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De filósofos, sabios y otras cuestiones

29 de noviembre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Son interesantes algunas anécdotas y relatos sobre algunos personajes de la filosofía, los cuales se encuentran en diferentes fuentes bibliográficas. Se reproducen algunas. Sócrates expresó: “Sólo sé que nada sé”, y el escéptico Arcesilao aseveró: “Ni aun sé de cierto que no sé nada”. Esa actitud del sabio filósofo ha sido motivo de discusión: hay quienes sostienen que lo dijo por modestia, pero otros aseguran que fue para objetar a los sofistas escépticos. Un joven estudiante, al escuchar una pregunta de su profesor durante un examen contestó: “Yo, como Sócrates, solo sé que no sé nada”. El maestro le respondió: A él no se lo creyeron porque era un sabio, pero a ti sí te lo creo. A propósito de esta época en la que se acentúa el consumismo, es pertinente recordar una de tantas definiciones que se han dado sobre la “consumanía”: “Consiste en gastar lo que no se tiene, para comprar lo que no se necesita e impresionar a quienes no se conoce.”  Era tanta la sobriedad de Sócrates en su vida diaria que, al ver muchísimas cosas suntuarias en un mercado, exclamó: “¡Cuántas cosas hay que no necesito!” Se dice que Alcibíades, discípulo de Sócrates, admirado por las impertinencias de la mujer de su maestro, le preguntó la razón por la cual no había expulsado de su casa a una mujer de tan pésimo carácter. El sabio le espetó sin alterarse: “Soportando estos arrebatos en mi hogar, me ejército, y me acostumbro para sobrellevar sin trabajo la impaciencias y las injurias de otros fuera de mi casa”. Un rico ateniense encargó a Sócrates la educación de su hijo. El filósofo le pidió por aquel trabajo quinientos dracmas, pero al hombre le pareció un precio excesivo. – Con ese dinero puedo comprarme un asno.  – Tiene razón. Le aconsejo que lo compre y así tendrá dos.  Una vez condenado a morir mediante la ingesta venenosa de la cicuta, su esposa reclamaba diciendo: “Es inocente, es inocente”. A lo que el sabio filósofo repuso: ¿Preferirías acaso que muriera siendo culpable? Sus últimas frases fueron: “Es la hora de irse, yo para morir y vosotros para vivir. Quién de nosotros va a una mejor suerte, sólo los dioses lo saben”. Sócrates se describió a sí mismo como un moscardón destinado a picar a los atenienses para incitarlos a salir de la ignorancia.

Como se sabe Platón rescató para la posteridad el pensamiento socrático en un conjunto de libros bajo el título de Diálogos, además fundó la Academia, antecedente de las actuales universidades, vocablo que se deriva del sitio donde fue establecida: Los Jardines sagrados de Academo, nombre de un héroe mitológico del que se hace mención en la Ilíada, institución que decía en el pórtico: «Aquí no entra nadie que no sepa geometría». Platón formuló una definición del hombre al expresar que era un bípedo implume, es decir, un animal sobre dos pies, sin plumas. Motivo por el cual Diógenes de Sinope  le quitó las plumas a un ave y la arrojó en la academia de Platón y dijo: He ahí el hombre de Platón. El filósofo, seguidor de Sócrates y maestro de Aristóteles, tuvo que agregar a su definición: con las uñas anchas y  planas para precisar su aserto.

Diógenes de Sinope (404-323 a.C.) es la figura más importante de la Escuela Cínica, fundada por Anitístenes. Su familia fue desterrada de su ciudad natal; razón por la que dijo: “Ellos me condenaron a irme, pero yo los condené a quedarse.”

Diógenes  vivía una vida sencilla. En una ocasión, mientras comía un plato de lentejas, llegó Aristipo, otro filósofo que era empleado por el rey y le indicó: “Mira, si tú trabajaras para el rey, no tendrías que comer lentejas”. Diógenes le contestó: “Mira, si tú comieras lentejas, no tendrías que trabajar para el rey”.

