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Zirahuén para sus moradores

12 de octubre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Debe respetarse el derecho de los pueblos originarios y las personas, a su espacio vital, cultural. No les impongan proyectos ajenos, de mercaderes que buscan dinero.

Respetamos los sitios arqueológicos, obra de las grandes civilizaciones, no se les puede tocar ni ponerles construcciones nuevas que destruyen la armonía.

Con mayor razón debemos proteger las bellezas del paisaje que tienen grandeza y armonía superior y tienen millones de años, obra del creador y de la naturaleza.

La “civilización” consumista y buscadora de riqueza destruye las bellezas naturales y la tranquilidad ancestral de los habitantes nativos.

Los consorcios turísticos han destruido manglares, arrecifes de coral. Es una ola que arrasa y aplana en trazos rectilíneos de concreto.

La ola globalizante arrasa las culturas y los paisajes e impone sus obras, simples, sin relieves, funcional, sin estética.

Por lo general carece de fineza, del toque genial, creativo. Son grandes moles sin arte ni belleza.

La civilización del cemento, hierro, centros comerciales invade todo, la ola del hierro y cemento se come la belleza natural.

Zirahuén, el lago más limpio de México, uno de los más bellos del planeta ha sufrido el embate de los hombres  de hoy, inversionistas, que quieren convertir todo en dinero.

Han atentado contra la belleza natural única: han chupado sus aguas, devastado sus riberas para sembrar sus huertas de aguacate. Alejan las lluvias, sueltan el polvo de ensolve, contaminan con sus insecticidas y su basura.

Es necesario que todo michoacano y ser humano que guardan consciencia recta y dignidad humana defienda nuestras bellezas naturales.

Zirahuén debe guardar su encanto natural. Deben evitarse las plastas y parches mal pegados que se construyen para explotar los recursos naturales y hacer negocio.

Debe promoverse el turismo ecológico de quienes valoran la naturaleza. Ya abriga en sus riberas artistas  e intelectuales, personas muy cultas, como el historiador Enrique Flores Cano.

La ecología de la naturaleza debe ir de la mano con la ecología humana y cultural.

Debe respetarse el derecho de los pueblos y los individuos, primeros moradores de sus riberas, los dueños naturales de la tierra.

No se puede abusar de la sencillez de los humildes porque son inocentes y no se saben defender, para despojarlos por unos cuantos pesos y después hacer ganancias sin medida y sin moralidad.

No se les pueden imponer proyectos ajenos que favorecen a una empresa de extraños, que no coinciden con los proyectos de la gente del lugar ni corresponden a sus intereses y su cultura.

Es el caso de la empresa que quiere poner un andador en toda la cuenca y que el presidente municipal de Villa Escalante se comprometió a promover para ganar votos.

Es ir contra la armonía finísima del paisaje que es infinitamente más bello como salió de las manos de Dios que con los arreglos de los hombres.

Quieren atraer turismo que tira basura y deja ganancias para los dueños del negocio. Reduce a los moradores del lugar a criados o vendedores de chicles. ¿Quién tiene en cuenta la dignidad de la persona y los derechos de los pueblos?

Son las empresas que todo convierten en dinero sin importarles las bellezas naturales y los desequilibrios naturales y desastres que vengan después.

Son la expresión del capitalismo sin rostro humano, consumista y buscador desaforado de dinero que señalan los análisis publicados por la Iglesia católica.

Estamos ante un caso del problema ecológico que asumió la Iglesia católica en persona del Papa Francisco que publicó su Encíclica “Laudato Si” sobre el cuidado de la casa común, que pone en la mesa de discusión el problema ecológico mundial de una manera fundamentada, abierta, propositiva, patética.  Sí hace la defensa de la naturaleza.

Tiene afirmaciones sabias, programáticas que pueden ayudar tanto en la comprensión de los problemas y en las decisiones que deben tomarse.

“Es indispensable prestar especial atención a las comunidades aborígenes con sus tradiciones culturales. No son una simple minoría entre otras sino deben convertirse en los principales interlocutores, sobre todo a la hora de avanzar en los grandes proyectos que afectan a sus espacios. Para ellos, la tierra no es un bien económico, sino un don de Dios y de sus antepasados que descansan en ella, un espacio sagrado con el cual necesitan interactuar para sostener su identidad y sus valores” (número 146).

Esta población es más numerosa que los grupos que promueven el andador y la explotación comercial del paisaje, pero se hayan desamparados, ante el dinero y el poder civil.

Es profundo, existencial, sagrado el significado que representa para ellos su tierra y su país pequeño, pueblo, su lago.

Zirahuén es una opción de turismo pero diferente, la opción ecológica para quienes saben admirar y estar en contacto con la naturaleza y no buscan las comodidades artificiales que facilita el comercio. No es el turismo de lujo y consumismo de aquéllos que afirman, por pose: oh,  muy bonito.

Hay que entrar en el campo de lucha para defender nuestros recursos naturales, las bellezas extraordinarias de Zirahuén y de tantos otros lugares de Michoacán.

El pueblo es el soberano y cada miembro debe tomar la palabra, ponerse en acción para apoyar a los habitantes de Zirahuén que defienden su tesoro y cuantos lo necesiten.

La gente del pueblo es inmensamente más numerosa que los grupitos que promueven intereses particulares, políticos, económicos y los aliados del pueblo.

Lucha por Zirahuén, joya preciosa, única en el mundo, no dejes que la mancillen y devasten por un puño de billetes, para beneficio real de unos cuantos.

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