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Martirio del gran Morelos

20 de diciembre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

El Generalísimo Morelos tenía una idea muy clara de la nación que debía forjar. Así se confirmó en “El Decreto Constitucional para la libertad de la América Mexicana”, mejor conocido como “Constitución de Apatzingán”. Sobre este documento, el ilustre liberal doctor José María Luis Mora dice: “Examínese imparcialmente y se hallarán consignados en él todos los principios característicos del sistema liberal, la soberanía del pueblo, la división de poderes, las atribuciones propias de cada uno de ellos, la libertad de prensa, las obligaciones mutuas entre pueblo y gobierno, los derechos del hombre libre y los medios  de defensa que se deben proporcionar al delincuente.” El distinguido jurista, doctor Mario de la Cueva, afirma: “Creemos que en la historia nacional no existe otro conjunto de principios sobre la idea de la soberanía del pueblo y sus efectos, que pueda compararse con las reglas recogidas en los artículos 2 al 12 del Decreto; su armonía y su belleza resultan incomparables… En estos preceptos, como en los anteriores documentos de Morelos y en la primera Acta de Independencia, se advierte el amor infinito a la libertad… del pueblo y la decisión férrea para destruir las cadenas que había impuesto una monarquía despótica, que carecía de justificación ante la razón y la conciencia, y de sentido histórico.”

Los enciclopedistas, principalmente Rousseau, Voltaire y Montesquieu, crearon una nueva concepción de los derechos del hombre. Estos eminentes pensadores representan la ideología liberal que impulsó a la Revolución Francesa.  Es indiscutible la influencia del liberalismo en la formación intelectual de los insurgentes mexicanos de las primeras décadas del siglo XIX. Las ideas de Juan Jacobo Rousseautuvieron una repercusión muy significativa, al sostener en su obra “El Contrato Social”, la igualdad política de todos los hombres, la instauración de la democracia directiva y el cambio radical de la sociedad, o sea la revolución. El gobierno es -para Rousseau-, un simple agente o instrumento del pueblo, la soberanía es el patrimonio de todo el pueblo, y la ley, expresión directa de la voluntad general.  Según el constitucionalista mexicano Mario de la Cueva, “la revolución de 1789, es la primera herida mortal que recibió el absolutismo y se convirtió en canto de los hombres y de los pueblos en favor de la libertad, la igualdad y la fraternidad humanas”. En efecto, la Revolución Francesa sacudió las conciencias de los hombres de México, conduciéndolos al movimiento emancipador de 1810. Fueron antecedentes de este movimiento: la Independencia de las trece colonias de Norteamérica, la Constitución de Massachusetts, el movimiento político y filosófico de Inglaterra, el liberalismo tradicional de España, la Constitución de Cádiz, etc. Tendencias políticas. Las corrientes políticas que privaban en la Nueva España, se manifestaron bien definidas. Esquemáticamente, el Lic. Remolina Roqueñi, los presenta en el siguiente cuadro sinóptico: Absolutistas: Francisco Javier Borbón, Agustín de Rivero, La Inquisición.  Tradicionalistas: Verdad, Azcárate, Villaurrutia, Abad y Queipo, Talamantes. Democrático-Liberal. a) Moderados: Fray Servando Teresa de Mier, Hidalgo, Rayón, Bustamante, Coss. b) Radicales: Morelos, Aldrete y Soria, Sotero Castañeda, Herrera Argandar, Quintana Roo. El Congreso de Anáhuac. Después de la  traición y el holocausto de Las Norias de Baján, la lucha parecía haber concluido. Pero Morelos ya se encontraba realizando una intensa campaña militar en el sur. Por otra parte, Rayón se dio a la tarea de organizar la “Suprema Junta Gubernativa de América”, en la ciudad de Zitácuaro, el 19 de agosto de 1811. Esta junta quedó integrada por Rayón, Liceaga y Verduzco, quienes no tardaron en tener serias discrepancias.

Existe una amplia correspondencia epistolar entre el caudillo Morelos e Ignacio López Rayón, a través de la cual el General Morelos manifiesta sus reflexiones sobre los “Puntos Constitucionales de Rayón”. Entre otras consideraciones, “los obliga enérgicamente a desechar de una vez por todas la idea de llamar a Fernando VII al territorio que pretendía independizarse, y dejar de manifestarlo en el léxico político revolucionario”.

