IMPRESO | RADIO | TELEVISIÓN

Morelia, Michoacán a 28 de mayo de 2017
Morelia
Compra
Venta
USD

17.60

19.10

Morelia, ciudad vista por grandes escritores

13 de mayo, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

MIGUEL ÁNGEL MARTÍNEZ RUIZ

Una de las cronistas más importantes sobre la vida mexicana en el siglo XIX fue la señora Frances ErskineInglis o Francisca ErskineInglis de Calderón de la Barca (Edimburgo, Escocia, 1804 – Madrid, España, 6 de febrero de 1882), conocida como la Marquesa de Calderón de la Barca, quien contrajo nupcias con el diplomático Ángel Calderón de la Barca, quien desempeñó el cargo de ministro plenipotenciario de España en México, después de haberse firmado en Madrid el Tratado de  Paz y Amistad el 28 de diciembre de 1836,  mediante el cual  se reconoció la independencia la nación mexicana. De 1939 a 1842 la pareja residió en México, dos años que le permitieron a la señora De la Barca describir el paisaje, los pueblos, las ciudades y las personas, así como sus costumbres, fiestas, tradiciones, etc. En 1843 reunió sus apuntes y cartas para editarlos como libro, al cual le dio por título Life in Mexico during a residence of two years in that country, (La vida en México durante una residencia de dos años en ese país). Antes de su llegada dice sobre el atardecer de Morelia lo siguiente: “Morelia es famosa por la pureza de su atmósfera y la excesiva belleza de su cielo; esa tarde no desdijo de su reputación. Hacia la puesta del sol, todo el horizonte occidental estaba cubierto con miradas de nubecillas de oro y morado, que en variedad de fantásticas formas flotaban sobre el azul brillante del firmamento; el morado se convirtió en púrpura, luego se tornó sonrosado, cual si tuviese vergüenza, y, por último, brilló con todo su esplendor carmesí. El azul del cielo fue poniéndose verde, con aquel tinte peculiar de las puestas de sol de Italia. El astro parecía un globo de viviente llama. Gradualmente se hundió en una hoguera de oro y de carmesí, mientras que el horizonte seguía iluminado como las llamas de un volcán… Luego su brillante cortejo de nubes, después de flamear por corto tiempo con el esplendor del sol desaparecido, fue fundiéndose gradualmente en todos los colores y matices del arcoíris, desde el rojo profundo y el color de rosa, y el violeta pálido y el azul suave, envuelto todo en vapor argentífero, hasta formar una enorme masa de leve tinte gris, fue extendiéndose sobre toda la parte occidental del cielo. Pero en ese momento se alzó la luna en medio de una serenidad sin nubes, y a la distancia escuchamos débilmente primero, y luego con mayor claridad, y, luego con toda su sonora armonía que presagiaba la proximidad de una gran población”. Más adelante, agrega: “Hemos pasado unos días muy agradables en esta hermosa ciudad.  Viendo cuanto es digno de ser visto, y admirando, como se merecen, las anchurosas y aireadas calles, sus muy buenas casas, los bellos edificios públicos, pero, de preferencia la Catedral, el Colegio y las  iglesias. Tiene asimismo una linda plaza con espaciosos portales que ocupan tres de sus costados, mientras que al oriente se levanta la Catedral. Hay en la plaza un mercado que se ve muy concurrido y con gran surtido de frutas y legumbres. Vive en esta ciudad, según dicen, una población de un poco más de quince mil almas, mas quiero creer que debe de ser mucho mayor. La vida y los alquileres de las casas son tan baratos, que una familia que apenas podría subsistir en México, puede, con los mismos medios, gozar de toda clase de comodidades en Valladolid (alusión a Morelia).

