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Oratoria y política

6 de septiembre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Durante muchos años una condición sine qua non era que los políticos, desde su etapa estudiantil, tuvieran facilidad de palabra, es decir, capacidad para expresarse en forma oral. Con ese objeto se organizaban certámenes de oratoria en las instituciones educativas, las cuales promovían dichas actividades de carácter local, estatal, nacional e incluso internacional. Un elevado número de funcionarios surgieron de los concursos de oratoria convocados por El Universal, desde 1926. Entre otros, Antonio Carrillo Flores, Adolfo López Mateos, Donato Miranda Fonseca, Luis I. Rodríguez, Francisco Hernández y Hernández, Salvador Azuela, Andrés Serra Rojas, Fernando López Arias, Enrique Ramírez y Ramírez, Rafael Corrales Ayala, Tulio Hernández, Píndaro Urióstegui Miranda, Alfredo Ríos Camarena, Fernando Córdova Lobo y un considerable número que resultaría prolijo mencionar. ¿Por qué estos jóvenes –en su tiempo- optaron por la oratoria? Era la única forma de significarse en las actividades políticas y culturales, pues quienes participaron en la lucha armada de la Revolución Mexicana se habían convertido en los detentadores del poder público.

Sin embargo, después del licenciado Adolfo López Mateos, presidente de México durante el sexenio de 1958 a 1964, los oradores vinieron a jugar un papel secundario, pues ya no se le concedió a la palabra oral la misma importancia. Hubo otros concursos, bajo los auspicios del Instituto Nacional de la Juventud Mexicana y de los partidos políticos, pero los concursos de El Universal no siguieron promoviéndose como ocurrió en las décadas anteriores.

Para ser orador se requería ante todo haber leído algunas obras esenciales de la cultura, pues de lo contrario no se tenía qué decir, además los discursos debían reunir ciertas características para despertar el interés del público y el orador requería de una buena voz, dicción correcta, ademanes apropiados, estar preparado  emocionalmente para transmitir a los oyentes sus estados de ánimo, etc.

Hubo un cambio en la forma de expresión verbal. Cualquiera podía leer un discurso intrascendente, los oradores escasearon y a nadie le interesó cultivar el arte de hablar en público. Los políticos leían textos insulsos, como hasta ahora lo siguen haciendo. Su preparación en este sentido es casi nula  y más aún en el lenguaje escrito que requiere más cultura y disciplina. Por eso, llama la atención que el presidente Peña Nieto sea un buen orador. Se advierte que recibió un curso de oratoria para ejercer este papel con un éxito aceptable. No llega a la excelencia, pero tiene una voz bien impostada, sus ademanes son adecuados, pronuncia cuidadosamente sus palabras y  lo principal: las frases que utiliza han sido cuidadosamente seleccionadas. Todos los días habla en diferentes reuniones programadas con anticipación y destina algún tiempo para desempeñarse como orador, aunque salta a la vista la gran práctica que tiene, pero debe señalarse la importancia de utilizar  ideo-montajes, esto es, párrafos aprendidos de memoria que se pueden adaptar a cualesquiera circunstancias. Él nunca lee, siempre improvisa, aun cuando la improvisación estrictamente hablando no existe, debe haber un antecedente: los conocimientos sobre los grandes problemas nacionales, cuestiones que repasa constantemente y, con base en este dominio, puede pronunciar un discurso a la hora que se le solicite.

