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Ramón Villagómez y su vocación magisterial

4 de septiembre, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Por: Miguel Ángel Martínez Ruíz.

 

Este artículo tiene como finalidad recordar que ha habido y hay maestros, cuya labor merece el reconocimiento de la sociedad en su conjunto, pero ¿qué requiere un maestro para cumplir satisfactoriamente su función educativa? La vocación es fundamental, pues si se carece de ese deseo interno de dedicar todos los días de su vida a la enseñanza los resultados no pueden ser positivos. Sensibilidad para entender los problemas de sus alumnos.Cultura general y formación pedagógica para estar acorde con la época en que vivimos. Autocontrol, basado en el conocimiento de sí mismo, reacciones y actitudes, puesto que si no es un ser humano equilibrado, su influencia puede ser muy nociva. Buena salud física y mental, no depender del alcohol, el tabaco u otras drogas. Conocer a fondo los contenidos de las disciplinas que imparte. Respetar la personalidad de sus alumnos, jamás faltarles al respeto, menos aún ponerlos en ridículo. Un buen profesor también debe ser un buen orientador y consejero. Nunca olvidar que, desde el momento de optar por el ejercicio de esa profesión, empieza a profesar ciertas normas como la puntualidad, el aseo personal, la presentación decorosa, uso de un lenguaje correcto y apropiado, gran capacidad de comprensión humana, amor al trabajo docente, estar actualizado en sus estudios, ser honesto en su vida privada y pública,  llevar una existencia ordenada, ya que es el ejemplo lo que mejor educa.

Conforme a lo anterior, el maestro a quien se dedica este artículo tomó una firme determinación desde que ingresó a la Escuela Normal Urbana Federal de Morelia para iniciar una trayectoria que todavía no termina, aun cuando han transcurrido más de cincuenta años desde que se incorporó al servicio docente. Elegir es renunciar.¿Por qué se dice esto? La explicación es muy simple, pues cuando se opta por el ejercicio de una profesión como la docencia se está renunciando a la posibilidad de obtener beneficios económicos, al bienestar que dan los objetos materiales, en una palabra a la riqueza material, lo cual es compensado por una infinidad de satisfacciones de índole moral, pues la vida humana se desarrolla en tres dimensiones:  espacial, temporal y espiritual. En esta época, caracterizada por los problemas del subdesarrollo educativo, cuyos signos más desalentadores son el abandono de las aulas, la irresponsabilidad en el desempeño del trabajo y el bajísimo rendimiento escolar, surgen ejemplos como el de Ramón Villagómez  Villagómez, quien nació en Yuriria, Guanajuato, el primero de septiembre de 1941. Sus padres fueron el señor Ramón Villagómez Toledo, campesino y dueño de una pequeña granja, y la señora María Macrina Villagómez Sánchez, maestra rural. Cursó la educación primaria en la Escuela “Miguel Hidalgo” de su ciudad natal. Sus padres, deseosos de que su hijo obtuviera una formación educativa más completa, lo enviaron a la ciudad de México, donde unos familiares lo recibieron en su hogar a fin de que continuara sus estudios de secundaria. La institución, ubicada por el rumbo de Tacuba, era nocturna, y el horario, además de otras circunstancias como los medios de transporte, el desconocimiento de la ciudad, el cambio tan drástico, etc., influyeron para que el adolescente dejara de asistir a clases; razón por la que solicitó trabajo en una imprenta, donde fue aceptado como aprendiz. Después de un año regresó a su ciudad natal y, al enterarse que el profesor David Camargo preparaba a un grupo de jóvenes para que ingresaran a la secundaria de Tacámbaro, acudió a dichas clases de regularización. No obtuvo la preparación suficiente por haber llegado algún tiempo después que los demás, esto lo desanimó para ir a presentar el examen de admisión en Tacámbaro. Sin embargo, en febrero de 1956, vino a Morelia en busca de alguna oportunidad educativa. Recorrió varios planteles y no fue sino hasta que se encontró casualmente con algunos coterráneos, alumnos de la Escuela Normal Urbana Federal de Morelia, cuando pudo canalizar sus inquietudes, ya que estos lo llevaron con el director, el maestro Serafín Contreras Manzo, quien con su acostumbrada bonhomía le autorizó al joven la inscripción en el primer grado de secundaria. Debe mencionarse el papel que desempeñó el maestro Raúl Arreola Cortés, quien fue su consejero para que lograra adaptarse a sus actividades, y asumió actitudes muy responsables. Se dedicó íntegramente al estudio y al deporte, con grandes anhelos de superación.Llegó a dirigir la Casa del Estudiante Normalista que funcionaba en la planta alta del viejo y deteriorado edificio, la cual albergaba y proporcionaba alimentación a ochenta alumnos aproximadamente. Se dividía en tres dormitorios grandes para veinte, y cinco cuartos para cuatro o cinco estudiantes. Tenía también un comedor, administrado por una ecónoma y dos ayudantes, servicio de lavandería, planchado de ropa, peluquería y atención médica. Las condiciones materiales eran de regular calidad, entre otros enseres se pueden mencionar los siguientes: camas, sábanas, cobijas, almohadas, fundas, además de cómodas o lockers, donde se guardaban los objetos personales como útiles escolares, libros, artículos de limpieza, etc. Había internos procedentes de los estados de Guerrero, Guanajuato, Hidalgo, Yucatán, Baja California, Chihuahua, Veracruz y municipios alejados de Michoacán. A cada uno se le entregaba mensualmente una beca de noventa pesos, cantidad que se distribuía en la forma siguiente: setenta y cinco eran entregados a la ecónoma para cubrir los gastos del desayuno, la comida y la cena, 15 pesos para la compra de jabón y pago al trabajo de las lavanderas, conforme a una tarifa de 5 centavos por camisa y ropa interior, diez centavos por pantalón y la limpieza de la ropa de cama era por cuenta de la escuela. Estudiar implicaba enfrentar muchos problemas, sobre todo para quienes dependían exclusivamente de su beca.

