algunos leves matices que hacen diferencia.

Si los árboles arden, también en la sociedad los pobres sufren y como cañas secas se consumen.   El paisaje moral está en llamas.

Lo consume el fuego de la ambición. Su sol abrasador es una pasión irracional, sin freno, como un fuego enorme, incontrolable, la pasión del dinero.

Detrás de todas las políticas irresponsables y nefastas, de la corrupción cómplice, impunidad, cambio ilegal de uso de suelo está Mamón, dios del dinero.

Es la bestia del Apocalipsis. Todo lo tritura y aplasta para alimentarse de billetes.

Los que tienen el poder del dinero imponen, no sus principios, leyes, estrategias, sino simplemente sus intereses. No importan los intereses de las mayorías pobres que pueden quemarse como pasto de incendio.

Los que tienen el poder político entran en el juego, por unos miles de pesos o por una barbacoa de borrego. Saben que hacen mal porque ante la gran comunidad, quieren dar la impresión de gobernantes íntegros, solícitos, eficaces.

Cuando hay algún problema como un cerro que arde, inmediatamente saltan a la escena y afirman tener todo bajo control.

Tienen una palabra con poder divino de creación. Parece que ellos ordenan: hágase y todas las cosas aparecen instantáneamente.

¡Qué bonito! Es como en los principios, en el Génesis, que Dios, con su palabra, hizo que existieran todas las cosas de la nada: hágase un estado feliz, sin pobreza, ni falsedad, ni muertes y el estado perfecto aparece.

No hay moral, no hay sentido del bien común, ni justicia sino conveniencia. Es el reino del egoísmo y la conveniencia. Reina el pragmatismo que no sigue los señalamientos de los grandes principios, valores, leyes.

Es el mal de la gran familia mexicana: el pragmatismo que se lleva todo entre las patas. Pero en el discurso la palabra de los tlatoanis arregla todo, para que aparezca un mundo de orden y los valores tradicionales, que se rige por la Constitución, las leyes que fundamentan una sociedad sabia y honesta.

Todo lo arreglan para que aparezca un mundo donde no existen graves necesidades, problemas, errores, crímenes. Pintan una realidad imposible: todo va de lo mejor en el mejor de los mundos, como afirma el filósofo Leibtniz.

Por otro lado, en su imaginación, creen tener frente a sí, una población muy buena y risueña de lelos que todo lo cree y se deja conducir, como corderos llevados al matadero, narra la Escritura.

La fe también, con su universo de valores muchas veces está seca, sin corrientes internas, como manantiales extinguidos.

Hace falta el valor supremo, inconmovible que da orden y solidez al mundo, hace falta Dios.

Hace falta el sentido del bien y del mal, de la culpa, de las prohibiciones, de las normas, de  la virtud y del bien.

Hace falta dar su peso a los valores inmutables, que son más seguras y estables que las leyes físicas, contrafuertes capaces de detener la voracidad de los hombres pasionales, desatados que como la Bestia aplastan el medio ambiente y  la dignidad y la vida de los pobres.

Desafío. Hay que poner el remedio donde es, domar los impulsos instintivos que provocan el caos, la devastación del planeta, que insensiblemente crean el incendio y lo atizan para producir oro verde, para saciar sus pasiones materialistas instintivas y hedonistas.

Hay que poner el dedo en la llaga, señalar el mal,  el sufrimiento que los poderosos del poder y del dinero niegan en los hechos. Hay que nombrar los grandes, verdaderos problemas.

Nuestros problemas no se resuelven con discursos falaces, con soluciones oportunistas, dictadas por la conveniencia, leyes que no se cumplen, promesas que suenan huecas ya, a fuerza de repetirse y no cumplirse.

Urge la reformar axiológica, moral. Ya no se puede aplazar más la solución sería del deterioro social y ambiental.

Aquí hace falta los creyentes de Cristo pongan en práctica su fe, con su tremendo potencial para hacer aparecer mundos nuevos, en verdad, no sólo en el discurso.

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