Desde antes de que el licenciado Enrique Peña Nieto ingresara a la política, se le sujeto a una preparación minuciosa en la oratoria. Seguramente llevó cursos de fortalecimiento de la voz y pronunciación correcta, para lo cual fue necesario enseñarle a respirar, hacer ejercicios diarios de impostación de la voz, ademanes, control de las emociones, relajamiento para hablar con prestancia, conocimiento psicológico de las reacciones del público, forma de vestir, incluso algún curso de actuación a fin de impresionar gratamente en el ánimo de quienes serían sus futuros seguidores, primero, y después gobernados; no quedaron descartadas clases de canto para saber manejar la modulación de la voz. Todo esto fue muy correcto. Se desenvuelve admirablemente en los foros internacionales, cuando acude a las diferentes ciudades y poblaciones. Habla muy bien. Desafortunadamente, sus consejeros olvidaron un aspecto: la formación cultural. Por lo menos se le debió impartir un curso sobre el desarrollo histórico de México y del mundo, otros de filosofía y literatura. Aunque lo ideal hubiese sido que estuviera versado sobre algunas ciencias fundamentales y, desde luego, en historia del arte, además de aprender las lenguas inglesa y francesa, por  lo menos.

No se trata en este artículo de valorar a la persona, sino su desempeño como el más alto funcionario de la Nación. La verdad es que nuestro presidente no ha estado a la altura de las circunstancias históricas o, como luego dicen, sus asesores no saben aconsejarlo. En otras administraciones se decía: abusan de la buena fe del señor presidente y cometen atracos y conductas ilícitas a sus espaldas. Eso ya nadie se los cree.

Bien está la oratoria y la facilidad para comunicarse con sus interlocutores, su excepcional seguridad para asistir con toda propiedad y corrección a reuniones con la reina de Inglaterra o los presidentes de Francia y los Estados Unidos. Sin embargo, esto no basta, pues primero están sus respuestas ante las ingentes necesidades del pueblo de México.

En su reciente mensaje o informe, como se le quiera llamar, se hizo alarde de lo suntuario, pues con muchos días de antelación se preparó un escenario para tal acontecimiento. Ya no hay informe ante el Congreso de la Unión, ahora los integrantes del congreso o sus representantes acuden a Palacio Nacional para aplaudir y felicitar al señor presidente. Ahí van los principales, los notables: líderes charros, gobernadores, empresarios, diputados, senadores, funcionarios del gabinete ampliado, autoridades eclesiásticas de todos los credos, intelectuales, rectores de universidades, artistas, dirigentes de los partidos, etc., etc. ¿Y el pueblo? El verdadero pueblo mexicano, vestido de ropa casual, campesinos, representantes de las etnias. A esos no se les invita, solo a la gente, bien trajeada, los que no sufren hambre ni frío, los que tienen camionetas o automóviles de marcas, los que huelen a lociones caras, los que van a los restaurantes de Polanco, los ricos. Lo curioso es que ahí conviven con los de las “izquierdas” o farsantes que no saben siquiera qué es eso, ni tienen una definición correcta de sus posiciones ideológicas. A ellos, al igual que a todos los políticos, lo único que les interesa es el dinero, su bienestar personal y el de sus familias. ¿La conciencia de clase? ¿La lucha de clases? ¿La explotación del hombre por el hombre? Eso ya no existe para ellos, es un marxismo dogmático trasnochado, de otra época, y concluyó con la Perestroika. Tampoco existe para los hermanos Castro (Fidel y Raúl), menos para Nicolás Maduro y Evo Morales.    Este es tema de otra reflexión. Por ahora, es necesario referirnos al discurso de nuestro primer mandatario. Inició hablando de dos temas que nos dolieron a todos los mexicanos, según sus alusiones, el asesinato de los 43 normalistas de Ayotzinapa  y la Fuga de Joaquín Guzmán Loera, alias “El Chapo”. Sobre estos dos temas  falto emitir juicios autocríticos, en los que se dijera: No supe actuar con la prontitud requerida respecto al primer caso  y sobre el segundo, no se ejerció el control adecuado por parte de quienes tienen la responsabilidad de vigilar en el Penal de alta seguridad del Altiplano, pero se está castigando a los responsables de tales delitos. Se supone que el hombre más informado de todo lo que ocurre en el país es el C. Presidente. En el preciso momento en el que se le avisó de la desaparición (forzada como ahora dicen) de los jóvenes, debió girar órdenes para que se trasladaran miembros del Ejército y la Marina, además del Procurador General de la República con todos los recursos a su alcance, para  iniciar la indagatoria que condujera a la inmediata localización de estos muchachos. Así no habría ninguna razón para tanto desgaste de todo tipo. Probablemente hubiesen alcanzado a salvarlos, pero se dejó al inepto gobernador del Estado de Guerrero. Este asunto no era para que lo resolviera un individuo sin capacidad. Se debió  valorar la dimensión de este hecho. Sobre el señor Guzmán Loera, no hay más responsable que la autoridad federal y las dependencias encargadas de la procuración e impartición de justicia.

