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“La banca roja” de Manuel López Pérez

12 de julio, 2015

admin/La Voz de Michoacán

El ser humano tiene condiciones que le son inherentes: la primera de ellas se refiere al espacio, pues la vida se desarrolla en un determinado lugar, y siempre estamos ubicados a la izquierda, la derecha, atrás o adelante, arriba o abajo, pues existen seis direcciones fundamentales: los cuatro puntos cardinales, el cenit y el nadir. Por otra parte, la existencia humana permanentemente está vinculada al tiempo: la hora, el día, la semana, el mes, el año. Estas dimensiones son inseparables del ser, pero existe una tercera dimensión: el espíritu, la conciencia o inteligencia. Lugar, tiempo y espíritu están presentes en la obra que lleva por título “La banca roja”, que fue escrita por Manuel López Pérez, y ha sido editada en tres ocasiones: la primera el año de 1961, la segunda en 1998 y la tercera el año que transcurre. ¿Por qué ha perdurado este libro por encima de muchos otros? La respuesta es muy simple: Su autor fue un hombre de grandes alcances intelectuales. Aun cuando el lugar en el que se desarrolla la acción corresponde a la plaza pública de la recoleta y colonial ciudad de Morelia durante las décadas segunda y tercera del siglo XX, la dimensión intelectual de este libro es muy superior. Nos habla de un grupo de personas de origen diverso, actividades laborales múltiples, nivel de formación educativa distinto y, como resulta lógico, cada uno con su temperamento y carácter muy propios, tal cual somos todos los que pertenecemos a la especie humana: distintos e irrepetibles. La originalidad de esta obra consiste en que Manuel López Pérez tomó un pretexto de su entorno para inventar una realidad nueva, pues, aunque participan personas físicas que existieron, las conversaciones que sostienen sobre temas sociales, políticos, económicos, religiosos, filosóficos, etc., fueron creadas por López Pérez. Aquí puede decirse, aludiendo al libro de Luigi Pirandello, que sus personajes fueron en busca del autor, y, efectivamente, él les dio a cada uno su personalidad dentro de la dinámica de su narración. Este es uno de los problemas más difíciles a los que se enfrenta cualquier novelista. El personaje principal es un hombre viejo que pertenece a la Logia Masónica “Melchor Ocampo”, se desempeña como Jefe del Archivo General del Gobierno del Estado y, según el texto, posee una cultura verdaderamente admirable; pero tiene un pequeño defecto: su lenguaje es soez, procaz, insultante, siendo su frase favorita la mentada de madre. Ese concepto tan contradictorio en el lenguaje mexicano, pues la madre es para todos los que tenemos el privilegio de poseer esta nacionalidad el máximo valor; razón por la cual este insulto ha sido durante mucho tiempo el máximo; pero también para expresar las mejores ideas nos ha servido el concepto de madre. Suele decirse: “Me fue a toda madre”, o sea, muy bien, pero cuando las cosas no marchan muy bien es frecuente escuchar: “Esto vale madre”. Incluso hay una frase contradictoria al expresar: “¡Qué poca madre!”, lo cual significa que se debe tener mucha madre siempre y quienes carecen de suficiente madre valen poco o demuestran con alguna acción una moral cuestionable. Marcada contradicción que no ocurre en otros países y, si la hay, no tiene tanta fuerza de mala intención como para los mexicanos. Tanto ha sido el apego del mexicano a su madre que el historiador Luis González y González llegó a decir que no tenemos patria, sino “matria”.

El punto de reunión de estos señores era la plaza de armas, y disgustaba significativamente a la sociedad puritana de aquellos años; motivo por el que, se supone fue el presidente municipal, mandó pintar la banca de color rojo como una advertencia a los transeúntes para que no se acercaran al sitio de las mentadas y los insultos con palabras altisonantes, pero había otra razón que tenía que ver con las ideas progresistas o rojillas de sus participantes, ya que la bandera roja fue mucho tiempo símbolo del anarcosocialismo y la lucha obrera.

