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La cultura de México, encanto y magia

9 de noviembre, 2016

El Universal/La Voz de Michoacán

Por: Mateo Calvillo Paz

Grandeza y belleza insospechadas que no captan muchos como la gente del consumismo feroz.  Más bien los extranjeros nos ayudan a descubrirnos.

Hay mexicanos que viven inmersos, muchas veces inconscientemente, en las profundidades maravillosas de su cultura, tal vez sin reflexionarlo, sin procesarlo niexpresarlo en forma estructurada.

Ciertamente siempre hace falta el conocimiento sistematizado y profundo que viene del estudio y la reflexión

Los extranjeros, tal vez nos parecen “idos” pero tienen con frecuencia una búsqueda interior y son gente de calidad, nos ayudan a conocernos.

El contacto con las culturas de otros países se puede convertir en una experiencia riquísima, maravillosa, nos hace más humanos con aspectos diferentes de la cultura humana.

Francia tiene también una cultura milenaria y extraordinariamente rica. Un francés, maestro en París y en Washington, mi director de tesis de doctorado me hizo descubrir El Laberinto de la Soledad de Octavio Paz,

Otro francés que se vino a investigar al Colegio de Michoacán, J. M. G. Le Clézio, premio Nobel de Literatura 2008 me hizo descubrir a nuestro sabio, filósofo, buscador de Dios  Netzahualcóyotl y profundizar en la maravillosa cultura nuestra con su libro El Sueño Mexicano. Esta obra es fundamental para entender el intricado presente y nuestra historia a partir de la Conquista.

México tiene una de las grandes civilizaciones originales y de  primera magnitud, como Egipto, Grecia, Mesopotamia, Perú y otros.

La cultura tiene profundidades de misterio, de Dios, por eso cuando descendemos más allá de la superficie o dela superficialidad de la vida encontramos realidades verdaderas,  insospechadas.

Necesitamos profundizar en nuestra cultura, sondearla  para percibir su hermosura inabarcable, como un universo armonioso, como un cosmos.

Es la visión a la que accedió Le Clézio quien ha descubierto el esplendor de las grandes culturas de Mesoamérica, lo ha contemplado y lo ha expresado.

“México -escribe él-  es una tierra de sueños,  quiero decir una tierra hecha de una verdad diferente, de una realidad diferente. País de una luz extrema, país de violencia, donde las pasiones esenciales son más visibles y donde la marca de la historia antigua del hombre es más sensible. Exactamente igual que ciertos países de fábula, Persia, Egipto, China. ….”

Una fuente de encanto es la naturaleza. Michoacán es un paraíso con belleza exuberante, altísima. Igual es México con una variedad espléndida de maravillas, con más de 9000 kilómetros de mares, selvas, valles idílicos en las montañas, ciudades bellísimas de reinos gloriosos, míticos, ciudades coloniales. “Morelia es la ciudad más bella de América” me dijo un sudamericano en París.

Hay que ir a los valores más hondamente humanos, espirituales, inmateriales, a la “fascinación instintiva que suscitan los pueblos de magia y sus rituales crueles,  mezclada a la admiración que suscita su desarrollo artístico y cultural”, escribe todavía Le Clézio.

Tanta riqueza se ha erosionado por la globalización, por una cultura que todo lo arrasa y nivela y borra los rasgos particulares. Desaparece la riqueza de las culturas locales, como lo señalan, desde hace años,  los documentos de la Iglesia.

Deslumbrados por las cuentitas de vidrio, por los productos en serie de una sociedad pragmática, sin arte la gente va soltando la riqueza variada e inspirada de las culturas ancestrales tan grandiosas como bellas.

El hombre de la era de la tecnología tiene habilidades, es el homo faber que no piensa y pierde su sabiduría, deja de ser homo sapiens, pierde la dimensión que lo hace diferente de los animales.

Estamos en la era de las máquinas  la maquina modifica a la persona. Por algo hay muchos autómatas, que no piensan.

Es urgente que el hombre recupere su dimensión espiritual la capacidad de pensamiento, donde se asiente la sabiduría.

Hay que sumergirse en la cultura por la reflexión y el estudio, la contemplación lúcida de los grandiosos monumentos, templos y palacios y expresiones artísticas más sutiles como nuestras pirekuas.

El hombre sin cultura se regresa a la dimensión de los brutos, sin principios, sin valores, sin ley ni orden. El edificio más importante es el de valores morales, estéticos, religiosos, filosóficos. Hay que cultivarse.

Nuestra educación oficial si acaso adoctrina o adiestra pero no cultiva integralmente. Todos podemos cultivarnos por la lectura, la contemplación inteligente de los monumentos artísticos, la reflexión y la lectura de la biblia, que presenta la otra cara de la cultura, el diálogo con Dios.

Un pueblo culto conoce un nivel muy alto de vida, vive en armonía con la naturaleza, los semejantes y Dios, hace relucir los valores de sus tradiciones culturales, profundas, maravillosas, sin tiempo.

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