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El actual discurso político

6 de marzo, 2016

admin/La Voz de Michoacán

Algunos intérpretes reaccionarios de la historia de México han señalado que la Guerra de Independencia fue un rotundo fracaso, la cual concluyó en las Norias de Baján con el fusilamiento del Padre Hidalgo y, posteriormente, con el martirio de don José María Morelos, e ingenuamente le atribuyen todo el mérito a Agustín de Iturbide, quien se autoproclamó emperador de México, sin detenerse a pensar que la Constitución de Apatzingán había sentado las bases para el establecimiento de la República Mexicana. El imperio de Iturbide fue efímero porque los principales grupos combatientes lucharon por una forma de gobierno más democrático, y fue hasta la promulgación de la Constitución de 1857 y algunos años después con las Leyes de Reforma cuando se instituyó una nación independiente, no solo del extranjero, sino de poderes fácticos como la Iglesia Católica, mediante la secularización de sus bienes para lograr la construcción de un estado laico. Todos estos progresos fueron desechados por la férrea dictadura de Porfirio Díaz al reelegirse seis o más ocasiones como titular del poder ejecutivo, hasta que Francisco Ignacio Madero contendió por la presidencia de la República, sin que se reconociera su triunfo. A pesar de esta injusticia, el propio Madero convocó a un levantamiento armado contra el régimen para el 20 de noviembre de 1910, aunque los hermanos Serdán se anticiparon y así se inició el movimiento que habría de echar abajo las estructuras del gobierno porfirista. La Revolución Mexicana tuvo importantes efectos: entre otros, una constitución que fue valorada como una de las más avanzadas de esa época, en la cual se consagraban los derechos humanos inalienables. Pero tan importante resultado no tuvo los alcances que pretendieron los grupos auténticamente revolucionarios, ya que el caudillismo echó por tierra los postulados constitucionales y la clase política solamente veló por sus intereses personales y de grupo. Se creó un partido con el lema “Democracia y Justicia Social”, ideales que no han pasado de ser una aspiración, pues incluso los demás partidos surgidos como oponentes copiaron el modelo e incidieron en las mismas prácticas antirrevolucionarias. Ya no se diga el PAN, del cual se esperaba una forma distinta de enfrentar los problemas nacionales y la corrección de los vicios heredados de los gobiernos anteriores, pero no hubo ninguna modificación significativa. Todo siguió igual.

Los fenómenos sociales a que se alude tienen como antecedente el liberalismo, ideología que no puede comprenderse sin la idea de la democracia. Para clarificar estos conceptos es necesario partir del espíritu que reino en Europa a partir del siglo XVIII, incluso antes, con la finalidad de reivindicar algunas libertades políticas y la participación efectiva de la ciudadanía en el ejercicio del poder público mediante las legislaturas. Los especialistas destacan las estructuras institucionales como el estado y las sociales, entre otras, el mercado, la opinión pública, los medios de comunicación, los sindicatos, etc., pero casi siempre sigue la consigna de “laissez passer, laissez faire” (dejar pasar, dejar hacer), es decir, la libertad de contenido social, pero sin mejoramiento económico por las restricciones que impone el sistema capitalista. Se habla de dos tipos de liberalismo a partir de la realización de los derechos del hombre: el liberalismo ético, apoyado en Rousseau, Kant, Constant, etc., cuyo objetivo es la lucha por el bienestar de las grandes mayorías y el liberalismo utilitarista que busca concertar los intereses egoístas de las minorías burguesas gracias a la formulación de la economía libre-camista o de libre concurrencia de Adam Smith y David Ricardo, ambos teóricos del capitalismo. Conforme a esta corriente la libertad es el valor supremo, pero solamente la libertad individual de cada ser humano en función de los intereses sociales, pues el mismo Juan Jacobo Rousseau, uno de los principales ideólogos del liberalismo, afirma que la voluntad general es la condición sine qua non para ser libre. Teóricamente en las sociedades capitalistas el individuo tiene la libertad de realizar muchas acciones, siempre y cuando no altere las actividades normales de los demás, pero no es libre de tener tantos millones de pesos como desee. Si quiere convertirse en rico debe seguir las normas establecidas por los mercados, siempre dentro de las leyes respectivas, mediante la compra-venta de bienes materiales, en la producción de los mismos o la prestación de servicios, según se labore en cualquiera de los tres sectores que dividen la economía. Dichos sectores son: el primario que comprende la agricultura, la minería, la ganadería, la silvicultura, la apicultura, la acuicultura, la caza, la pesca, etc.; el secundario abarca siderurgia, las industrias mecánicas, la química, la textil, la producción de bienes de consumo, el hardware informático, etc.; el terciario incluye el comercio, el transportes, las comunicaciones, las finanzas, el turismo, la hostelería, el ocio, la cultura, los espectáculos, la administración pública y los denominados servicios públicos, los preste el Estado o la iniciativa privada (sanidad, educación, seguridad pública, administración del gobierno, justicia, etc.). El barón de Montesquieu sostuvo que “la libertad puede consistir únicamente en poder hacer lo que debemos hacer.” Este criterio ha prevalecido en las sociedades actuales, donde los ciudadanos pueden actuar con libertad, pero sujetos a las disposiciones legales como las garantías que ofrece nuestra constitución, la cual nos otorga múltiples libertades: de pensamiento (se puede tener cualquier ideología política: conservadora, liberal, marxista, etc.), religiosa, de tránsito, de expresión, de asociación, ocupación o empleo, etc. Hay quienes piensan que la libertad consiste en hacer lo que le plazca al ser humano. En este contexto solamente son libres los dictadores y los indigentes o mendigos, pues ellos pueden hacer lo que deseen sin que nadie se los impida. Un dictador comete asesinatos, roba, abusa sexualmente, conculca las libertades de los demás y no es castigado, incluso nadie se atreve a reprocharle su proceder. Un mendigo puede dormir en donde mejor le acomode, no paga impuestos, no trabaja, vive de lo que le proporcionan cuando solicita la colaboración voluntaria para su subsistencia. En cambio, los ciudadanos “libres” tienen que sujetarse a normas, pues solo así son aceptados por la sociedad. El ejemplo que cita Platón en el libro II de su obra La República alude a un pastor de nombre Giges, quien, después de una tormenta y un terremoto, encuentra en las profundidades de una grieta un caballo de bronce, dentro del cual está el cadáver de un hombre que lleva un anillo. Giges toma el anillo y descubre que al hacerlo girar él se vuelve invisible. Esta condición le permite entrar a la recámara de la reina. Sostiene encuentros amorosos con ella y ambos planean asesinar al rey. Una vez consumado este hecho delictuoso, Giges se convierte en tirano de ese pueblo. La reflexión a la que conduce esta leyenda consiste en señalar que el ser humano es capaz de cometer los peores abusos cuando tiene la libertad de hacerlo sin tener ninguna limitación moral o legal. El escritor inglés J. R. R. Tolkien, en su famosa obra El Señor de los Anillos plantea una situación análoga, con la particularidad de que el anillo lleva una inscripción que dice: “Un anillo para gobernar a todos. Un anillo para encontrarlos. Un anillo para atraerlos a todos. Y atarlos a las tinieblas”. Con esto se alude al poder que corrompe. Muchos políticos y empresarios ambiciosos quisieran tener un anillo semejante para tener cada día mayores privilegios mediante el ejercicio del poder o el que da el dinero, con lo cual acabarían siendo solamente peleles seducidos por la codicia y sometidos a la influencia del anillo: “Un anillo para dominar a todos los hombres.”

