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El actual discurso político (1 parte)

28 de febrero, 2016

admin/La Voz de Michoacán

El estudio de la realidad socioeconómica y política que vive México requiere de un cuidadoso análisis de tres aspectos esenciales: los hechos históricos, las corrientes ideológicas y las condiciones del medio físico. Por ello se tienen como punto de referencia acontecimientos de carácter mundial que influyeron sobre la vida política de nuestro país.

El término absolutismo fue acuñado en el siglo XVIII para designar  la o las doctrinas defensoras de la centralización del poder público en una sola persona, es decir, el rey, emperador, monarca, papa o dictador, según el caso. Desde que se establecieron los primeros estados hubo la tendencia a monopolizar las decisiones en torno a los asuntos relacionados con el ejercicio de la autoridad sobre todas las personas en un determinado territorio. En su obra La República, Platón menciona este hecho, al cual se le ha dado el nombre de absolutismo “utópico”. Durante la Edad Media, tanto la baja como la alta, incluso desde antes, los reyes tenían todas las atribuciones para hacer lo que quisieran sin restricciones de ninguna índole. Los papas, como herederos de una de las tradiciones más antiguas, constituida por el imperio romano, fueron recipiendarios de un poder omnímodo. Por eso se le dio el nombre de cesaro-papismo a ese hecho. De ahí que al ser entronizados se les colocara una triple corona, la cual significa hasta la actualidad rey de la iglesia, rey de reyes y vicario de Cristo.  Esta tradición fue confirmada por Gregorio VII y por Bonifacio VIII al proclamar al sumo pontífice como representante de Dios sobre la tierra  a través de la llamada Plenitudo postetatis, esto es, la soberanía absoluta sobre todos los hombres, incluyendo a los príncipes, los reyes y los emperadores. Modalidades de esta forma de gobernar han sido, porque todavía hasta la fecha existen, la tiranía y el despotismo, los cuales se asocian indefectiblemente a las acciones de gobierno arbitrarias e ilimitadas. Posteriormente se introdujo el vocablo totalitarismo para indicar más o menos el mismo concepto. Una definición aproximada puede afirmar que es “el sistema político en el cual la autoridad soberana no tiene límites constitucionales”, o bien, “el sistema político que se concreta jurídicamente en forma de estado en que toda la autoridad (el poder legislativo y el ejecutivo) está en manos de una sola persona, sin límites ni controles”. El feudalismo se caracterizó por la prepotencia del señor, amo y dueño  de vidas y haciendas que disponía a su capricho todo aquello que le venía en gana, respetando solamente las normas impuestas por las leyes naturales o las leyes divinas, sobre todo estas últimas por los orígenes sacros de donde emanaba su poder, según la fundamentación religiosa, e incluso mágica, prevaleciente. Sin embargo, este orden de cosas que permaneció inalterable durante mucho tiempo habría de llegar a su fin mediante tres movimientos ideológicos y de praxis política: El Renacimiento, la Reforma y el Racionalismo que trajo como consecuencia el Iluminismo, conocido también como la ilustración en el Siglo de las Luces. Se denomina Renacimiento al periodo de transición entre la Edad Media y la Época Moderna, el cual abarca en términos generales desde 1350, con la disgregación de la filosofía escolástica, hasta poco después de 1600, al iniciarse la crisis de la concepción humanista, aunque algunos autores establecen su desarrollo en los siglos XV y XVI, incluso alargan su final hasta el XVII. En este periodo ocurrieron múltiples hechos sumamente trascendentales como la invención de la imprenta de tipos movibles, la caída del imperio bizantino, el descubrimiento de América, la formulación de las leyes de la perspectiva pictórica, el descubrimiento de la brújula, el uso de la pólvora, el avance de una cosmovisión secularista basada en el empirismo filosófico que permitió avances significativos en las ciencias: biología, matemáticas, física, astronomía, botánica, anatomía, química, etc., las aportaciones de Copérnico, Galileo y Kepler.  Como su nombre lo indica, renacieron los modelos del pensamiento y las artes grecolatinos que exaltaban al hombre como ser que posee libre albedrío, lo cual propició el avance del individualismo, el concepto de tolerancia, además de otros valores morales como el respeto, la justicia, el honor, la libertad, el amor y la solidaridad, pero sobre todo el antropocentrismo, es decir, la visión humanista al ubicar al ser humano como el centro de la realidad, modificando la concepción anterior que colocaba a Dios como medio y fin de toda actividad humana (visión teocéntrica). El hombre volvió a ser visto como un ser natural no como un ser-para-Dios. En ese mismo sentido se rescataron las littrae humaniores, lo cual trajo como resultado obras tan importantes como el Elogio a la locura de Erasmo de Rotterdam, El príncipe de Maquiavelo, las magníficas obras de Cervantes, Shakespeare y muchos otros, las creaciones de Boccaccio, Montaigne, Francis Bacon, Rabelais, etc. En las artes visuales se presentan los genios de Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel, Bronzino, Giorio