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Trump y el peso, barómetros de la economía

28 de septiembre, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Por: Miguel Oropeza Caballero

 

La fuerte depreciación del peso la semana pasada fue recibida tanto con sorpresa como frustración. Por años tanto cifras oficiales como agencias foráneas (el Fondo Monetario Internacional siendo una de ellas) han sugerido no solo que la economía nacional iba por buen camino, sino que México podía sentirse orgulloso de mantener una disciplina fiscal y monetaria única en la región.

Mientras otros países en Hispanoamérica iban desechando el guion económico escrito por los neoliberales de Washington, en nuestro país lo seguíamos aplicando al pie de la letra y sería nuestra fealdad al Consenso de Washington lo que eventualmente nos haría la economía más dinámica de América Latina. O por lo menos esa fue la versión que manejaron los tecnócratas educados en Estados Unidos que han dictado el destino de la nación desde hace más de tres décadas.

Hace dos años, parecía que podían estar en lo correcto ya que los ojos del mundo estaban en México y nuestros vecinos al sur (particularmente Argentina, Brasil y Venezuela) empezaban a sufrir duras contracciones. Pero hoy, con un peso en un bajo histórico, otro año más de austeridad y una economía que por una parte crece poco y por otra es incapaz de disminuir la pobreza, es claro que algo está mal.

La propensidad de la clase política a equivocarse en cuestiones macroeconómicas pareciera ser un fenómeno continental, ya que en Estados Unidos ha sucedido lo mismo. Al norte del Río Bravo, la clase política estadounidense ve tiempos de boom económico, en los cuales se han superado las dificultades de la Gran Recesión del 2008 y los buenos tiempos han regresado a las familias norteamericanas.

Tal y como sucede en México, las cifras parecieran dar soporte a tales creencias. En ambas economías hay bajas tasas de desempleo (que ignoran el subempleo o empleo informal), baja inflación y un crecimiento del PIB que, aunque decepcionante, es aceptable. Sin embargo, estas cifras esconden la realidad que percibe la ciudadanía: la recuperación económica dejó millones a la deriva, a su propia suerte mientras la clase política se congratulaba de sus éxitos.

En ambos países fue necesario un shock fuerte para dejar en claro que la realidad que cuentan las cifras manejadas por economistas gubernamentales es una realidad a medias y que oculta las dificultades cotidianas que sufren la ciudadanía aun en supuestos tiempos de bienestar. En México ese shock es un peso por los suelos y en Estados Unidos es la subida de un peligroso demagogo en las encuestas presidenciales.

Si bien el ascenso de Trump pone en evidencia una falla clave de la democracia que ya había sido identificada por los antiguos griegos (la debilidad del electorado ante líderes carismáticos pero incompetentes), las razones que llevaron a su nominación son frustraciones legítimas de la sociedad. En un país donde existe tan clara división entre la realidad macroeconómica vista desde Washington y la percepción en “Main Street” (a nivel de la ciudadanía), propiciada en parte por el extenso control que ejercen intereses empresariales y banqueros sobre la clase política era cuestión de tiempo para que surgiera un personaje como Trump para aprovechar el descontento.

En lo que respecta a México, sigue siendo la versión oficial que la turbulencia en el tipo de cambio se debe a factores externos. Al principio del descenso parecía ser que efectivamente a eso se debía; había una gran fuga de capitales en mercados emergentes con destino a los Estados Unidos, anticipando un alza en las tasas de interés por parte de la Reserva Federal. México, siendo una los principales mercados emergentes del mundo naturalmente sufriría con esta por esta ola mundial que ya estaba golpeando a los BRICS, tanto en desaceleración económica (e incluso recesiones) como en la pérdida de valor de sus monedas (en países con tasas flotantes de intercambio).

Los movimientos negativos en los últimos días apuntan a algo más serio, ya que solo el peso sufrió de fuertes caídas. Ahora la justificación oficial ha sido la incertidumbre causada por la elección presidencial en Estados Unidos, lo cual es parcialmente cierto. No tanto por las declaraciones que ha hecho Trump sobre el TLCAN u otras políticas que afectarían a México (ninguna de sus propuestas debe tomarse muy en serio), sino por la falta de indicación clara sobre su manera de gobernar si llegará a triunfar en la elección y por lo tanto una dificultad para predecir el futuro económico, algo que siempre es causa de preocupación en los mercados.

Pero al reflexionar ante esto resulta difícil de creer que factores internos no puedan ser parte de la depreciación. Claramente hay fallas estructurales serias en México. Por un lado, a pesar de la reforma fiscal los ingresos petroleros siguen formando una inmensa parte del presupuesto federal, lo cual hace al país vulnerable a bajas en el mercado de crudo, tal y como sucede ahora. Con la desaceleración china y el rápido desarrollo de tecnologías verdes (energía solar, eólica, etc.), es posible que el actual precio del barril de petróleo en el mercado internacional se convierta en algo perpetuo, para lo cual la actual estructura presupuestal no está preparada.

El golpe que la depreciación ha tenido en los bolsillos de las familias mexicanas también apunta a una falla estructural. La gran dependencia que existe de productos estadounidenses y foráneos (comprados con dólares) es una prueba más de la importancia de una política industrial. Con más producción interna habría un impacto menor para el consumidor cuando el peso sufre fluctuaciones. Diversificando nuestros principales socios comerciales en el exterior (para disminuir nuestra dependencia de la economía norteamericana) también ayudaría a disminuir el impacto de la subida del dólar.

Un peso débil y un Trump fuerte son síntomas del mismo problema: un sistema económico que funciona en el papel, pero no en la práctica. Esta sacudida es un llamado a la acción, una oportunidad de salir más fuertes de la crisis. Sin embargo, por el momento en México no parece haber una oposición con la congruencia política o estatura moral para impulsar la reorientación que el país tan desesperadamente necesita.

 

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