Diógenes caminaba por las calles de Atenas llevando una lámpara encendida en plena luz del día. Cuando le cuestionaban la razón de su proceder, este les decía: “Estoy buscando a un hombre honesto”.

Un joven le expresó: “todos se ríen de ti”, y Diógenes repuso sin inmutarse: “Probablemente los asnos se ríen de ti, pero a ti no te importa. Igual a mí, no me importa los que se ríen de mi”.

Zenón de Elea (490 – 430 a. C.) fue un célebre matemático y filósofo. Proclamaba que el movimiento no era real. En un discurso trató de probar que el rápido de Aquiles (personaje que aparece en la Ilíada de Homero) no podría ganar una carrera a una tortuga, pues cada vez que Aquiles se moviera, la tortuga se movería otro poco. A esto, Diógenes se levantó, y dijo llanamente: “El movimiento se demuestra andando”.

Se decía que a Diógenes intentaron venderlo como esclavo un grupo de secuestradores, uno de ellos le preguntó “¿Qué sabes hacer?”. Y solo dijo: “Sé gobernar a los hombres, por lo tanto véndame a quien necesite un amo”.

Alejandro Magno de Macedonia conquistó Grecia y el medio oriente. Alejandro había escuchado la fama de Diógenes y decidió entrevistarse con el pensador cínico. Lo encontró tomado sol. Al verlo le dijo: -Pídeme cualquier deseo. -¿Cualquier cosa?—preguntó  Diógenes. –Sí. -Pues entonces, muévete porque me estás tapando el sol. -Yo soy Alejandro el grande. -Yo soy Diógenes el cínico. -¿No me tienes miedo? -¿Por qué? ¿Eres una cosa buena o mala? -Cosa buena. -¿Pero quién le tiene miedo a una cosa buena? -Si no fuera Alejandro, hubiera querido ser Diógenes–comentó.´

Los sofistas eran maestros que enseñaban, mediante un pago, el arte de convencer. Aulio Gelio cuenta en su obra intitulada “Noches áticas” que Protágoras impartió sus conocimientos a  Evatlo, quienes llegaron a un acuerdo respecto a cierta cantidad que le debería pagar  al concluir su formación. Como Evatlo no era contratado por nadie para que lo defendiera ante los tribunales, pensó que no tenía por qué pagarle a su maestro. Al paso del tiempo, Protágoras decidió demandarlo, pues pensaba que llevaba todas consigo, ya que si ganaba el tribunal obligaría a Evatlo a pagarle y si perdía, según el acuerdo formulado, Evatlo habría ganado su primer juicio, prueba irrefutable de la eficacia de sus lecciones, por lo que también tendría que pagarle; pero Evatlo tenía su propia argumentación: Si él ganaba el tribunal resolvería que no tendría que pagar y si perdía no cumpliría con lo pactado y tampoco tendría que pagar, pues se habría demostrado que los conocimientos impartidos no servían de nada.

Otra paradoja o dilema es formulado por Epicuro, que  dice: “Entendemos por Dios un ser omnipotente y bueno. Ahora bien, si Dios quiere evitar el mal y no puede, no es omnipotente; si puede y no quiere, entonces no es bueno”. Aquí cabría la refutación de Kant cuando expresa que el mérito de la conducta humana está en el libre albedrío y si Dios termina con el mal, ¿qué mérito quedaría para los humanos? Por otra parte, sería una existencia intrascendente.

Aristóteles fue discípulo de Platón. Sin embargo, no compartía muchas de las teorías de su maestro marcadamente idealista, justificó su actitud partidaria del realismo al declarar: “Amigo Platón, pero más amiga la verdad.” Este gran filósofo definió al hombre al expresar su famosa frase: “El hombre es un animal político”. Con lo que quiso significar que el ser humano por naturaleza o necesidad se desarrolla en la polis o ciudad, de ahí la palabra civismo que alude al ciudadano. También señaló  que el hombre que vivía fuera del contexto sociopolítico era un dios o una bestia. El filósofo nacido en Estagira creó el gimnasio del Liceo, donde realizó su labor magisterial.