Vasari, Rafael, Donatello, Boticelli, entre muchísimos creadores más. Este fenómeno generó transformaciones sociales, políticas, religiosas, económicas y culturales como respuesta contra el estancamiento medieval. A través de toda esta etapa estuvo presente la burguesía naciente como patrocinadora, ya que la libertad individual desde los puntos de vista teológico, cultural y social empezó a tener auge, lo cual resultaba muy conveniente para los comerciantes que aspiraban a tener mejores ganancias en sus negocios. Así renace el nuevo espíritu del hombre como parte de la naturaleza y protagonista de la historia. Dentro de este mismo contexto temporal y espacial, ya que corresponde a la misma época y al continente europeo, se inició el movimiento religioso que produjo un cisma en la Iglesia Católica, encabezado por Martín Lutero en Alemania y Juan Calvino en Suiza. El primero publicó en 1517 las “95 tesis” contra la venta de indulgencias y otras cuestiones, acusando al Papa y al alto Clero de corrupción en varios aspectos de la vida religiosa, ya que estas instituciones se ocupaban más de los bienes materiales que de atender las necesidades espirituales de la feligresía. Con este  movimiento se desconoció la autoridad del Papa y se propusieron múltiples cambios en la teología y liturgia de la Iglesia Católica, a la cual no tenían la intención de abandonar, pues su condición era que se volviera a la filosofía que dio origen a la Iglesia Católica en sus primeros tiempos. Pero la Iglesia Católica estaba en una verdadera decadencia debido a que se había olvidado de su auténtica misión y se ocupaba más de asuntos de carácter económico como la venta de indulgencias, reliquias, cargos eclesiásticos y otras actividades lucrativas, incluyendo su influencia en la vida política de los pueblos y naciones. Con ese dinero se construyó la Basílica de San Pedro. Como respuesta la Iglesia Católica formuló una enérgica condena en contra de Martín Lutero en la Dieta de Espira del año de 1529 que reafirmaba el edicto de la Dieta de Worms de 1521. Estas protestas reformistas fueron apoyadas por los gobiernos de reyes y príncipes que deseaban apoderarse de los bienes en manos muertas, esto es, las propiedades del clero que eran muchas en los diferentes países europeos. Cuando finalmente se separaron de la Iglesia Católica, los llamados protestantes, porque manifestaron sus inconformidades públicamente y fueron severamente sancionados, organizaron sus propias iglesias nacionales desechando la eucaristía, el culto a imágenes de Jesús, la Virgen y los santos, sí aceptaron la Biblia como guía para alcanzar la vida eterna y la salvación a través de Jesucristo, pero rechazaron abiertamente el concepto del purgatorio creado durante la Edad Media para atemorizar a los fieles. Entre las repercusiones que tuvieron el Renacimiento y la Reforma figuran la destrucción de la unidad religiosa que produjo la división de la Europa cristiana de occidente en tres iglesias: católica, protestante y anglicana,  y la desorientación que sufrió la sociedad como resultado de la revolución científica, además de los enfrentamientos que dieron lugar a la Guerra de los Treinta Años entre católicos y protestantes. Estos acontecimientos impactaron hondamente el pensamiento filosófico que se había rezagado respecto al desarrollo científico, lo cual propició el surgimiento de dos corrientes filosóficas: el racionalismo y el empirismo. René Descartes,  juntamente con Spinoza y Leibniz,  fue una de las figuras más connotadas en la fundamentación de la corriente racionalista que se pronuncia a favor del uso de la razón para resolver todas las cuestiones existentes, lo mismo la libertad de conciencia y la crítica del dogmatismo, aceptando la teoría contractualista como origen del estado que sostiene la idea de que “todos  los  hombres se ponen de acuerdo entre sí y deciden  ceder todos sus  derechos de forma irrevocable a un hombre o asamblea de hombres, reduciendo todas las voluntades a una sola, con el fin de que se  garantice el mantenimiento de la paz.” El racionalismo se basa en un modelo deductivo y matemático. De este modo Descartes crea el método científico más adelantado para su tiempo. Tanto el racionalismo como el empirismo son los antecedentes del iluminismo, movimiento que se desarrolló durante el siglo XVIII teniendo como escenario distintos países de Europa, el cual se caracterizó por cuestionar los regímenes monárquicos y la supremacía de la iglesia, ya que ambos eran dueños del conocimiento y el poder, además de muchas riquezas. Intelectuales, sabios, filósofos y científicos replantearon la realidad del ser humano, cuya conciencia debía ser iluminada por  el conocimiento racional, no teológico, basado en el método científico para protegerlo de la imposición y la  ceguera que lo denigran. Por lo que debía conocer más allá de la religión, a fin de adquirir una cosmovisión más exacta.  En este movimiento se inscriben personajes tan importantes como Juan Jacobo Rousseau, John Locke, Voltaire, Montesquieu, Diderot, Quesnay, entre otros. Sus ideas fueron el fermento que influyó en forma determinante para que se produjera la Independencia de los Estados Unidos de Norteamérica y la Revolución Francesa.

