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Sin la justicia ni la verdad

25 de julio, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Por: Mateo Calvillo Paz

 

Para que haya diálogo se necesita buscar el Bien Común de los mexicanos y proceder con la verdad, de otra manera es  necedad de unos y debilidad de otros.

Con este comentario no queremos “echársela a nadie”, agredir, molestar. Va con el afán de cooperar en el bien de todo para salir de la corrupción, la impunidad.  Buscamos el bien por encima de ideologías y sindicatos.

La CNTE amenaza con retirarse de la mesa del diálogo si no suprimen el objeto que está en juego: la reforma educativa en su exigencia de evaluación y actualización.

La autoridad civil tiene obligación, no de dialogar a toda costa, sino salvaguardar el bien de todos aplicando la ley.

A partir de las actitudes podemos conocer la calidad de los interlocutores, si tienen la excelencia personal y buscan el diálogo o presionan para defender los privilegios de dinero y poder de su grupo.

La educación de calidad no se negocia ni los instrumentos que permiten alcanzarla.

El diálogo como la convivencia social tiene cimientos que no se pueden hacer a un lado: Son los valores universales: la persona humana, la verdad, la justicia, la libertad. Son también los principios inmutables: Bien Común, la solidaridad, subsidiaridad.

El diálogo imposible se convierte en mascarada cuando una parte procede por necedad y con móviles ocultos y la otra, representante de la Nación, no tiene el coraje y la dignidad para defender el bien de todos haciendo justicia, aplicando la ley, cuando es débil, le tiempla mano y anda con componendas, cediendo ante la necedad de un grupito y desprotegiendo al cuerpo social.

Los profes tienen una responsabilidad histórica con la educación, deben responder por su lamentable situación de emergencia en que la mantienen los profesores. Deben dar buenas cuentas de su tarea de poner las bases para un México sin corrupción, miseria ni atraso social. Los derechos se ganan cumpliendo todos sus deberes en el aula. Si fueran capaces de entender esto.

La situación de México es desastrosa en muchos campos y hay responsables históricos de este mal. Las actitudes facciosas y subversivas hunden al país en el lodo de la corrupción.

El Estado con su presidente, secretario de gobernación, secretario de educación también son responsables de la marcha de la Nación, de sus avances y retrocesos.

También tienen responsabilidad histórica con la emergencia en educación. Deben responder qué han hecho en décadas y asumir la responsabilidad del atraso histórico y del conflicto actual.

A los gobernantes les hace falta una fe viva y operante. Les permitiría entender que deben ser, no como demonios prepotentes e inflados, sino como Dios que tiene un orden perfecto en el universo y busca el bien verdadero de todos los hombres.

El presidente podría ser visto como un colaborador de Dios que hace visible su señorío y realiza su plan de salvación.

Su tarea es clara, debe velar por los grandes valores que fundamentan la convivencia humana, específicamente por el valor incalculable de la educación que permite a la nación perpetuarse.

Debe velar por la justicia y no debe cuidar primero su comodidad, su caudal político. No hacerle justicia al pueblo es alta traición.

Su deber es muy claro: aplicar la ley, para hacer justicia, sin excepciones, manipulaciones ni negociaciones. Las leyes se cumplen no se discuten, dice el viejo refrán. No se negocian en diálogo amañados que obedecen a la necedad de unos y a la debilidad de los representantes de la comunidad democrática para aplicar la ley.

En esta lucha por la educación de calidad los ciudadanos, por lo general, se mantienen como espectadores, en una actitud pasiva, esperando que todo les resuelva papá gobierno.

El último de los ciudadanos debe descubrir cuál es su tarea y ponerse a cumplirla.

Así manifiesta su desacuerdo con los actores sociales que atentan contra la educación.

Deben entender la exigencia educativa del momento para defender la educación auténtica y de excelencia.

También de todos los ciudadanos depende que salgamos de la corrupción y del estado fallido, sin ley.

Ahí se abren las autopistas hacia el progreso, la seguridad, la tranquilidad.

Hay que estar con la persona y defender su dignidad pero jamás hay que tolerar sus crímenes, mentiras y acciones vandálicas contra el bien común.

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