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Morelia, Michoacán a 22 de junio de 2017
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Eran otros tiempos

24 de mayo, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

Raúl Castellano

 

No cabe duda que a la memoria le debemos el poder saber quiénes somos; qué hemos hecho a lo largo de la vida, así como almacenar conocimientos. Mientras conservemos nuestras facultades cerebrales, concretamente donde el almacén de los sucesos y de lo que hemos aprendido, la memoria será fiel y cubrirá toda nuestra vida.

Qué hermoso resulta recordar cosas de nuestra niñez cuando veíamos al pequeño mundo que nos rodeaba y nuestros ojos contemplaban todo con la inocencia de esos años maravillosos.

Por mi cuerpo corre sangre michoacana y coahuilense, que ha nutrido la tierra donde está enraizado mi corazón. Mi familia materna es michoacana. Mi abuelo, el Dr. Manuel Martínez Solórzano, Diputado Constituyente y nicolaita distinguido, originario de Morelia, y mi abuela Francisca Báez Coria, oriunda de Puruándiro. Por otro lado, Manuel Castellano y Rosa Jiménez, fueron mis abuelos paternos. Mis padres, Raúl Castellano Jiménez y Consuelo Martínez Báez. Así, se fundió mi sangre michoacana con la coahuilense, para hacer una mezcla de la cual me enorgullezco.

Dicen que todo tiempo pasado fue mejor, dicho que no es del todo cierto. Yo diría que desde luego, el tiempo de la niñez y la juventud, que son irrecuperables, son las mejores épocas de nuestra vida. Mis recuerdos de esos tiempos vienen a mí como relámpagos que iluminan la noche y te permiten ves algunas cosas y, así, se abre la gaveta de nuestra memoria, donde está contenido aquel recuerdo.

A mí me tocó vivir una infancia llena de cariño que me daban mis padres, mi abuela materna, Pachita, como cariñosamente le llamábamos, que la volvió inolvidable. Mi tía Lucha y Anita, mi madrina, mi tío Salvador, hermano de mi madre y pintor de profesión, fue otro de los personajes destacados de esa época inolvidable, ya ida hace muchos años.

Tengo recuerdos muy claros de que al salir de la escuela, llegaba a la privada donde vivía mi abuelita, quien ya me esperaba con una tortilla calientita, con unas gotas de limón y sal, para que aguantara hasta la hora de la comida. Mi tío Salvador vivía en otro departamento de la misma privada. Los departamentos estaban alineados, entrando, sobre la derecha y, del lado izquierdo, el muro estaba cubierto por una enredadera de heliotropo, cuyas florecillas me comía.

Eran años en que los niños jugaban en las calles, y dos piedras eran suficientes para marcar una portería y jugar futbol callejero. Jugábamos a las canicas y cada quien tenía una a la que llamábamos “tirito”; igualmente el trompo era uno de nuestros juegos, y hacerlo bailar no era tan fácil. El balero con sus “capiruchos”, era otro objeto preferido. Más adelante apareció el “yoyo”, con el que hacíamos múltiples figuras y hacerlo “patinar” tenía su gracia. No tuvimos, porque ni existían, teléfonos portátiles, iPads, iPods, ni nada por el estilo. Ni siquiera los imaginábamos y, desde luego, no nos hicieron falta. No había televisión, así que sólo disponíamos de la radio. Nuestros juegos de niño eran sencillos y bonitos, con los que nos divertíamos mucho.

En cuanto a comunicación, disponíamos de teléfonos fijos; había dos compañías, así que si tenías contrato con solo una, no te podías comunicar con los que tenían a la otra compañía. La ciudad debe haber tenido escasamente, dos millones de habitantes, por lo que no había problemas de tráfico, ni contaminación. Para transportarnos, utilizábamos los camiones urbanos y los tranvías. Existía la Plaza de Toros de la Condesa, donde llegué a ver buenas corridas de toros, a las que solía llevarme mi padre. Todo quedaba cerca de todo, tanto, que tenía un pequeño Macho, como se llaman a los productos de una yegua y un burro, mismo que me llevaban los fines de semana para que lo montara en una pequeña silla charra.

Mis viajes a Morelia, eran frecuentes y nos reuníamos con mis primos hermanos, hijos de Eugenio y la tía Chata, en su casa de las calles de Galeana. Ponían un gran Nacimiento y ahí también, en el patio, celebrábamos las podadas, como se debe, cantando la letanía y quebrando varias piñatas. Días muy gratos que se quedaron grabados de manera indeleble en un rincón de la memoria.

Siendo mi padre Jefe del Departamento del Distrito Federal, de vez en cuando le acompañaba a su oficina. Temprano, frente a nuestra modesta casa, ubicada en las calles de Atlisco 83, llegaba un Coronel que era su Ayudante, en el llamado “side car” de la moto. El Coronel acompañaba a mi padre en el auto en el trayecto a la oficina, en el Zócalo, y yo cambiaba de lugar y el corto viaje me parecía fantástico. De regreso hacíamos lo mismo.

Para 1940, mis viajes a Michoacán se hicieron más frecuentes, y de hecho, en diciembre de ese año me fui con mi mejor amigo a Jiquilpan. Poco después fuimos a Apatzingán en tren, en una época en que había mucho paludismo. Nos fuimos al Rancho Galeana y dormíamos en los corredores de la Finca, en catres de lona, protegidos por mosquiteros, previa la toma de una pastilla de quinina. Yo tenía 8 años. El Rancho tenía un manantial de agua límpida y fresca, proveniente de la montaña. Bañarnos en ella y nadar, eran de las cosas que más nos gustaba hacer, particularmente por lo cálido de la zona. Para transportarnos cuando llegamos a ir por tierra, desde Uruapan, lo hacíamos en vehículos del Ejército; los jeep, y comando, que eran los únicos capaces de transitar por aquellas brechas y bajar y subir cañadas. Montar a caballo era una ocupación diaria, en la que al final nos esperaba un coco bien frio.

En aquel entonces no había violencia, ni grupos delincuenciales, que amenazaran nuestras vidas y tranquilidad. Podíamos ir por dondequiera, sin temor, sin problemas como los que hoy son una amenaza constante.

En fin…eran otros tiempos.

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