Entre los hombres que ahí acudían con gran entusiasmo figuraban, entre otros, el poeta Sansón Flores, mejor conocido como “El Chino”; el licenciado Jesús Ramírez Mendoza, maestro universitario, los estudiantes Antonio Mayés Navarro y Manuel López Pérez, Nicolás Ballesteros, dueño de una talabartería; Fidencio Reséndiz “El Estético”, líder de la Confederación Revolucionaria de Obreros Mexicanos; don Magdaleno, hombre de profundas ideas protestantes; Othón Sosa “El Chango”, orador y líder de la CROM, Luis Hernández, “El Infiernero”; Gabriel “El Gato”, también de la CROM; Félix Calderón, profesor de agricultura en la Escuela Normal de Morelia; Pedro Moreno Melchor, asiduo asistente a la Casa del Obrero Mundial; Victoriano Mendoza “Piturriano”, de religión protestante y masón, representaba a los trabajadores ante la Junta de Conciliación y Arbitraje; Juan “El Garabato”; Rodrigo Méndez y Espino Arbide, el pastor Palominos, además de algunos otros que esporádicamente se sumaban al grupo como don Juan Abarca Pérez, director del periódico “Lucha”, don Florentino T. Quezada, jefe de redacción de la misma publicación, Melchor Maciel y Miguel Syrquín, comerciante, de origen ruso.

Manuel López Pérez fue un gran escritor por su extraordinaria facilidad para redactar con propiedad y corrección, porque el primer requisito para dedicarse al oficio de las letras es conocer la gramática; un segundo aspecto sería haber leído suficiente obras, porque, salvo las actuales generaciones de jóvenes que tienen la oportunidad de asistir a talleres, donde se les orienta para ejercer como escritores, poetas o desarrollar ambas vocaciones, en aquellos años no existían estas oportunidades, con excepción de la ciudad de algunos cenáculos en la ciudad de México. En el caso de Manuel López Pérez fue autodidacta, sin desdeñar las enseñanzas que recibió de algunos destacados filósofos y maestros. El autor cuya obra se comenta logró poseer una gran cultura, la cual se pone de manifiesto en su amplia producción literaria.

A don Alberto Trécani, jefe de la tribu, lo describe en los siguientes términos: “…hombre alto, robusto, de cabeza leonina, ornada con ojos penetrantes y con imponente piocha. Solía llevar aquel señor una cachucha a cuadros, de tela, o una atigrada, hecha con piel de huinduri… a veces se le veía llevar una capa confeccionada con dos piezas; una especie de sotana que llegaba hasta más debajo de la rodilla, con botonadura frontal muy pródiga, de cuyo cuello arrancaba bañando al cuerpo hasta cerca de la cintura y disimulando la carencia de mangas, o sea, cubriendo los brazos, un refuerzo circular llamado esclavina… además portaba un grueso bastón…. En la boca se consumía un cigarro (puro) destinado a sufrir los mordiscos con que se manifestaba la nerviosidad del irritable polemista y maestro del ágora moreliana.”

Casi la totalidad de los diálogos fueron resultado de su talento. Por ejemplo, cuando pone en los labios de don Alberto Trécani, las siguientes frases: “Si la dictadura proletaria ha de durar, en términos vagos, lo que se dure en aplastar definitivamente a la burguesía y en reeducar a las masas proletarias, ello implica la existencia de clases en conflicto, y por lo mismo el innegable carácter del Estado burgués, como cualquier otro, de la dictadura proletaria, esto interpretando el claro pensamiento de Engels sobre el origen y definición de Estado. En conclusión: que la dictadura no sería del proletariado, que estaría reeducándose, sino de los vivos dirigentes del Partido Comunista; ni habría tenido resultado la revolución armada contra el Estado burgués, al ser sustituido por otro igual en sus características genéticas y funcionales.” En este párrafo estaba anunciando la perestroika (reconstrucción de la economía socialista en una economía de mercado).

Más adelante critica la realidad socioeconómica de ese tiempo al mencionar que no tienen sentido las huelgas locas, los pliegos de peticiones de satisfacción imposible, la tolerancia a las inmoralidades sindicales, la participación de los líderes en las rapiñas de los empresarios, la atomización de la propiedad agraria, el sostenimiento de la red de caciques para sojuzgar a la población rural, al igual que en las organizaciones obreras, las cuales constituyen el “rebañismo político”.

Todas estas exposiciones estaban matizadas por las mentadas de madre que, al decir de las beatas, por cada expresión alusiva a la progenitora se caía una hoja de los dos árboles más cercanos a la banca, hasta que finalmente se secaron.