A través de los seis años de la carrera de profesor de educación primaria, tres de secundaria y tres de educación normal, el estudiante Ramón Villagómez Villagómez daba muestras de una gran madurez, pues llegó a expresar:  “Desde que me inscribí en la Escuela Normal, comprendí que había emprendido una carrera que requería un elevado espíritu de servicio, con verdadera vocación profesional, a fin de satisfacer las urgentes necesidades educativas de la niñez y de la juventud mexicanas, como fórmula para mejorar la situación económica y contribuir a resolver los problemas socioculturales de nuestra gente.”

Al concluir sus estudios, el joven profesor inició su trabajo en la Escuela Primaria Federal “Benito Juárez”, en la ciudad de Yuriria, Guanajuato. Esta institución funcionaba en una casa impropia para las actividades educativas. Se laboraba en horario discontinuo, es decir, de 9  a 12 horas por la mañana, y de 15 a 17 horas por la tarde. A pesar de los pocos recursos de que se disponía varios maestros organizaban funciones de teatro, títeres, canto coral, poesía, danza, pintura, manualidades, carpintería y deportes.

Su capacidad de liderazgo era evidente, motivo por el que resultó electo secretario general de la Delegación Sindical, constituida por 160 profesores. El director de la Escuela fue cambiado de adscripción y los maestros quedaron como responsables del plantel. Esta circunstancia determinó que el profesor Villagómez tomará la decisión de trasladar la escuela a un edificio abandonado, pero en mejores condiciones. En 1964 se incorpora a la Escuela Secundaria Federal “Centenario 5 de Mayo” en Yuriria, donde imparte las asignaturas de matemáticas, educación musical y Geografía.

El año de 1966, la Dirección de Educación Secundaria designa al profesor Ramón Villagómez como maestro de matemáticas y química en la Escuela Secundaria “Dr. Jaime Torres Bodet” de la ciudad de San Luis Potosí y al mismo tiempo trabaja en la Escuela Secundaria No. 1 del municipio de Soledad de Graciano Sánchez, S. L. P.

En1975, se le nombra Coordinador del curso semiescolarizado para profesores en servicio, inscritos en la Licenciatura en Educación Preescolar y Primaria. De 1975 a 1978 funge como secretario general de la Delegación Sindical de la Escuela Secundaria “Dr. Jaime Torres Bodet”, y en 1977 es elegido Secretario General suplente del Comité Estatal del SNTE, y ese mismo año es designado subdirector de la misma escuela.

Durante la campaña política del candidato a gobernador, profesor Carlos Jonguitud Barrios, organiza un foro sobre los problemas educativos de la entidad (San Luis Potosí), donde se ponen de manifiesto las grandes carencias de que adolece el estado en ese renglón tan importante.  El candidato lo felicita y, al tomar posesión, le ofrece varias opciones dentro de la administración pública. Rechaza esta oportunidad para iniciar una carrera política y persevera en su tarea educativa. Por méritos propios es designado Jefe del Departamento de Educación Secundaria General en el Estado. Desde este cargo propicia y funda ocho escuelas secundarias, con base en estudios previos como son la evaluación y el diagnóstico correspondientes, de acuerdo a una correcta planeación educativa.

En 1980, el maestro Ramón  Villagómez, enfrentando múltiples dificultades, logra fundar la Escuela Secundaria de Potezuelo, municipio de Cerro de San Pedro. Con el apoyo de los padres de familia emprende un proyecto muy amplio para mejorar la economía del pueblo, el cual consistía en sembrar toda clase de hortalizas en macetas, ya que la escasez de agua constituye uno de los problemas más graves de esa entidad. Sus conocimientos de agricultura, adquiridos desde la infancia al lado de su padre, le permiten dirigir este ambicioso programa mediante el cual se obtuvieron cosechas de zanahoria, jitomate, chicharo, calabacita, pepino, melón, maíz, frijol, jícama, acelga, cebolla, coliflor, espinaca, rábano, chile, etc. en más de 3000 macetas.

Esta encomiable labor fue justipreciada por las autoridades estatales y federales, al grado que motivó la visita del presidente de la República y de varios secretarios de estado, además de las autoridades educativas federales y de la entidad, que reconocieron esta significativa aportación.

Su autorrealización personal la logró al lado de su esposa, la también maestra María Teresa Hernández Bárcena, de cuyo matrimonio nacieron cuatro hijos: José Ramón, arquitecto; Ricardo, fallecido; María Sandra, licenciada en diseño; y  Enrique Omar, arquitecto y licenciado en filosofía.

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