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Homenaje a don Miguel de Cervantes Saavedra

17 de abril, 2016

admin/La Voz de Michoacán

Se cumplirán 400 años del fallecimiento del más grande escritor de todos los tiempos el día 22 del mes que transcurre. Esta obra constituye una creación eterna que permanece inalterable por su gran valor. Existen muchísimos libros inspirados por esa gran novela, considerada como la más importante en la historia de las letras. Influyó en William Shakespeare, quien escribió Cardenio, personaje que aparece en los capítulos: del XXIV al XXXII de “El Quijote”. Los libros más conocidos son: Las meditaciones del Quijote del filósofo José Ortega y Gasset; Vida de Don Quijote y Sancho  de don Miguel de Unamuno; Al morir Don Quijote de Andrés Trapiello; Breviario de amor de Víctor Espinós; Geografía Cervantina de Diego Perona Villareal; El bálsamo de fierabrás de  José Ignacio de Arana; Instrucciones para olvidar el Quijote de Fernando Savater; Hamlet y Don Quijote de  Iván Turguénev; La celada de Alonso Quijano de Pedro Mata, entre otros muchos. Sería verdaderamente imposible citar todo lo que se ha escrito sobre la obra de Cervantes.

Dos escritores michoacanos se han ocupado de esa gran novela: Manuel López Pérez, quien escribió “Epifanía de Don Quijote” y José Rubén Romero, autor de un ensayo intitulado “Cómo leemos el Quijote”.

El primero analiza los personajes y situaciones creadas por Cervantes. Menciona el irrealismo de Don Quijote frente al realismo de Sancho Panza, habla dela eficacia del entusiasmo que mueve al caballero andante, y también señala lo que llama “la traición de Cervantes” al devolverle la cordura a su personaje, quien vivió aventuras extraordinarias dentro de una irrealidad, haciendo a un lado aquella cosmovisión idealizada que lo llevó a experimentar un gran amor producto del encantamiento inspirado por “una moza labradora de muy buen parecer”, a quien dio por nombre Dulcinea del Toboso, noble dama por la que estaba dispuesto al sufrimiento más atroz, siempre en aras de su amor inmaculado.

El novelista michoacano José Rubén Romero escribió un ensayo que lleva por título “Cómo leemos el Quijote”, en el cual se exponen los pensamientos y emociones provocadas al leer esa novela -que pretendió manifestar  cierta inconformidad contra las novelas de caballerías y terminó convirtiéndose en una más de ellas- a través de la vida. Como resulta lógico los temas aluden a la infancia, la juventud, la edad madura y la vejez, pero en ningún momento el novelista originario de Cotija olvida sus raíces, pues menciona en la primera parte lo siguiente: “Anuncié a los chicos de la vecindad un entremés, a cuartilla la entrada, con Don Quijote y Sancho de figuras principales, que en los programas titulábase: «Pelea de Don Quijote de la Mancha con un fiero toro de Tarimoro», y como el único personaje a caballo de mi compañía de títeres representaba un picador con su garrocha, a éste habilité de Don Quijote; asimismo convertí en Sancho, al muñeco que en la representación de Don Juan Tenorio corría con el papel del Comendador. El paso de Don Quijote y de Sancho, y su encuentro con el toro, tenían lugar en el dorado salón Renacimiento. Blandiendo la pica, Don Quijote vencía a la fiera, que al doblar las manos exclamaba enfáticamente:“Nada me importa morir; adelante, porque me mata un Caballero Andante.” Después, Don Quijote entablaba con Sancho el diálogo, en verso, que a la letra copio: “Sancho Panza, ven conmigo,  embózate en tu cobija y vayamos a Cotija, al rancho de un buen amigo.  Para tus gustos mortales,  diré algo que te alborote: sentados en los portales, cenaremos con tamales,   buñuelos, leche y camote. No sigáis, gran caballero, yo por limpiar las cazuelas,  meto al Rucio las espuelas, ¡y a ver quién llega primero! El hambre me martiriza, si no como estoy de flato,  si como suelto la risa.   Vayámonos más de prisa tomando el tren de Irapuato…”

En estas primeras páginas se refiere a la lectura que realizó siendo niño y cómo soñaba con el Caballero de la Triste Figura.

La sección II alude al joven de veinte años, quien “… admira el denuedo de Don Quijote, su serenidad ante el peligro, pero más cerca que en los combates, lo sigue en sus discursos amorosos; lo asiste en la roca donde quedó, desnudo, esperando noticias de la sin par Dulcinea; lo acompaña y comprende en sus lamentaciones de enamorado, y halla muy natural que el que sufra desdenes de amor se refugie en lo más solitario de un bosque y mantenga conversaciones en verso con la imagen invisible de la dulce su enemiga. Sin esfuerzo, retiene en la memoria los sonetos, las endechas, las canciones que adornan el libro, y ansía que se presente la ocasión de recitarlos por su cuenta en el alféizar de una ventana, de una de aquellas ventanas floridas tantas veces citadas por los poetas macarrónicos, que ya no sirven de marco al amor, porque Cupido corre en automóvil por carretera y descampados, o tiene sus mudos coloquios en la penumbra del cine. No obstante el cambio de costumbres, el nombre de Dulcinea sigue siendo genérico, existe una íntima relación entre ella y la mujer a quien idealiza o persigue el fuego de la juventud: «Mi Dulcinea me espera; vamos a ver a Dulcinea», exclaman los enamorados, con aires de poética satisfacción, aunque en muchos casos se haya roto el ideal y Dulcinea aguarda a su galán envuelta en el peinador transparente de Margarita Gautier.”

