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La inmortalidad del alma

1 de noviembre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

El alma es una  idea constante en la filosofía de todos los tiempos. Para Anaxímenes y Diógenes, es el aire, ya que para ellos constituye el principio de la realidad. Los pitagóricos consideran el alma como armonía de la naturaleza que se expresa en números. Heráclito ve el alma como equivalente al fuego. En cambio, Demócrito la considera como una entidad constituida por átomos esféricos que pueden penetrar en el cuerpo para darle movimiento. Aristóteles la conceptúa como una sustancia, a la que define como “el acto final o entelequia y primero de un cuerpo que tiene la vida en potencia.” Sin embargo, expresa que no puede existir ni con cuerpo ni sin cuerpo. Epicuro dice que el alma está constituida por pequeñas partículas sutiles difusas en todo el cuerpo, como un soplo cálido. Le atribuye la capacidad causal de las sensaciones; por lo tanto, cuando se separa del cuerpo no tiene ya sensibilidad. Los estoicos sostienen que es un soplo congénito en los seres humanos. Puede ser inmortal como el alma del mundo.  Para Tertuliano es un soplo de Dios y, por tanto, “generada, corpórea e inmortal.” Platino pone énfasis en las características divinas  del alma que son: unidad, indivisibilidad e incorruptibilidad. Los neoplatónicos y Padres de la Iglesia oriental reconocen la inmaterialidad y la unidad del alma. Guillermo de Occam la entiende como “una forma inmaterial e incorruptible que está en su totalidad en la totalidad del cuerpo y la totalidad en cada parte, y no es posible conocer con evidencia, ni por la razón ni por la experiencia, que semejante alma sea parte del cuerpo y que el entendimiento sea propio de tal sustancia.” El materialismo propuesto por  Telesio y Hobbes no negó la sustancialidad del alma. Hobbes niega el aforismo de Descartes: Cogito ergo summ (Pienso, luego existo).  Para Leibniz “el alma es una sustancia espiritual, una mónada que, como un espejo, representa en sí la totalidad del mundo, pero en sí misma es simple, o sea, sin parte e indivisible.” Kant hace referencia a la proposición empírica “Yo pienso”, que contiene en sí la proposición “Yo existo”. Hegel habla del alma como el primer grado del desarrollo del Espíritu, que es la conciencia en su grado más alto, esto es, conciencia de sí  y la configura como “Espíritu subjetivo”. El propio Hegel afirma: “El alma no es inmaterial solamente por sí, sino que es la inmaterialidad universal de la naturaleza, su simple vida ideal. Es la sustancia y, por lo tanto, el fundamento absoluto de toda particularidad o individualización del espíritu, de modo que el espíritu tiene en el alma la totalidad de la materia de su determinación y el alma continúa siendo la idealidad idéntica y predominante de esta. Pero en tal determinación todavía abstracta, el alma es solamente el sueño del espíritu, el nous positivo de Aristóteles, que bajo el aspecto de la posibilidad, es todo.” El positivismo redujo el alma a la conciencia, continuando la doctrina del empirismo clásico, especialmente el de Hume. Para los positivistas el vocablo alma es impropio y frecuentemente lo sustituyen por el de espíritu o mente. Cuando se menciona el espíritu se alude a lo que vivifica el alma y la materia, de la cual se sirve. En la filosofía moderna se entiende el alma como un ente racional, es decir, el entendimiento.

A través de la evolución de la humanidad, encontramos que en todos los pueblos ha existido como arquetipo cierta idea de la muerte, conforme a diversas interpretaciones, determinadas por el nivel cultural, entendiendo la cultura en función del acervo de significados y valores que dan a sus prácticas las comunidades históricamente dadas (concepto antropológico). En esta idea caben toda clase de bienes materiales, espirituales, simbólicos, instituciones, costumbres, interrelaciones, etc.

Algunos hombres de ciencia han tratado de explorar los orígenes de la religión y, de acuerdo a sus conclusiones, el tránsito del ser humano por la faz de la tierra y la supuesta existencia de una vida ultraterrena, es decir, la inmortalidad del alma constituye una de las cuestiones fundamentales que han motivado en la mentalidad de los pueblos concepciones cosmogónicas, mitológicas y religiosas.

Los egipcios atravesaron por cuatro etapas: totemismo, animismo, monoteísmo y politeísmo.  De acuerdo a esta última, tuvieron una adoración especial hacia el Sol (Ra o Re), la Luna (Isis) y su hijo Horus, también existía la triada: Ra (el sol), Nut (el firmamento) y Set o Tyfón (La Tierra).