Sobre la definición de Aristóteles, varios filósofos la han contradicho, como Tomás Hobbes, quien afirma que el ser humano vive en sociedad por conveniencia, es decir, mediante un contrato para evitar ser víctima de otros más fuertes, ya que las leyes norman la vida social. Es famosa su frase: “El hombre, lobo del hombre”. Nicolás Maquiavelo considera que el egoísmo es la base de toda sociedad. Nicolás Maquiavelo considera que el egoísmo es la base de toda sociedad. Se afirma que incluso en las relaciones conyugales, los esposos no buscan a quien amar, sino quien los ame. Juan Jacobo Rousseau en el contrato social señala que los seres humanos llegaron a establecer dicho contrato porque así convenía a sus intereses. Con estas reflexiones, contrarias al pensamiento aristotélico, se manifiesta que el ser humano no vive en sociedad por naturaleza, sino tal vez para garantizar su seguridad.Alejandro, discípulo de Aristóteles, fundó la ciudad de Alejandría con la idea de crear una urbe que fuera capital de Egipto,  la cual se convirtió en el centro comercial y cultural más importante, gracias a la dinastía de los Ptolomeos, que se inició con Ptolomeo I, uno de los generales de Alejandro Magno. Lo relevante para las ciencias y las artes fue el hecho de que allí se estableció el museo, literalmente “lugar donde se adora a las musas”. En el museo alejandrino se formaron hombres tan eminentes como Euclides, Arquímedes y Apolonio en las matemáticas; Hiparco y Ptolomeo, notabilísimos astrónomos; Eratóstenes, geógrafo;  Galeno, médico. Al museo se le agregó la Biblioteca más importante de ese tiempo, ya que llegó a reunir en la llamada “biblioteca externa” o “pequeña biblioteca”, aproximadamente 42.800 rollos de papiro y la “biblioteca del palacio”, presumiblemente la principal, la “verdadera” y gloriosa Biblioteca, poseía 490.000 rollos, según Juan Tzetzes, monje bizantino que vivió en el siglo XIII. Esta gran obra cultural terminó su larga vida al ser incendiada por el califa Omar en el año 634, con un argumento absurdo: “Los libros de la Biblioteca o bien contradicen el Corán, y entonces son peligrosos, o bien coinciden con el Corán, y entonces son redundantes.” Esta racionalización fanática costó a la memoria humana una enorme  cantidad de obras irrecuperables.

Según una leyenda griega recogida por Plutarco: “El barco en el cual volvieron (desde Creta) Teseo y los jóvenes de Atenas tenía treinta remos, y los atenienses lo conservaban desde la época de Demetrio de Falero, ya que retiraban las tablas estropeadas y las reemplazaban por unas nuevas y más resistentes, de modo que este barco se había convertido en un ejemplo entre los filósofos sobre la identidad de las cosas que crecen; un grupo defendía que el barco continuaba siendo el mismo, mientras el otro aseguraba que no lo era.” Esto se puede traducir en la siguiente pregunta: ¿estaríamos en presencia del mismo barco si se hubieran reemplazado cada una de las partes del barco una a una?

Algo análogo plantea el famoso pensador inglés, considerado como el padre del empirismo y del liberalismo moderno, John Locke, quien se preguntaba si a un calcetín que le ha salido un agujero le demostramos nuestro afecto remendándolo sigue siendo el mismo después de dicha operación. Casi todo el mundo responderá que sí, que efectivamente se trata del mismo calcetín de siempre, aunque remendando. Si le vuelve a salir otro agujero y lo volvemos a remendar, lógicamente el calcetín seguirá siendo el mismo,  y si seguimos con esta tarea cada vez que el calcetín tenga algún agujero o rotura, tarde o temprano tendremos uno que no mantenga nada de su material original. ¿Sigue el calcetín siendo el mismo? ¿En qué momento deja el calcetín de ser el original?

