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La pérdida de la vergüenza y la crisis de justicia

16 de mayo, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

La corrupción es un vicio globalizado. Dilma Roussef, presidenta de Brasil es sometida a un proceso de destitución, ¿nuestros gobernantes están libres de pecado?

Los problemas más graves de la humanidad no son el dinero y el producto interno bruto, sino la pérdida de la vergüenza y de los valores espirituales y morales.

El Congreso de Brasil somete a juicio político a su presidenta Dilma Roussef para destituirla. La causa son los actos de corrupción de la presidente que han despeñado el país  en un tremenda crisis social, económica, moral.

Dilma no es más pecadora que muchos otros gobernantes en el planeta.

Los gobernantes de México no son la excepción, hay el sentimiento generalizado en el pueblo de México de la corrupción de la clase política. Estallan los escándalos como la Casa Blanca, balnearios, propiedades lujosas, en Michoacán, México, Estados Unidos, alianzas de algunos políticos, candidatos y servidores públicos con el Crimen Organizado.

México no será electo para el mundial del 2026 porque no da seguridad de respeto de los derechos humanos y protección del medio ambiente.

Muchos líderes y servidores de la sociedad viven sin ley y se sienten grandes, liberales. Echan al bote de basura los valores inviolables, que prescriben. Se corroen las estructuras sociales, que enmarcan una convivencia humana en seguridad.

Los pragmáticos sólo atienden a intereses prácticos e inmediatos, se dejan guiar por las leyes del libre mercado y la conveniencia. Prescinden de valores filosóficos y espirituales.

En el plan de Dios, el hombre aparece en toda su grandeza, con un destino a la felicidad perfecta y definitiva a la beatitud.

Aparece dotado, a imagen y semejanza de Dios dotado de inteligencia y voluntad para conducirse a sí mismo, distinguir el bien y el mal y conocer lo que le trae su bien.

Se sostiene por la virtud o disposición habitual y firme  a hacer el bien. Permite a la persona no solamente hacer el bien y sino dar lo mejor de sí misma”. En el discurso, todos quieren ser virtuosos, en la práctica hacen lo contrario.

Por la virtud, el hombre se construye a sí mismo bellamente y construye su edificio de valores. Hay cuatro virtudes que son las cuatro columnas del edificio social. Son verdaderos columnas o virtudes cardinales.  Son la prudencia, justicia, fortaleza y templanza o dominio sobrio de sí mismo.

El hombre virtuoso tiene un valor superior. La justicia es la virtud moral que consiste en dar a Dios y a los hombres lo que les es debido… En relación a los hombres, dispone a respetar los derechos de cada uno. Establece en las relaciones la armonía, que promueve la equidad hacia las personas y hacia el bien común. El hombre justo se distingue por ser derecho en sus pensamientos y recto en su conducta hacia el prójimo.

Necesitamos una sacudida tremenda, como un temblor de nueve grados en la escala de Richter para ponernos en el carril de la justicia. Los servidores públicos tienen un deber inaplazable.

Se necesita algo que no van a entender muchos políticos sin formación moral, fundamentar las reformas en las virtudes, fundamentar las reformas políticas sobre una  reforma moral.

Se necesita una reacción muy poderosa, igual que la corriente de la corrupción pero de sentido contrario, una conversión radical de la clase política, más específicamente de la élite de gobernantes.

Les urge voltear la mirada a los valores trascendentes: el respeto y servicio a la persona humana sin excluir a los pobres, el bien común, la justicia, la verdad.

El cambio es profundo, requiere renuncias dolorosas y una virtud simple y heroica al mismo tiempo. Capacidad de meter el cuerpo en orden, de no ser servidor sumiso que le concede todos los caprichos.

Se necesita morir a sí mismo. Ir contra la corriente de los psicólogos y líderes de la comunicación, de las voces que ordenan que al cuerpo hay que darle sexo, comida y bebida, placer, evitarle todo esfuerzo y sacrificio.

La ausencia de valores universales, sin excepción también está en la gran sociedad y en los ciudadanos como tú, como yo. Ahí hay que empezar la reforma.

¿Eres capaz de cambiarte a ti hoy mismo: no tirando basura, no desperdiciando el agua, no dañando los bienes de todos y los lugares públicos, evitando las mentiras, las tranzas?

¿Es una tarea imposible, secundaria, opcional? ¡No! tienes el infinito poder de cambiarte a ti mismo y ser piedra viva de un edificio social con valores y frutos de transparencia, seguridad, empleo, vida mejor para los pobres.

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