Los egipcios creían que el alma (el Ka, nombre relativo a la personalidad humana) lograría alcanzar la felicidad en su vida posterior, siempre y cuando se le diera un tratamiento adecuado al cadáver, es decir, preservándolo de la mejor manera posible, porque según sus creencias el alma se desprendía del cuerpo al morir y se convertía en un ave invisible, la cual tarde o temprano volvería a ocupar su antigua morada: el cuerpo humano. Esta es la razón por la que se les embalsamaba, convirtiéndolos en momias, evitando la descomposición del cadáver.

Desde el tercer milenio  a. de C.,  existen algunos indicios  de una de las civilizaciones más antiguas, desarrollada por los acadios y sumerios, que fue el antecedente de la Cultura Caldeo-Asiria, a orillas de los ríos Tigris y Éufrates, donde se encontraron siete tablillas  que han servido de referencia para descubrir las primeras cosmovisiones de estos pueblos.

En la cultura china, se originó en tiempos muy remotos una concepción primitiva animista, orientada al culto a los fenómenos naturales, de donde surgió un politeísmo, cuyo objetivo supremo era lograr el cielo denominado T’ien o Shang. Es tan antiguo el pueblo chino que no se tiene una idea precisa de sus primeras manifestaciones de carácter cultural. Muy probablemente, por su especial tendencia al culto a sus antepasados, se puede pensar que también la religión haya incluido dicho culto como parte esencial de sus ritos. Existen algunas leyendas que le dan la máxima potestad a un dios, creador de todo lo que existe, P’anKu. En el curso de las diferentes dinastías ( Shang,  Zhou,  Quin,  Han), hubo diversas creencias, pero las principales religiones ya en calidad de tales fueron el confucianismo, el taoísmo y el budismo.

Desde la antigüedad, en la India, la religión más importante ha sido el Brahmanismo, vocablo que se deriva del nombre de su primer Dios (Brahma que fue el creador), porque existen otros dos: Vishnu (el constructor) y Shiva (el destructor). Su doctrina está contenida en Los Vedas, libros sagrados de esta religión. La muerte para ellos es algo constante, permanente en la vida del hombre, pero al propio tiempo se la considera inexistente, debido a que el cosmos en su dinámica se construye y destruye de manera continua. En cuanto a la vida se dan muchos nacimientos y renacimientos de las almas. Se acepta la idea de la reencarnación como un ciclo interminable, por lo que el ser humano vive y renace según sus actos en la vida; a este proceso se le conoce con el nombre de Karma.

Los griegos concebían el óbito como un fenómeno natural y creían que los muertos seguían viviendo dentro de sus tumbas con las mismas necesidades de quienes aún conservaban la vida y, por consiguiente, debían satisfacerlas como cualquier ser vivo. Desde el momento de fallecer, el cuerpo era lavado y perfumado para que no oliera mal, lo vestían con sus mejores prendas. Después de la noche de velación, el muerto era llevado en hombros por sus familiares o amigos para su  cremación o entierro. Sobre la tumba era colocada una estela, una columna y, si se trataba de algún hombre rico, le construían  un monumento en forma de templo. Se grababan inscripciones que los identificaran. Los dolientes lloraban, inclusive llegaban a tirarse al piso, se rasguñaban, golpeaban   con sus cabezas las paredes, se desgarraban la ropa al sentir  la impotencia frente a la muerte de sus seres queridos.

El dios de la muerte era Hades, quien por ser el menor entre todas las deidades, le correspondió gobernar en el mundo del más allá, el cual estaba dividido en dos grandes regiones: Elíseo y Tártaro. Creían que bajo la tierra había  un lugar profundo, amplio y muy oscuro.  Desde la llegada del muerto, tenía que cruzar la laguna de Aquerusia; motivo por el cual, el alma del difunto era conducida en una barca por un anciano de nombre Caronte. Antes de llegar a su destino final, el fallecido era enjuiciado tres veces. Después de esto se emitía un veredicto o sentencia y el alma iba al Elíseo si pertenecía a una persona buena; en caso contrario, tenía como morada el Tártaro.

Para los griegos era un deber moral sepultar a los difuntos, pues si no recibían sepultura, viajarían por la eternidad y causarían serios problemas a sus parientes  por no haber cumplido con esa obligación. Para ellos, los muertos eran cierto tipo de divinidades, a quienes debían rendir homenajes. No sepultaban a los delincuentes, ladrones de templos o los suicidas, para que recibieran el justo castigo de viajar por la eternidad como almas en pena.