El 28 de junio de 1813, el Generalísimo Morelos convocó a un congreso que tendría lugar en la población de Chilpancingo, a la que previamente le otorgó la categoría de ciudad y capital de una nueva provincia, a la que llamó Tecpan. El objetivo del congreso era elaborar una constitución que normara la vida de la nación. Los diputados al Congreso fueron los señores: Ignacio López Rayón, diputado por la provincia de Nueva Galicia; José Sixto Verduzco, diputado por la provincia de Michoacán; José María Liceaga, diputado por la provincia de Guanajuato; Andrés Quintana Roo, diputado por la provincia de Puebla; Carlos María Bustamante, diputado por la provincia de México; José María de Cos, diputado por la provincia de Zacatecas; Cornelio Ortiz Zárate, diputado por la provincia de Tlaxcala; José María Murguía, diputado por la provincia de Oaxaca; José Manuel de Herrera, diputado por la provincia de Técpan. Como secretarios los señores Carlos Henríquez del Castillo y Cornelio Ortiz Zárate.

El 13 de septiembre de 1813, se inauguró el Congreso en el templo parroquial de Chilpancingo. Al día siguiente el señor Morelos leyó un manuscrito intitulado “Sentimientos de la Nación”. Se declaró “… que la América era libre e independiente de España y de toda otra nación, gobierno o monarquía, y que así se sancionase al mundo las razones”. Posteriormente se redactó el acta de Independencia.

Era criterio generalizado entre los insurgentes que el Congreso de Chilpancingo había sido un fracaso, puesto que no había surgido ninguna constitución. De ahí la necesidad de continuar con ese propósito.

El Congreso de Anáhuac tiene dos etapas: la primera se inicia en Chilpancingo y termina en Tlacotepec, y la segunda se inicia en Uruapan, continúa en Apatzingán, y termina con la disolución del Congreso en Tehuacán.

“El Decreto Constitucional para la Libertad de América Mexicana”, fue promulgado en la ciudad de Apatzingán, el día 22 de octubre de 1814. Contiene normas avanzadas, inspiradas en fuentes nacionales y extranjeras.

Entre las nacionales destacan: “Los Elementos Constitucionales”, Rayón; los proyectos de Constitución de Vicente Santa María y de Bustamante; “Los Sentimientos de la Nación” de Morelos y el “Reglamento”, elaborado también por el señor Morelos.

Las fuentes extranjeras: las Constituciones Francesas de 1791, 1793 y 1795, la Constitución de Massachusetts de 1780, la Constitución de Cádiz de 1812, y las Leyes de Indias.

Con la Constitución de Apatzingán no solamente se funda formalmente el primer Estado Mexicano, sino que se afirma la nacionalidad en un acto de patriotismo incomparable.

Se veía próxima la emancipación del pueblo mexicano. Por eso, Félix María Calleja del Rey sentía la necesidad inaplazable de capturar a Morelos, pues la alborada de la patria nueva como gobierno con instituciones era un hecho. “La Imprenta Nacional” de Apatzingán que editó El Decreto, también hizo público un calendario hacia la navidad de 1814, el cual contiene al final dos octavas: “Amor sagrado a la Patria mía,/ adorable virtud desconocida/ del hombre malo, cuya tiranía,/quiere apagar tu llama ya encendida./ Extiende tu eficacia: alumbre el día/ en que la desilusión se vea extinguida./¡Oh, amada libertad!, triunfe la gloria, concédenos muy pronto la victoria.”

El año de 1815 fue fatídico para la lucha insurgente, pues el ejército realista golpeaba sin cesar. No obstante, el día 7 de marzo se instaló el Supremo Tribunal de Justicia en la población de Ario, en el actual Estado de Michoacán. Dicho Tribunal estuvo integrado por don Mariano Sánchez Arriola, como presidente, José María Ponce de León, Antonio Castro y Mariano Tercero, como ministros, y Juan N. Marroquín, secretario. El mes de mayo, Agustín Iturbide trató de sorprender a los insurgentes, quienes se pusieron a salvo oportunamente, estableciéndose en Puruarán, lugar en el que don José María Morelos, en una actitud, muy digna expidió un documento (conocido como Manifiesto de Puruarán) a través del cual se buscaba el reconocimiento del gobierno independiente y, por lo tanto, del nuevo Estado Mexicano en el concierto de las naciones, particularmente de los Estados Unidos de Norteamérica, el texto expresa: “El Supremo Congreso Mexicano a todas las naciones”, fechado el 28 de junio y autorizado por el Congreso. Más adelante señala: “¡Naciones ilustres que pobláis el globo dignamente, porque con vuestras virtudes filantrópicas habéis acertado a llenar los fines de la sociedad y de la institución de los gobiernos: llevad a bien que la América Mexicana se atreva a ocupar el último lugar de vuestro sublime rango y que, guiada por vuestra sabiduría y vuestros ejemplos, llegue a merecer los timbres de la libertad!”