“En la juventud, leemos el Quijote como una historia basada en hechos verídicos, con personajes reales, y no estimamos en su justo precio la trama genial del autor.

“Nos imaginamos de carne y hueso al Caballero de la Triste Figura; a Sancho, le tratamos como a un pariente, censurable en la intimidad por su glotonería o por su falta de buenos modales, pero a quien no dejamos de imitar, porque desde nuestros más tiernos años nos acostumbraron a su presencia.

“Todos estos sentimientos hacen comprensible el gesto de aquel improvisado diplomático mexicano, que, al llegar a Madrid, encargó una corona de flores para colocarla por propia mano sobre la tumba de Don Quijote de la Mancha.

“Nuestro representante olvidó por unos momentos que la cuna y el sepulcro de Don Quijote cupieron en el reducido espacio de una frente y, en cambio, su fama no cabe en el mundo.

“Cuando se llega a la Villa del Oso y del Madroño y se visita la Plaza de España, prenden nuestra atención dos figuras que nos son familiares y que avanzan, cabe la verde yerba del prado, con pasos lentos, tan lentos, que se vuelven estáticos. Son Don Quijote, armado de punta en blanco, caballero en Rocinante, y Sancho Panza, taloneando su Rucio, con rumbo a las llanuras de Castilla. Nosotros los contemplamos desde lejos envueltos en el dorado polvillo del crepúsculo, y sentimos el temor de que tuerzan el paso y se dirijan a la Plaza de Oriente, para pedir posada en el Palacio Real, antes de que la noche, con el rostro cubierto por las sombras, los asalte en despoblado.”

Y enseguida el autor de La vida inútil de Pito Pérez continúa su interesantísima exposición: “Cuando llegamos a la edad madura leemos el Quijote como con microscopio, buscando en sus páginas, más que los sentimientos, los pensamientos ocultos de Cervantes, y nos admira no haber descubierto en las lecturas anteriores las excelencias de su lenguaje, pirámide levantada al idioma castellano por el esfuerzo de un solo hombre. Nos atrae la filosofía de la obra, como producto de una existencia atormentada, que se canalizó en la mente de un genio y se derramó a través de su pluma.

“Si hace quince años me hubiesen pedido la definición del Quijote, le hubiera aplicado la misma que consignan los diccionarios para la palabra democracia. Este libro, diría, es «del pueblo, por el pueblo y para el pueblo». Del pueblo, pues sus personajes provienen de él; por el pueblo, a causa de sus raíces idiomáticas; para el pueblo, porque está destinado a servirle de perenne lección, de flecha orientadora en el cruce de muchos de la Inquisición; pero Cervantes escapó, porque sus enemigos pensaron que sus libros morirían en el ignominioso madero de la crítica. Cuando se dieron cuenta de su error, Don Quijote había pasado las fronteras y no pudieron promover juicio de extradición en contra de sujetos que ya gozaban de la ubicuidad. Con Don Quijote y con Sancho, salió de España el espíritu doble de su raza que acomete las más audaces aventuras, ya conquistando mundos con la punta de la espada, ya desfaciendo entuertos por mano de sus frailes evangelizadores, ya espumando el puchero en las bodas de este Camacho, el rico, que es nuestro Continente. Presencia simultánea de don Quijote y de Sancho que luchan, el primero, por satisfacer sus ansias de gloria, con los ojos puestos en alto, mientras el segundo llena previsoramente sus alforjas.

“En los anales del mundo, ningún pueblo se ha hecho representar tan dignamente como España, con el ideal de Don Quijote, con la realidad de Sancho Panza. Otras naciones han enviado solamente a Sancho para fincar imperios terrenales y tener el zurrón bien provisto.

“Las naciones y los individuos, en la constitución de nuestro ser, llevamos interiormente ambos personajes cervantinos, que contemporizan uno con el otro para poder vivir. Nuestro Quijote interior moraliza, dirige y norma los actos del alma, al mismo tiempo que Sancho procura el sostenimiento del cuerpo.

Para concluir el libro se refiere a los viejos que ahora eufemísticamente llaman adultos mayores y dice: En nuestras conversaciones con Cervantes vamos de las orillas del Henares hasta las del lago de Pátzcuaro; desde los barrios de Sevilla, en donde estalla la alegre risa de las castañuelas, hasta los huertos de Uruapan, que parecen jícaras decoradas por la mano del indio. Nuestro coloquio con don Miguel se interrumpe noche a noche, al escucharse la voz de una criada que me dice: «Señor, el chocolate está servido…».

“Si se reunieran todos los escritores contemporáneos para colaborar en la empresa de escribir el Quijote; si aportara cada uno de ellos la solvencia de su talento: Bernard Shaw, su humorismo; Enrique Larreta, su estilo; Thomas Mann, su calidad humana; Mariano Azuela, su lenguaje popular; Camí, su ingenio; Pío Baroja, su amargura; Artemio de Valle Arizpe, lo galano de su arcaico español; Claudio Farrère, su fantasía de Oriente; Darío Rubio, el acervo de sus refranes, no bastaría ese equipo de bien tajadas plumas para volver a dar vida a lo creado tan fácilmente por Miguel de Cervantes Saavedra, Rey y Señor de todo un Universo: el de las letras.

“Una y otra vez repasemos el Quijote, volvamos a leerlo con la emoción renovada de todas las épocas: riendo, como cuando éramos niños; soñando, como cuando fuimos jóvenes; pensando y llorando como cuando somos viejos…”

El mejor homenaje a Cervantes Saavedra será sin duda la lectura de su obra, que es la cumbre de las letras españolas y universales.

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