Sus ideas trascendieron a todo el mundo y en las colonias de las principales potencias europeas establecidas en el continente americano fueron esenciales para gestar los movimientos independentistas. En México, los principales insurgentes tuvieron acceso a obras que fueron estrictamente prohibidas por la iglesia a través del llamado Index librorum prohibitorum,  en cuya lista destacaban los siguientes: Ensayos de Michel de Montaigne (1676), Los libros filosóficos de René Descartes (en 1663), Pensées, avec les notes de Voltaire de Blaise Pascal (1789),  El contrato social y Emilio, o De la educación de Jean-Jacques Rousseau  y muchas más. Sin embargo, nuestros próceres se nutrieron en estos y otros libros para enriquecer sus ideales libertarios, pues como afirma un escritor: “Hay ocasiones  en que el legislador, el sociólogo, el gobernante, inclina la frente para confesar: ‘no está bien, pero es imposible corregirlo, porque se halla vinculado a nuestra naturaleza’. Y cuando estos hombres ceden su paso al torrente de los instintos, de las pasiones, de lo que parece irremediable y consubstancial, allí donde claudican resignadamente nuestras fuerzas, allí se obstina el poeta (o el escritor) pretendiendo hacer con su ideal un dique contra las debilidades. En el principio fue el ensueño, y la sociedad humana va marchando lentamente hacia aquello que ha determinado antes la fantasía. Ese hombre inmóvil, absorto ante el escenario de sus propias imaginaciones, incapaz de acción, es el que prepara los más decisivos cambios en la vida de sus semejantes, y en él está el resorte de todas las mutaciones.”

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