Y continúa: “El clima es delicioso, y el aspecto de la ciudad ofrece un no sé qué tan alegre que contrasta en mucho con el de Toluca. […] Fuimos una de estas tardes a la Alameda, que es una ancha calzada muy recta, empedrada con losas muy lisas, sombreada de hermosos árboles y cerrada con un pasamanos de cantería de poca altura… Cruza la Alameda (se refiere a la Calzada Fray Antonio de San Miguel o Calzada de Guadalupe o San Diego) un hermoso acueducto de  sólidos sillares, con gráciles y elegantes arcos. […] Algunas casas son tan hermosas como cualquiera de las de México… […] Acompañados por varios de nuestros amigos, entre ellos uno de los canónigos de la Catedral, vistamos este espléndido edificio el segundo día de nuestra llegada. Su riqueza es todavía maravillosa, no obstante que durante las guerras civiles la han desposeído de  unos treinta y dos marcos de plata. Deslumbra el oro y la plata de su altar mayor; la balaustrada que le une con el coro y las columnas que la sostienen, son de plata pura; se cubren de plata los dos púlpitos y sus escaleras y si todos los ornamentos, que se conservan muy pulcros, son numerosos y riquísimos, no parecen ni recargados ni de oropel en su conjunto, por el buen gusto en que disponen de ellos. El coro mismo es de una extraordinaria belleza, lo que es también su reja de madera tallada, y una de las puertas es de plata maciza, mientras que otra es de un primor de escultura en madera. La enorme pila bautismal es toda de plata, y de plata son las soberbias lámparas. Admiramos, en particular, algunas bellas pinturas, casi en su mayoría de Cabrera, y nos llamó la atención la expresión excelsa de la Virgen: mezcla de amor maternal y de temor ante la divinidad presentada en el Hijo. Se dice que cuatro de estas pinturas fueron enviadas aquí por Felipe II. Son de un tamaño colosal, y pintadas de mano maestra; pero víctimas de la incuria o de la falta de aprecio están colocadas en lugares en donde la luz no las favorece.”

                El escritor norteamericano Christian Reid expresó en su libro “El cuadro de las cruces”: “Sería difícil  en todo este bello México, quién sabe, tal vez en el mundo entero, una ciudad más pintorescamente bella que Morelia.”

                La escritora María Robinson Wright, también de origen estadounidense, en su libro “México Pintoresco”, afirma: “Morelia es siempre admirada por los extranjeros, por sus calles amplias y ventiladas, bonitas casas y general belleza. Hay un mercado concurrido que siempre es interesante. El clima es delicioso. La alameda o calzada es ancha y enlozada, sembrada por bonitos y viejos árboles, circundada por un pasamano de piedra, formando bancas en él. Morelia es una de las ciudades más bonitas de todo México, y las mujeres gozan de esa misma reputación por su hermosura. San Pedro (El actual Bosque Cuauhtémoc), la calzada de Guadalupe y el Acueducto, son objeto de atracción; pero la  hospitalidad de la gente, la hermosura de las mujeres, la música y las flores, todo contribuye a hacer muy interesante al viajero una visita.”

                El poeta José Juan Tablada, introductor de los haikus en la poesía mexicana, con gran emoción describió a la ciudad: “Por su antañona belleza, por la atmósfera de leyenda que baña sus piedras coloniales, y hasta por su esquivo recogimiento hecho como de sigilo claustral y  de persistente romanticismo, siempre tuve a la antigua Valladolid como una de las ciudades mexicanas más interesantes y atrayentes.

                “La catedral, el Colegio de San Nicolás y el acueducto, viéronme, peregrino absorto, ante sus torres, muros y sillares, mientras a la sombra de ellos  imaginaba yo vislumbrar a don Vasco de Quiroga, A Fray Margil de Jesús, al Cura Morelos, a Ocampo.

                “Y aunque parezca profano, la simple visión, el solo nombre de los conventos monjiles, me avivaba el arregosto por los famosos dulces y conservas de esencias frutales, máximo prestigio de los claustros vallisoletanos y hasta la fecha galanía de Morelia.

                “Dulces que estimulan el recuerdo con perfumada miel, “ates” epónimos…. más este último adjetivo me trae a la mente ciertos deliciosos versos de Alfonso Reyes.”

                Algún escritor llegó a exclamar: “Quien toma un trocito de ate después de comer, ya está consagrado moreliano.”

                Don Alfredo Maillefert en su libro “Una historia que contar” creó una estampa de la provincia moreliana al escribir: “Morelia… Ciudad de vida lenta, casi arcaica, aunque con alumbrado eléctrico, que tiene en el centro una catedral de estilo barroco, muy esbelta y un par de plazas con árboles grandes: ciudad sin fábricas y de escaso comercio, con calles poco transitadas, silenciosas, se oye de cuando en cuando el ruido de un  carretón o de un coche; el grito vago de un nevero… ¡la nieve!… Tal vez se oye, en esta otra calle, el tintineo de una herrería…Acá, en esta otra, hay una escuela… En esta otra un carbonero que va con dos burros ¡boon!… En esta otra nadie pasa durante largo rato; los acordes de una banda están llegando en el viento… Allá unos muchachos juegan; es la tarde… el sonar de una campana… la música de un  piano… un vocear de periódico.. Acá una fuente se está llenando sin ruido.”

