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LA MEDALLA

30 de noviembre, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Por: Raúl Castellano

Es necesario conocer los méritos que deben tener los recipendarios de la Medalla “Belisario Domínguez”, para poder juzgar si la, o las personas que la han de recibir, cumplen con los lineamientos que animaran a la creación de esta Medalla de Honor.

En primer lugar, debemos saber que regularmente hay organizaciones proponentes, que son conocidas por su seriedad y prestigio. Esta presea es entregada a mexicanos que hubieran contribuido con su obra y su conducta intachable al sensible desarrollo y fuerza de la Nación y con su actitud han marcado un paralelo esencial con la norma rectora de la vida de Belisario Domínguez: el cumplimiento exacto del deber.

Se ha dicho que no hacer lo que no se debe es edificante y digno, pero no hacer lo que no se debe, es educativo. Con Belisario Domínguez tuvimos los mexicanos y el mundo, una muestra desgarradora y telúrica de apego estricto al cumplimiento del deber, aun ante el riesgo supremo de perder la vida y una lección universal de respeto a la verdad y a la Ley y de repudio a la usurpación y al autoritarismo.

No obstante de que vivimos tiempos diferentes de aquellos que le tocó vivir al insigne chiapaneco, se considera que es imperativo vital para la democracia y la legalidad, mantener vigente y fresco el el impacto de su virilidad patriótica y su concepto y proporción de lo justo. Allí donde exista un acto o conducto que pretenda artificiosamente violentar el sentido de la verdad, la determinación autónoma de la sociedad, allí recordará Belisario Domínguez con su muerte que la asonada, el golpe, la manipulación popular, tendrán una vida efímera y serán una frágil y aparente victoria ante la voluntad permanente y el derecho irrenunciable y libre del pueblo a escoger rumbo y destino.

Es innegable que la vida y los actos de Belisario Domínguez revisten una verticalidad indeclinable y son perfectamente consecuentes con la ética y los principios que sustenta la institución senatorial, en cuyo seno brindó el más formidable y bello testimonio de integridad moral y de lealtad suprema que registra la historia mexicana de estos siglos.

El 24 de noviembre pasado, se entregó la medalla Belisario Domínguez a Gonzalo Rivas, y el dictamen del Senado dice: “Eso es lo que sucedió: el incendio intencional de una gasolinera cuya propagación ponía en riesgo la vida de muchos. El acto simple e irrefutable de Gonzalo Rivas fue correr a apagar el incendio mientras todos los demás huían de él. Este es el acto de valor y de heroísmo puro y duro que muchos juzgamos dignos de la medalla Belisario Domínguez. Gonzalo Rivas habla de la existencia heroica de otro México, el México que está dispuesto a correr riesgos, el México anónimo y solidario que habita esa otra cara de la moneda mexicana: la cara del temple.

Gonzalo Rivas Cámara no se detuvo a calcular riesgos ni a sopesar alternativas. Erradicó su instinto de supervivencia.

Es también un reconocimiento a los cuerpos heroicos e instituciones nobles de la república, como el Heroico Cuerpo de Bomberos o la Armada de México, en particular la Marina, porque Gonzalo Rivas en un momento de su vida fue integrante de esta valiosa institución de nuestro país”.

Sin pretender descalificar, ni siquiera disminuir el acto de valor innegable de Gonzalo Rivas al cerrar la llave de la gasolina que alimentaba las bombas de la gasolinera, yo me pregunto: viendo las condiciones que debe cumplir quien quiera que reciba la Medalla de Honor Belisario Domínguez, a las que nos hemos referido en la primera parte de este artículo, y la comparamos con el dictamen de la Cámara de Senadores para otorgársela a Gonzalo Rivas, podemos ver la enorme desproporción que hay entre una y otra. Así analizado y visto, el señor Rivas no era candidato para recibir esta medalla, como si lo era para recibir una que se refiriera al valor o al mérito civil. Y creo que así debió ser.

La Medalla de Honor Belisario Domínguez se otorga, o se debe otorgar, a quien tuviera una serie de méritos a lo largo de su vida, que tuvieran una trayectoria en la que se acumularan méritos similares a los del varón de Comitán. De otra manera, la presea se devalúa. Debo decir que viendo la relación de nombres que han recibido la presea, no todas merecía que se les hubiera otorgado, pues también han influido presiones políticas.

Rescatemos al máximo Premio de Honor que se puede otorgar a un civil mexicano, para que en verdad lo reciba quien lo amerite “por su ciencia y virtud en grado eminente al servicio de la Patria y de la Humanidad”.

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