Por proteger al Congreso, don José María Morelos y Pavón fue hecho prisionero en Tesmacala por un grupo de soldados realistas el día 5 de noviembre de 1815, encabezado por Matías Carranco, un oscuro soldado que había desertado de las fuerzas insurgentes. Al verlo, Morelos le comentó: -Señor Carranco, parece que nos conocemos. Este individuo lo llevó ante su jefe, el coronel Manuel de la Concha. Ocho días después, fue trasladado con todas las precauciones por su fama de militar invencible a Tepecoacuilco y el 16 de noviembre, camino a la capital del Virreinato, lo llevan a Cuernavaca, donde permanece preso en el Castillo de Cortés. Enseguida, los soldados realistas llegan con el señor Morelos a Tlalpan el 21 de ese mismo mes, donde pasan una noche. Al día siguiente, arriban con el reo a la ciudad de México y lo internan en los calabozos de la Inquisición. Se le instruyen tres procesos: el de las jurisdicciones unidas (poder secular eclesiástico), el de la inquisición y el llamado de la capitanía general. Los tres con la finalidad de obtener una amplia y detallada información sobre las campañas del héroe. El 27 de noviembre, la Inquisición lo degrada del cargo de sacerdote. Al otro día, el Oidor Bataller pide la pena de muerte para el señor Morelos y la confiscación de todos sus bienes. Día 20 de diciembre, el virrey Calleja condena al caudillo Morelos a sufrir la pena capital. El jueves 21 de diciembre, el coronel Concha se presenta ante Morelos para informarle la sentencia, no sin antes pedirle que se arrodille. El día 22, salieron de madrugada hacia el norte. Casi en ningún momento le quitaron los grillos. Al pasar por La Villa de Guadalupe, Morelos se hincó ante la virgen. Cerca del Pocito tomaron un desayuno. Continuaron hasta Ecatepec, al patio del antiguo caserón de los virreyes, lugar de la ejecución. Concha llamó a un sacerdote para que se preparara el entierro, después conversó con el señor Morelos sobre la construcción de la iglesia y lo yermo de aquel lugar, “donde yo nací fue el jardín de la Nueva España”, comentó Morelos. En un cuarto donde se guardaba la paja, le dieron un plato de caldo con garbanzos. Se fumó un puro. Se confesó con el padre Salazar. Tocaron los tambores. Dio un abrazo a Concha, sacó su reloj y vio la hora: las 3 de la tarde. Arrastrando sus cadenas y con las manos atadas, llegó al sitio donde le indicaron que se hincara. Pronunció estas palabras postreras: “Señor, si he obrado bien, tú lo sabes; y si mal, yo me acojo a tu infinita misericordia”. Dos descargas de cuatro cada una y allí quedó tendido el cuerpo exánime de un hombre íntegro, valiente y de una gran inteligencia visionaria que le permitió comprender la ingente necesidad de crear una Patria libre para todos los mexicanos.

Unos días antes de su martirio había escrito a su hijo Juan Nepomuceno la siguiente carta que lo retrata como un hombre integérrimo ante la adversidad: “Tepecoacuilco, noviembre 13, 1815. Mi querido hijo Juan: Tal vez en los momentos que ésta escribo, muy distante estarás de mi muerte próxima. El día 5 de este mes de los muertos he sido tomado prisionero por los gachupines y marcho para ser juzgado por el caribe de Calleja. Morir es nada, cuando por la patria se muere, y yo he cumplido como debo con mi conciencia y como americano. Dios salve a mi patria, cuya esperanza va conmigo a la tumba.

“Sálvate tú y espero serás de los que contribuyan con los que quedan aún a terminar la obra que el inmortal Hidalgo comenzó. No me resta otra cosa que encargarte que no olvides que soy sacrificado por tan santa causa y que vengarás a los muertos.

“El mismo Carranco te entregará, pues así me lo ofrece, lo que contiene el pequeño inventario, encargándote entregues la navaja y des un abrazo a mi buen amigo don Rafael Valdovinos. Tú recibe mi bendición y perdona la infamia de Carrasco. Tu padre, José María Morelos. Como postdata agregó: Te encargo que la Virgen del Rosario la devuelvas a la Parroquia de Carácuaro, cuya imagen ha sido mi compañera. A Dios.”

Al inaugurarse la estatua ecuestre del héroe en la ciudad de Morelia el 3 de mayo de 1913, el escritor José Rubén Romero leyó un hermoso poema intitulado “Canto a Morelos”, del cual se extrae el siguiente fragmento: “¿Y por qué revestida/ nuestra Patria querida/ con un manto de rosas,/ frescas, puras, sedosas,/ se levanta en un himno que estremece la tierra/ y que notas encierra/ de espontánea alegría/ que suben por el éter en épica teoría?/ De los fastos gloriosos recorramos las hojas/ y leeremos, señores, que en sus viejas congojas,/en sus penas de esclava y en sus horas de duelos/ tuvo un hijo: MORELOS, / que nació para amarla/que murió por salvarla/de las manos sangrientas del sangriento enemigo,/ que le dio por castigo/ de haber sido valiente/ una palma en la Gloria que le nimba la frente”.

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