                Uno de los críticos de arte novohispano, don Manuel Toussaint, afirma: “La primera impresión que causa en el visitante es el de una grandeza inusitada. Todo ha sido hecho en proporciones señoriales, todo ha sido edificado con una bella cantera rosa que da a la ciudad un aspecto de Castilla la Vieja. Monumentos eternos los suyos, hechos para resistir el desgaste callado de los siglos y salir triunfadores de la prueba.”

                “Morelia, edificada sobre una suave colina, cuyas entrañas de roca resisten vigorosamente, parece tender a elevarse en un anhelo de ágil espiritualidad. Sus columnas son ligeras, los arcos de sus galerías nos recuerdan por su gracia y esbeltez, los patios italianos del Renacimiento. La piedra parece haber olvidado su pesantez y trata de elevarse por encima de la tierra. Por eso las torres de sus iglesias buscan las alturas; por eso las fachadas de sus templos conventuales se elevan a manera de piñón en una forma característica y peculiar de Morelia; por eso la catedral, situada en la parte más alta de la colina, erige los dos centinelas de sus torres barrocas, cuyos defectos no pueden vencer su afán de ligereza y esbeltez que nos recuerda levemente las torres de la catedral compostelana de España”.

                “El afán modernizador no ha herido los muros originarios de Morelia sino en parte, sin dañar sensiblemente el carácter genuino de la ciudad. Sus hijos y sus gobernantes deben tener en cuenta que el impuso del mal llamado progreso, descastará su ciudad para convertirla en una población sin carácter, en que sus monumentos parecen arrinconados como en la bodega de un museo, pero donde se ha perdido todo el ambiente castizo y propio. Como pasa en Puebla, Orizaba y en otros lugares de nuestra Patria”.

                “Bien está el progreso, bien las construcciones modernas, afines a nuestra época, pero en su sitio, sin destruir lo existente; el verdadero progreso no puede ignorar el valor del pasado ni menos dejar de aprovecharlo, cuando tal hace solo es ignorancia disfrazada.”

                El culto intelectual, poeta, diplomático y educador Jaime Torres Bodet, gran prosista que poseía un estilo muy propio, dejó consignado su pensamiento sobre nuestra capital: “Morelia es una de las ciudades más bellas de México. Paraíso de la lentitud, de la discreción y el equilibrio, armoniosa en el desarrollo de sus calles y de sus plazas, más preocupada de ser que de parecer, brinda al espectador un ejemplo de sobriedad sin pobreza imaginativa, de austeridad sin arrogancia y de señorío sin adustez.

                “En el ornato de las fachadas de Morelia, el barroco no llegó nunca a la profusión delirante que nos sorprende en diversos sitios de la República. Por otra parte, durante el neoclásico, la severidad influyó –sin duda- en la concepción de los edificios, mas sin privarlos del sentido cordial, indulgente, ameno, que caracteriza al conjunto urbano en cuyo centro se yergue la Catedral.

                “En los ‘ates’ que elaboran los reposteros michoacanos, la acidez del membrillo o de la guayaba no desaparece del todo con el azúcar. Al contrario; acidez y dulzor se funden, sabiamente asociados por la acción. Así, en Morelia, varios estilos del virreinato se mezclan –sin oponerse- y se ligan con tal coherencia que la ciudad da la impresión de haber sido pensada en un solo tiempo. Acentúa esa idea, en el visitante, la igualdad de la piedra rosa que predomina en las estructuras y que, sobre todo al atardecer, es descanso y delicia para los ojos.

                Al referirse a Don Miguel Hidalgo afirma: “Hay tres lugares que nos hablan  de Hidalgo insistentemente; el curato de Dolores, en Guanajuato,  la celda de Chihuahua, en cuya sombra aguardó el caudillo la muerte injusta, y el Colegio de San Nicolás, donde aprendió a distinguir la verdad impuesta –ordenada a menudo por eclesiásticas jerarquías- de la verdad conquistada por uno mismo, en la lucha del hombre frente a su ángel.”

                Tenemos una urbe inconfundible y muy hermosa, pero ¿qué hacemos día tras día por conservarla? Aunque resulte demasiado drástico, es necesario decirlo: ¡Nada! Muchas de sus casas están en ruinas, pronto estarán reducidas a escombros, y obviamente la ciudad dejará de ser Patrimonio Cultural de la Humanidad, para convertirse en un recuerdo para los niños y adolescentes de hoy, que algún día añorarán la ciudad en la que crecieron. Sólo será una reminiscencia perdida irremediablemente.

Comparte la nota

Publica un comentario