En otro pasaje, don Alberto menciona: “Los poetas son creadores en la expresión, no porque den origen a las cosas que aluden, sino por la visión que logran de ellas y el éxito verbal al trasmitirlas. Se valen de metáforas –ennoblecedoras de la realidad-, y algunas veces la metáfora es parábola, y otras alcanzan las dimensiones de una alegoría y la alegoría puede ser enorme.”

Respecto a la demagogia señala: “consiste en dirigir a los pueblos halagándoles sus malas pasiones, despertándoles y cultivándoles sus bajos apetitos, dejarse conducir por ellos, aparentemente y en un principio, porque en realidad se les está guiando al mal, y digo que en un principio, porque a poco tiempo de desencadenados los animales instintos, ya no es posible más que seguir a los pueblos a ser su víctima.”

Los demagogos son políticos muy peligrosos, porque son traidores vestidos con sayas de redentores, lobos con piel de oveja que utilizan al pueblo como instrumento para llegar al poder y conservarlo, valiéndose del engaño, de la farsa, de la mentira –convirtiendo todo ello en halago.

Los pueblos no son membretes, ni camarillas, privilegiadas. Todavía, en política, tenemos familias reinantes, dinastías cardenalicias que se han pasado el poder de miembro a miembro y hasta quieren hacer sistemas hereditarios: ya tenemos encima a los juniores disfrazando los signos cacicales con los profanados nombres históricos.

Sobre algunos jefes revolucionarios indicaba: …todos querían ser generales de división, gobernadores, incluso presidentes de la República. Y luego del triunfo de la Revolución, vinieron el manejo de los créditos a los campesinos en forma injusta, la usura, el coyotaje, todo revuelto, el control sindical cierra las puertas a los capaces porque no son sindicalizados, y no hay poder que los haga ser recibidos en los sindicatos (cláusulas a favor de parientes y descendientes de los sindicalizados). Se hacen aristocracias del salario, se vuelven inamovibles los ineptos y los irresponsables… y todo porque hay que fortalecer la comparsa de la democracia dirigida.

Estos pensamientos parecen tener una gran actualidad en el momento que estamos viviendo, pues las estructuras sindicales siguen teniendo las mismas anomalías de aquellos años, a casi un siglo de distancia.

Desde otra perspectiva se pueden advertir en esta novela algunos aspectos imprescindibles en trabajos de esta índole, tales como la fluidez, la ambientación, el desarrollo de una trama interesante, con anécdotas que tengan concatenación a fin de integrar un todo y transmitir un mensaje.

Se trata, pues, de una novela realista, influenciada por el costumbrismo, consecuencia del romanticismo decimonónico. Tiene, además, cierto grado de humorismo, pero no eso que se conoce como chiste o payasada, el cual alcanza su éxito en la carcajada. Es algo muy diferente a la comicidad vulgar.

El escritor W. Fernández Florez (sic) afirma a este respecto: “El literato lleva un acento especial, un origen común e inevitable, que es el de estar inspiradas más o menos secretamente por un descontento. Los hombres que utilizan su imaginación en crear la fábula de un poema o de una novela son, antes que nada, seres humanos descontentos. Buscan con su fantasía lo que la realidad les niega y se forjan un mundo a su antojo, abstrayéndose en él de tal manera, que les pareced más verdadero que el real. Crean seres tristes, para vengarse de sus propias tristezas, suponen amores dichosos, para indemnizarse de los que no tienen… si el protagonista de una novela descubre una mina de oro, es que el autor ansía la riqueza; si idea el tipo de un bandido triunfante, es que dentro va su ansia de castigar el poder ajeno… el descontento del novelista es estático, sonador y por eso; un descontento incapaz de acción, o por escepticismo o por impotencia.”

“El humor se coge del brazo de la vida, con una sonrisa un poco melancólica, quizá porque no confía mucho en convencerla. Se coge del brazo de la vida y se esfuerza en llevarla ante un espejo cóncavo o convexo, en el que las más solemnes actitudes se deforman, hasta un límite que no pueden conservar su seriedad. El humor no ignora que la seriedad es el único puntal que sostiene muchas mentiras, y juega a ser travieso. Mira y hace mirar más allá de la superficie, rompe las cáscaras magníficas, que sabe huecas; da un tirón a la buena capa que cubre el traje malo. Nos representa lo que hay de desaforado y de incongruente en nuestras acciones.”

Por lo expuesto, se concluye que la lectura del libro “La banca Roja” es una magnífica ocasión para adquirir un buen caudal de conocimientos, además de la delectación que produce.

 

 

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