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El mensaje del dolor

17 de noviembre, 2015

admin/La Voz de Michoacán

En estos días he tenido la oportunidad de compartir el dolor al visitar algún hospital para auxiliar a los enfermos. No deja de ser siempre una elección muy importante el ver en carne viva el dolor por alguna enfermedad grave y tratar de prestar ayuda al enfermo con la presencia amorosa de Cristo que tiene siempre compasión por el enfermo. La persona de fe en esos momentos difíciles con la visión de fe recuerda las palabras del Apóstol San Pablo: “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia”

Esta unión con Cristo redentor que sufre conmigo y en mí, la pobreza y la enfermedad, todo aquello que nos hace vivir las angustias y tristezas de la propia vida. Ese dolor que encontramos en todas partes y no es fácil aceptar los sufrimientos de la vida. Pero el mensaje del dolor nos purifica y nos hace pensar detenidamente que siempre necesitamos purificar nuestro interior para colaborar con Cristo a salvar los hombres de todo el mundo.

Ahí está la dimensión autentica del dolor. Entonces se vive en nosotros el vigor de la palabra: si el grano de trigo no muere queda sin fruto. Pero el gran mensaje del dolor y de la enfermedad nos fortalece porque sabemos que vamos colaborando para salvar a alguien, porque quizá tú y yo hemos podido realizarnos en el mundo por el dolor profundo de aquel incognito enfermo que vivió por días su dolor en el rincón de un hospital oscuro y triste. Quizá no hemos pensado que por el dolor crecemos interiormente. A quien llamamos como dice un poeta:“dolor amigo”, pues el verdadero amigo es aquel que es capaz de dar la vida por el amado. El que ha encontrado un amigo fiel, ha encontrado un tesoro. El dolor nos hace resplandecer con la luz de la fe, el rostro maravilloso de un Cristo que mira hacia lo profundo de su propia vida y nos deja el mensaje conmovedor de ofrecer el sufrimiento por la felicidad de aquella persona, de aquel doctor, de aquella enfermera. Los sufrimientos para pedirle a Dios la fuerza de su gracia y seguir viviendo con alegría. Dice el poeta: “dolor, dolor amigo no llames a mi puerta, pasa que te estaba esperando”. Sé que tu vida es un despertar a la vida verdadera y avivar la fe en la misericordia infinita del Señor.

El paciente que vive serenamente su enfermedad se torna fuerte y poderoso. Y entonces apreciamos en todo lo que vale el don de la vida y expresamos con el grito del alma nuestro agradecimiento a Dios por su bondad y comprendo que soy un vaso de barro en manos del alfarero divino que me ha hecho a su antojo. Estamos convencidos de que Dios se hace presente especialmenteen la debilidad y al tocar nuestra propia fragilidad vemos que se rompe como una copa de cristal nuestra propia debilidad para avivar nuestra confianza en todos los peligros de la vida que nos asechan en el poder y en la misericordia de aquel que nos ha creado así: débiles para hacernos sentir más el poder de la misericordia y constatar que Dios jamás nos abandona en los momentos en que necesitamos tanto de su bondad. La realidad desnuda y cruda de la vida nos hace sentir inútiles. Pero viene una voz de lo profundo y de lo alto: “este hermoso amanecer lo he creado para y por ti, estas flores, estas frutas, estos ríos y estos lagos, esta sonrisa amable que te ha invitado a superar la esperanza firme en el restablecimiento de la salud”.

Con frecuencia leemos en la sagrada escritura que la vida del hombre es un suspiro y que tenemos que amar con profundo agradecimiento a las personas sin las cuales quizá hubiéramos perdido la vida.

Jamás podemos afirmar que Dios se ríe por el que ha caído en una grave enfermedad. Nos encontramos en un mundo que nosotros hemos hecho. El dolor tenemos que interpretarlo siempre a la luz de la fe y afirmar que todos los acontecimientos aun los más insignificantes son para nosotros, clara manifestación de la PROVIDENCIA DE DIOS.

También tenemos que considerar que las enfermedades del alma son quizá más graves que las enfermedades del cuerpo. El que reniega de Dios, el que no sabe mirar su destino eterno, el que ama más la muerte que la vida, el que ha perdido la fe. El cristiano recuerda al humilde leproso que se acerca a Jesús y le dice con el acento del corazón: “Señor, si tú quieres, puedes curarme”. Aquel hombre necesitado de una salud casi imposible de conseguir se acerca a Cristo porque tiene fe. Creía en alguien y Jesús premio la fe con el milagro. Me dijo uno de los enfermos que visite en estos días: “yo sé que Dios me ama mucho y acepto esta prueba que me dio para andar en el camino que debe andar todo cristiano, el camino de la santidad”.

El enfermo que está iluminado por la fe recuerda a ese Jesús que increpó a los vientos y al mar y sobrevino una gran bonanza. Todos hemos pasado en la vida por una situación difícil y nosotros no podemos callar el agradecimiento y la ternura de Cristo con los más pobres y necesitados. En la vida quizá es necesario que pasen ciertas cosas duras y difíciles para corregir el camino y apreciar mucho más a la esposa sacrificada o al esposo que estuvo siempre pendiente en aquel momento en el que necesitaba de alguien que con su mirada y presencia se avivara la esperanza de la pronta recuperación. No podemos callar estas cosas tan hermosas que nos dice el dolor, traicionaríamos al propio corazón. Un saludo cariñoso para esos enfermos que recibieron a Cristo, Luz y vida y seguirán sonrientes haciendo el bien con mayor alegría al salir del sanatorio, para mostrar la felicidad de verse rodeado de tanta gente que se preocupó profundamente por la recuperación completa de la salud del alma y del cuerpo.

Ante la enfermedad, la menor de las preocupaciones es el dinero sino lo más importante es poner todos los medios necesarios para conseguir la completa recuperación. Todos los doctores reconocen que el verdadero médico es Dios y ellos son un instrumento en sus divinas manos.

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