Según el discurso del señor presidente todo está muy bien. La lucha contra el hambre ha sido un éxito, ¿y por qué aumentaron dos millones de pobres en los últimos años? El problema educativo está en vías de resolución con la reforma educativa, hace falta que alguien le diga que eso no es una reforma educativa, ya que una verdadera reforma educativa implica una transformación de toda la estructura: planes y programas de estudio, formación de docentes, equipamiento de escuelas, relaciones productivas con las asociaciones de padres de familia, interacción de la escuela con su entorno para que esta influya en la educación de la comunidad, el barrio, grupos marginados, etc., una planeación educativa correcta mediante actividades de evaluación, diagnóstico y adopción de las medidas más adecuadas. Se requiere una visión socioeconómica, pedagógica, antropológica con un enfoque diferente, más acorde a las necesidades de los educandos y al momento histórico actual, con una proyección hacia el tipo de ciudadano que se quiera formar.

El 19 de marzo de 1945, el entonces secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet, creó el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio (IFCM), el  cual sirvió para proporcionar a los docentes en servicio una formación a distancia y mediante cursos intensivos, pero tuvo la atingencia de estimularlos económicamente: a medida que se iban preparando recibían estímulos económicos y el ofrecimiento de que una vez obtenido su título, los pagos por sus servicios serían como maestros titulados. ¿Por qué no se siguió una estrategia semejante? Bien pudo la Secretaria de Educación convocar a  todos los profesores del país para que se presentaran a exámenes a través de los cuales recibirían estímulos económicos, es decir, mejores sueldos. La decisión de presentarse a dichos exámenes sería voluntaria y la respuesta hubiese sido casi unánime, sin conflictos de ningún grupo disidente, pues no se iban a afectar los intereses de nadie. Si los profesores quieren mejorar en sus emolumentos deben preparase, la inmensa mayoría hubiese respondido positivamente.

El señor presidente ve una realidad distinta a la que percibimos quienes hemos estado en contacto con diferentes grupos de nuestro país. La realidad no es tan simple. El crecimiento del país es muy inferior a lo que debiera ser y, por consiguiente, el desarrollo es mínimo. Seguirá habiendo pobreza: hambre, falta de servicios de salud y educativos, viviendas insalubres, falta de agua, electricidad, conectividad, etc.

Hubo dos novedades: la fundación de la Secretaría de Cultura y las clases de inglés para todos los niños. Esta nueva secretaría no es más que un cambio de nombre, además de incrementar el aparato burocrático, pero seguirá haciendo lo mismo que el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Respecto a las clases de inglés, cabe una sola pregunta: ¿Dónde están los maestros verdaderamente capacitados para impartir esta disciplina si se ha demostrado ampliamente que un elevado porcentaje de los que actualmente imparten esta materia en las instituciones de educación básica no saben inglés? ¿Van a traerlos de los Estados Unidos y de Inglaterra? Debemos poner los pies en la realidad. El aprendizaje de una lengua extranjera es algo que requiere muchas horas de estudio, pues es necesario aprender a hablar, entender el lenguaje hablado, escribir y entender el lenguaje escrito, además de conocer la cultura de los pueblos que hablan el idioma de que se trate.

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