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¡No! a la barbarie y el vandalismo

9 de enero, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

Diálogo

Mateo Calvillo Paz

Para manifestar su inconformidad y enojo no se puede permitir el mal, la inmoralidad, que se expresan en el vandalismo, la barbarie.

En el horizonte de la vida de los hombres se cierne  una gran catástrofe. Las grandes civilizaciones amerindias, así los purépechas, en su concepción del tiempo como una  rueda aguardaban la gran catástrofe. La Biblia espera el fin del mundo. Negros nubarrones se arremolinan en nuestro cielo.

Escuchas voces que convocan a la protesta por el alza de la gasolina, medida que es consecuencias de una administración mala, ineficaz. La situación es crítica, fruto de una equivocada administración, del gobierno, en materia de economía, justicia y demás aspectos de la vida nacional.

Voces que evocan algo más que manifestaciones, un movimiento de insurrección, con más profundas repercusiones y más graves consecuencias y el deseo de poner orden en el país.

Imagen de la desolación, imágenes de Alepo, imágenes de guerra de siempre.

Recuerdo de las revoluciones de México. La Revolución Cristera, acuerdos que traicionaron la Revolución

Después de las guerras se toman las soluciones que estaban ahí en la naturaleza de las cosas, que se pudieron tomar sin guerras, incluso mejores. La sangre derramada fue un gasto inútil.

El grande, el primer valor que debemos perseguir es el Bien Común. Son insoportables los actos que obedecen a motivaciones viscerales, oportunistas o instintos vandálicos, bestiales. Los saqueos son un atentado contra el orden público y el bien verdadero. El rechazo a las conductas vandálicas, bestiales debe ser asumido por todos. Los vándalos son enemigos del país.

No se justifica ninguna acción contra el derecho de los demás, contra los principios y valores y la ley. No podemos renunciar al código de ética y a la santa ley de Dios. No podemos caer en la barbarie.

Es un delito contra la patria, la actuación que obedece a intereses facciosos, de grupos subversivos, sindicatos, familias políticas.

No se puede jugar con fuego, incendiar irresponsablemente la situación.

Igual,  es un delito la falacia y el engaño, la manipulación de los hechos y la conveniencia criminal de quienes busca sacar partido del río revuelto.

El vandalismo no busca resolver el problema de la inflación, economía y miseria de las mayorías.

No se pueden alentar actitudes light, no se puede ser complaciente con el egocentrismo, “fresa”, hedonista, irresponsable. De nada sirve alentar la vida fácil y placentera de la gente.

Todos debemos buscar el Bien, que es el progreso auténtico de México. Para eso se necesitan gobernantes con estatura de gigantes, héroes o santos, de estadistas, no monigotes, guías falsos, de fantasía.

No podemos hacer una revolución con gente comodina y egoísta, con niños “fresa”. Tampoco podemos hacerla con vándalos, que no piensan en bienes más altos, que no tienen criterio, visión de la situación ni ideales nacionalistas.

El momento reviste una gravedad muy especial, histórica, se necesita un cambio radical. Dice el Maestro Jesucristo que hay que medir las fuerzas antes que provocar una revolución. Hay que calcular si tenemos los recursos para sacar al país de esta descomposición a una situación mejor de progreso, seguridad, vida digna.

Otra verdad muy sabia de Cristo es que la verdadera revolución es la conversión. Esa es la realidad, aunque tengamos que ir a contra corriente de la mentalidad egoísta, permisiva, pachanguera, desordenada de muchos. Hay que ir contra el individuo que se siente superhombre y quiere satisfacer sus bajos instintos y no negarse nada.

Convertirse es cambiar las ideas, deseos pasionales, actitudes y actuaciones de la persona. Se necesitan hombres y mujeres con otra dotación que persiguen las metas más altas para bien de todos, llevados por los principios fundamentales, los valores universales, las leyes inviolables. Son infalibles los señalamientos que brotan de la persona humana, sus valores, la ley que tutela la justicia y el Bien Común.

Es una tarea muy difícil y al mismo tiempo cercana, al alcance de todos. Depende del individuo, de su decisión de ser una persona nueva.

Se necesita un doble movimiento: primero hay que morir a su viejo “yo” mañoso”, corrupto, parásito. Luego hay que renacer, ser una persona nueva, con una capacidad absoluta de amar, con una inteligencia clara, una libertad soberana para negarse sí mismo y disponer de su vida para fines sublimes, para  darse a los demás.  Hay que amar y ser libre hasta la muerte.

El cambio puede empezar hoy mismo, en ti.

Se necesita tal vez un auxilio todopoderoso para moverte. Para tenerlo basta con dejarte tocar por Dios y apoyarte en él. Con esa palanca lo que parece imposible sucede.

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