La cultura romana recibió una gran influencia de los griegos, a través de lo que se conoce como helenismo, esto es el predominio de la cultura griega sobre muchos pueblos. Tanta fue esa supremacía que los dioses romanos tienen sus equivalentes entre las divinidades griegas. Los romanos profesaban una religión politeísta. Sus dioses principales eran Júpiter, Marte y Quirino. A los que se les agregaron Saturno, Tellus, Juno, Minerva, Diana, Febo, Febe, Mercurio, Vulcano, Venus, Cupido, Las Parcas, Neptuno, Vesta, Ceres, Baco, Esculapio, Plutón, Proserpina, Las Furias, Hércules y Las Gracias. Antes de que Roma conquistara Grecia en el siglo III a. de C., los habitantes de la península itálica se identificaron con la idea de “numen” o fuerza divina que carecía de representación humana y no se levantaron templos en su honor. Más tarde,  reconocieron a las fuerzas de la naturaleza como divinidades que podían ayudarlos, entre ellos el Sol, la Tierra, ciertos animales y algunos árboles. También honraban a  los muertos. Existían grandes prejuicios, como  la creencia  de que, por ningún motivo, se debía entrar en contacto con los difuntos para no recibir alguna maldición que perjudicara a los seres humanos vivos. Se consideraba un mandato religioso cargar los cuerpos exánimes hasta su sepultura, pues de no hacerlo así el alma del difunto era condenada a vagar por toda la eternidad sin tener descanso alguno. Las almas que andaban penando constituían un serio riesgo para los vivos, ya que les podían causar graves daños en sus bienes y sus personas. La deidad de la muerte era Plutón. Aquí se originó el novenarium, que pasó a muchos países a través del cristianismo. Ellos veneraban a sus muertos, y les llamaban “manes”,  creían en la existencia de otra vida después de la muerte.

En la filosofía de todas las épocas, existen dos posiciones antagónicas: El idealismo  y el materialismo dialéctico. Para los efectos de este artículo se simplifican en grado extremo, ya que no se pretende hacer una exposición exhaustiva del tema.

EL primero sostiene que la realidad es resultado de una idea y el segundo asegura que es la materia la causa primera de todo cuanto existe. Para los idealistas subjetivos la realidad en sí es incognoscible, pero la reflexión permite al hombre alcanzar el conocimiento.  En cambio, los idealistas objetivos  afirman que los únicos objetos que se pueden conocer son aquellos que existen en el pensamiento del individuo. También se pueden distinguir dos posiciones dentro del idealismo: el objeto que puede conocerse por medio de los sentidos y el noúmeno, es decir, los objetos en sí mismos, con sus propias características. La realidad está constituida por la conciencia humana que percibe la realidad y por la realidad misma. Hay aquí una diferenciación entre lo subjetivo y lo objetivo. Es diferente al realismo. Ambos conciben el origen del conocimiento de manera diversa: el realismo asevera que se da en las cosas, y el idealismo lo define como resultado de la actividad humana para elaborar los conceptos.

El materialismo dialéctico considera que no existe más realidad que la materia; pero la materia no es una realidad inerte, sino dinámica, que posee la capacidad de su propio movimiento, a resultas de la lucha de los elementos contrarios, que se expresa en el movimiento dialéctico. Las ideas de Hegel sirvieron de base al materialismo dialéctico. Presentaba la dinámica del pensamiento científico a partir de las siguientes relaciones causales: una hipótesis da lugar a una antítesis y de ambas resulta la síntesis, que a la vez representa una nueva hipótesis, la cual produce otra antítesis y posteriormente de ahí se deriva una síntesis. Así hasta el infinito. Esa misma secuencia la sugiere el materialismo dialéctico, pero con otras denominaciones: afirmación que da origen a una negación, y de esta última se desprende una negación de la negación.

En la dialéctica, negar no equivale a declarar falsa o inexistente unobjeto. Es preciso superar lo negado, pues no basta con haber negado una cosa.

La idea de Dios tan presente en la visión del mundo y de la vida ha estado presente en la psicología del hombre.  Sin embargo, en la filosofía hay dos tendencias: la primera consiste en aceptarla como dogma de fe o mediante algunos razonamientos demostrativos; la segunda niega la existencia de Dios.

El gran filósofo, matemático y teólogo Blas Pascal expone un razonamiento muy simple para que la comprendan todas las personas, el cual plantea cuatro escenarios: “Puedes creer en Dios; si existe, entonces irás al cielo. Puedes creer en Dios; si no existe, entonces no ganarás nada. Puedes no creer en Dios; si no existe, entonces tampoco ganarás nada. Puedes no creer en Dios; si existe, entonces no irás al cielo.”

Sea como fuere, nuestro pueblo ha resuelto esta cuestión de manera muy sabia al expresar: “Solo el que se ha muerto sabe lo que es la eternidad.”

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