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Papeles de Panamá I

11 de mayo, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Vidal Mendoza
Lo único verdaderamente sorprendente de los Papeles de Panamá es que en ellos no hay ninguna sorpresa: ¿no nos enteramos exactamente de lo que esperábamos enterarnos? Pero una cosa es saberlo en general y otra, recibir datos concretos. Es un poco como saber que nuestra pareja anda con otro: uno puede aceptar el conocimiento abstracto del hecho pero el dolor surge cuando uno conoce los tórridos detalles. Con los Papeles de Panamá, hemos visto algunas fotos sucias de pornografía financiera y ya no podemos simular que no sabemos.

En 1843, un joven Karl Marx sostenía que el ancienrégimen alemán “sólo imagina que cree en sí mismo y exige que el mundo imagine lo mismo”. En una situación como esa, el atribuirles la culpa a quienes están en el poder se convierte en un arma –o, como prosigue Marx: “La presión real debe hacerse más apremiante sumándole la conciencia de la presión, la vergüenza debe hacerse más vergonzosa divulgándola”. Y esta es, precisamente, nuestra situación hoy: nos enfrentamos al cinismo desvergonzado del orden mundial existente cuyos agentes solo imaginan que creen en las ideas de democracia, derechos humanos, etc., y por medio de jugadas como las revelaciones de WikiLeaks y los Papeles de Panamá, la vergüenza (nuestra vergüenza por tolerar ese poder sobre nosotros) se vuelve más vergonzosa al divulgarla.

Una rápida mirada a los Papeles revela dos rasgos que se destacan, uno positivo y otro negativo. El positivo es la solidaridad generalizada de los participantes: en el oscuro mundo del capital global, todos somos hermanos; el mundo occidental desarrollado está allí, incluidos los incorruptos escandinavos, y se dan la mano con Putin y el presidente chino Xi; Irán y Corea del Norte también están allí; los musulmanes y los judíos intercambian amigables guiños: es un verdadero reino de multiculturalismo donde todos son iguales y distintos. El rasgo negativo es la contundente ausencia de los EE.UU., que da algo de credibilidad al planteo ruso y chino de que en la investigación había en juego intereses políticos particulares.

¿Qué hemos de hacer entonces con todos estos datos? Hay un viejo chiste sobre un hombre que vuelve a su casa antes de hora y encuentra a su esposa en la cama con otro hombre; la esposa sorprendida le pregunta: “¿Qué pasó? ¡Me dijiste que volvías en tres horas!”. El marido estalla: “No me tomes el pelo. ¿Qué estás haciendo en la cama con ese tipo?”. La esposa responde muy tranquila: “¡No me cambies de tema, contestá mi pregunta!”.

¿Algo parecido está ocurriendo con las reacciones a los Papeles de Panamá? La primera (y la más común) es una explosión de furia moralista: “Qué horrible, ¡cuánta codicia y deshonestidad hay en la gente!, ¿dónde están los valores elementales de nuestra sociedad?”. Lo que debemos hacer es cambiar de tema de inmediato, pasando de la moral a nuestro sistema económico: políticos, banqueros y directivos siempre fueron codiciosos, ¿qué es en nuestro sistema legal y económico lo que les permitió llevar a la práctica su codicia de esta manera?

Desde la crisis financiera de 2008 en adelante, las figuras públicas, del Papa para abajo, nos bombardean con incitaciones a combatir la cultura de la codicia y el consumo excesivos. Ese repugnante espectáculo de moralización barata es una operación ideológica: la compulsión (a expandirse) inscripta en el sistema mismo se traduce en el pecado personal, en una inclinación psicológica privada, o, como lo expresó uno de los teólogos cercanos al Papa: “La crisis actual no es una crisis del capitalismo sino una crisis de la moral”. Incluso sectores de la izquierda siguen este camino. Hoy no falta anticapitalismo: hay protestas, estamos presenciando una sobrecarga de críticas a los horrores del capitalismo: abundan los libros, las investigaciones en profundidad de los diarios y los informes de TV sobre empresas que contaminan de manera despiadada el medio ambiente, sobre banqueros corruptos que siguen recibiendo jugosas bonificaciones mientras sus bancos deben ser rescatados con dinero público, de fábricas donde se explota a los niños haciéndolos trabajar horas extras… Pero toda esta efusión de críticas encierra una trampa: lo que por regla general no se cuestiona en esta crítica, por despiadada que parezca, es el marco liberal democrático de lucha contra estos excesos. El objetivo (explícito o implícito) es democratizar el capitalismo, ampliar el control democrático de la economía por medio de la presión de los medios públicos, las investigaciones parlamentarias, leyes más duras, investigaciones policiales honestas… pero el sistema como tal no se cuestiona, y su marco institucional democrático del Estado de derecho sigue siendo la vaca sagrada que no tocan ni siquiera las formas más radicales de este “anticapitalismo ético”, como el movimiento Occupy.

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