En México existen muchas libertades, incluso tolerancia de parte del poder público que no aplica con el debido rigor las leyes contenidas en nuestra constitución política y las leyes emanadas de ella, aunque no lo hace por falta de autoridad moral, hay muchos ejemplos, entre otros, las acciones delictivas de los profesores en la quema y destrucción de oficinas, privación ilegal de la libertad, represión en contra de periodistas, etc. Pero todo esto se debe a que muchos de los gobernantes son personas corruptas que viven del dinero del pueblo, aprovechan los cargos públicos para enriquecerse ellos y sus familiares. Además, con cierta frecuencia, realizan negocios ilícitos coludidos con empresarios sin solvencia moral.

Los partidos de izquierda no existen, pues los actuales tratan de combinar el liberalismo con la ideas de la corriente marxista, lo cual es absurdo. No se puede luchar en contra de los zarpazos del imperialismo norteamericano siendo neoliberales como Carlos Salinas de Gortari en su tiempo y quienes le sucedieron en el poder ejecutivo. Obsérvese cómo nuestro presidente habla con frecuencia de que la fórmula para el desarrollo radica en incrementar la competitividad. Este es el discurso neoliberal, el cual se orienta hacia lo tecnocrático y macroeconómico, y reduce la intervención estatal en los mercados. Por eso fueron vendidos las empresas paraestatales como Telmex, el canal 13 de televisión, los ferrocarriles nacionales, etc. Esta política defiende el mercado capitalista como el mejor garante del equilibrio institucional y del crecimiento de un país.      Nadie puede negar que nuestros gobiernos en sus tres niveles han sido incapaces de proporcionar a la ciudadanía un clima de seguridad pública eficiente, incluso en muchos casos son los policías quienes cometen muchos de los ilícitos, dejando a los ciudadanos en la más completa indefensión. Pero el verdadero problema reside en la falta de inteligencia para contribuir eficientemente al desarrollo económico de las comunidades rurales, semiurbanas y urbanas, donde millones de personas carecen de lo elemental: una nutrición suficiente, amén de otras carencias como casas habitación con todos los servicios (agua, luz, gas, pavimento, teléfono, internet, etc.), centros de salud efectivos, atención educativa de calidad, oportunidades laborales, etc.

Ante esta incapacidad, se otorga al pueblo una serie de concesiones de carácter social: igualdad de género, defensa de los derechos humanos, matrimonios entre personas del mismo sexo y el permiso para la adopción, legalización del aborto, etc.

Entre los mexicanos suele haber mucha simulación. Vivimos en una supuesta democracia, la cual explicó de manera muy atinada el intelectual mexicano Pablo González Casanova al señalar que los aborígenes seguían rindiendo culto a sus dioses, cuyas figuras eran colocadas en el interior de cristos huecos elaborados por ellos. Se tenía el exterior del cristianismo, pero en el fondo seguían prevaleciendo sus creencias. Lo mismo ocurre con la democracia: se tiene el aspecto exterior, pero en el fondo seguimos teniendo el tlatoani, el dictador, el señor que mediante un dedazo indica quiénes deben ser los candidatos. Nuestra clase política está consciente y es cómplice de estas prácticas antidemocráticas, pero todos los partidos lo aceptan. Por eso se inconformaron con los candidatos independientes, a quienes les han puesto todas las barreras para que no sigan triunfando en lugar de corregir las causas por las cuales el pueblo los rechaza. En tanto no se mejore la economía de las familias y los jóvenes no encuentren medios de autorrealización, resultarán inútiles e improcedentes todas las medidas para contener a la delincuencia organizada en sus nefastos propósitos de instaurar el régimen de la violencia sin ninguna consideración para nadie. Aún es tiempo de actuar en forma inteligente y correcta para no dejar que nuestros jóvenes, al no incorporarse al tejido social por falta de trabajo, ingresen a las filas de la delincuencia.

 

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