Otra anécdota relata que Euclides se encontraba impartiendo una clase en Alejandría cuando, uno de sus alumnos, le preguntó que para qué servían todas aquellas demostraciones tan extensas y complejas que explicaba el matemático. Pausadamente, Euclides, se dirigió a otro de los estudiantes presentes y le dijo: “Dele una moneda y que se marche. Lo que éste busca no es el saber, es otra cosa.”

Diógenes Laercio en su obra Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres expone que hay diferentes versiones sobre la muerte de Pitágoras, pues algunos decían que murió a causa de un incendio provocado por sus enemigos;  otros sostenían que lo ejecutaron los crotoniatas, temerosos de que pusiese un gobierno tiránico; algunos más afirmaban que murió en el templo de las Musas en Metaponto, (actual Italia), después de permanecer allí cuarenta días sin comer. Se cuenta que un sujeto llegó a casa de Pitágoras, mientras este se encontraba reflexionando sobre geometría y matemáticas, motivo por el que había colocado varias figuras sobre el piso. Le incomodaba sobremanera ser interrumpido durante su trabajo. Por eso, cuando vio al presunto homicida, le dijo: “Eh, tú ten cuidado de no pisar ese triángulo.” Pitágoras dejó para la posteridad una sentencia inobjetable: “Educad al niño y no será necesario castigar al hombre.”

Marco Aurelio en su obra Meditaciones expresa las siguientes frases: “No malgastes la parte que te queda de vida en imaginaciones sobre los otros (…), pensando qué hace Fulano de Tal, por qué motivo, qué dice, qué piensa, qué máquina, y cuantas cosas como estas hacen que te desvíes de la atención de tu propio principio rector”; “Que todo es opinión, y esta depende de ti”. “Muchas de las cosas superfluas que te enojan puedes eliminarlas, porque radican por entero en tu propia opinión”; “Cuando quieras darte una alegría a ti mismo, piensa en los méritos de los que viven contigo”.

San Agustín expresó: “Si me equivoco existo”. “¿Qué es el tiempo. Si no me lo preguntan, lo sé. Si me lo preguntan, lo ignoro”. “Señor, dadme castidad y continencia, mas no ahora” (Confesiones, libro VIII, cap. 7, 17).

Descartes revolucionó  la  filosofía de su tiempo y su frase más conocida es: Cogito ergo sum (Pienso, luego existo). Frase que fue refutada por Emmanuel Kant cuando expresó que no era necesario mencionar su conclusión, puesto que bastaba con decir “Pienso”, debido a que implícitamente se está diciendo que existe.

Se cuenta que el filósofo Ludwig Wittgenstein estaba en la estación del ferrocarril de Cambridge esperando el tren con una colega. Mientras esperaban se enfrascaron en una discusión de tal manera que no se dieron cuenta de la salida del tren. Al ver que el tren comenzaba a alejarse, Wittgenstein corrió tras el convoy y consiguió subirse  al último vagón, no así su colega. Al ver el desconsuelo que se reflejaba en la cara de la dama, un mozo que estaba en el andén le dijo: – No se preocupe, dentro de diez minutos sale otro.  – Ud. no lo entiende- le contestó ella -Él había venido a despedirme.

Albert Einstein tuvo tres nacionalidades: alemana, suiza y estadounidense. Al final de su vida, un periodista le preguntó qué posibles repercusiones había tenido sobre su fama estos cambios. El físico dio la siguiente respuesta: Si mis teorías hubieran resultado falsas, los estadounidenses dirían que yo era un físico suizo; los suizos, que era un científico alemán; y los alemanes que era un astrónomo judío.

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