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Proyecto de nación

27 de julio, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Por: Raúl Castellano

 

En mi pasada colaboración, hice mención de que el país navega como nave sin rumbo; que vamos dando tumbos, al borde del desfiladero y en medio de calamidades, que acumuladas todas, nos hacen vivir temerosos, desconfiados, en el país que bien podríamos llamarle del horror.

No tenemos un proyecto de nación, y en esas condiciones no habrá futuro para los mexicanos. Hemos tenido en el pasado, dos momentos cumbres: la Independencia y la Revolución.

Cuando México transitaba, al comienzo del Siglo XIX, después de un sometimiento a España, que permitió el abuso imperial y de los Virreyes, amos absolutos de estas tierras y señores de horca y cuchillo, hicieron saltar los anhelos de independencia y libertad. Así, Miguel Hidalgo se sublevó en 1810, para dar inicio a la guerra de Independencia, que surgió primero como protesta contra Fernando VII, para romper las cadenas de la opresión y alcanzar la libertad.

Independencia y libertad fueron pues los conceptos bajo los cuales se estructuró nuestro primer Proyecto de Nación, expresado ya en los Sentimientos de la Nación de Morelos y la Constitución de Apatzingán.

La Constitución Federal de 1824, que instituyó la república, promulgada ese año y después del fusilamiento de Maximiliano, no tuvo toda la claridad de ese Proyecto de Nación, sin embargo, probablemente su artículo más importante, fue el que señaló de manera enfática, la independencia de la Nación Mexicana de España o cualesquier otra Nación. Con él se cumplía el concepto medular de ese incipiente Proyecto de Nación. Le seguiría la Constitución liberal de 1857, que sin duda fue un jalón destacado de nuestra historia, que dio la fórmula democrática, popular y representativa de gobierno, por considerarse que era la más adecuada para el país; sin embargo, naufragó debido a la forma personal y autocrática de Porfirio Díaz, quien la hizo a un lado.

El segundo momento histórico, durante el cual se propuso un nuevo Proyecto de Nación, ocurrió en 1910, bajo el lema “Tierra y Libertad”, enarbolado por Ricardo Flores Magón, precursor de la Revolución, que más tarde recogería, en sus aspectos fundamentales, Emiliano Zapata, en el Plan de Ayala, a finales de 1911. Ese proyecto fue incorporado a la Constitución de 1917 y cumplido hasta que llegó a la Presidencia de la República, el General Lázaro Cárdenas, al repartir 18 millones de hectáreas, a pueblos y comunidades, durante el sexenio 1934-1940.

Desde Carranza hasta López Portillo, la política estuvo adormecida, sin que hubiera variantes del Proyecto Revolucionario. Miguel Alemán, se encargó de “institucionalizar” a la Revolución, bajarla del caballo, para urbanizarla  y empeñarse en la industrialización del País, con el consecuente  abandono del campo. A esto, le acompañaron reformas al 27 Constitucional y al Código Agrario, abriéndole paso de esta manera, a la formación de nuevos latifundios, y dándole un viraje al rumbo del país, en un acto característico del autoritarismo presidencial.

Nadie hubiera imaginado que, desde la cúpula del poder, se impusiera el Proyecto Neoliberal, y por tanto, sin la legitimación de grupos mayoritarios de la sociedad, en el que se desplazó el concepto del Bien Común, uno de los tres conceptos que le dan razón de ser al Estado. Este proyecto, al no estar soportado por los grupos mayoritarios por ser un proyecto de los pocos para los pocos, no cumple con las características necesarias para tenerle como un Proyecto de Nación para los mexicanos.

El plan neoliberal fue elaborado en el “Consenso de Washington” en 1989, y se dejó a nuestra economía, a las despiadadas reglas del mercado. Uno de los resultados fue el “Tratado de Libre Comercio” que se insertó en un mundo dominado por la globalización. Hoy Peña Nieto le recoge a través de sus llamadas “Reformas Estructurales”, mismas que ha impuesto a través de su manera autoritaria, con partidos políticos domesticados y mano negra, para consolidar un México oligárquico y continuar el proyecto de los pocos para los pocos y, por tanto, seguir con lo hecho por Carlos Salinas.

La modificación hecha al artículo 27 constitucional, que había sido intocable, por más de medio siglo, permitió la privatización de la energía, petróleo y electricidad, para que capitales privados, nacionales y extranjeros, entraran en estos rubros, otrora prohibidos, fue una especie de puntilla que acabó con los restos de aquel Proyecto de Nación del 17. Por si fuera poco, a este hecho trascendental se agregan otras muchas cosas, como el atrevimiento de Peña Nieto de violentar la estructura fundamental de la República, vulnerando la división de poderes, con un Congreso ya obediente, mediante el nombramiento de un individuo sin experiencia judicial o académica alguna, pero abiertamente de su grupo político. En la tena de Ministros que llegaron a la Corte hace poco, también coló a otro incondicional.

En definitiva, ha cambiado el rumbo de la Nación. “Mover a México” está surtiendo efecto, solo en un sentido muy diferente, por no decir el opuesto, al que llevaba el país. Se trata del Proyecto del Gobierno, del Proyecto de Peña Nieto, uno que solo beneficiará a muy pocos y empobrecerá al resto de los mexicanos.

La Constitución de 1917, que contenía el Proyecto de Nación de los mexicanos, ha sido desnaturalizada, pervertida, cambiada; de forma tal, que hoy no es sino un pedazo de papel que ya no surte efectos positivos. Se esencia se ha perdido de manera total, después del “golpe de Estado legislativo” de diciembre del año pasado, perpetrado con la complicidad de las mayorías de un Congreso entreguista, sometido a la voluntad Presidencial.

Todo esto hace ver la necesidad de elaborar un nuevo Proyecto de Nación. Se dice que un Proyecto de Nación debe quedar cimentado en un puñado de grandes ideas, soportado por las mayorías nacionales, lo cual le da legitimidad, para ser puestas en práctica por un poder real.

Para ello, es necesario construir un gran encuentro plural que impulse los cambios que requiere el país y reclaman los mexicanos. Un proyecto que despierte conciencias y forme una amplia unidad social y política, para presentar el proyecto a la nación. Es necesario, desde luego, construir una fuerza política mayoritaria que impulse el Proyecto y logre su aprobación mediante procedimientos  democráticos. Plasmarlo en una nueva Constitución, será la tarea final.

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