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El milagro del amor

24 de mayo, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Samuel Bernardo Lemus
Todos en alguna forma podemos realizar el milagro del amor. A una persona podemos privarle de todo, menos de una cosa de su capacidad de amar, porque ha sido creada por Dios para amar y ser amada y respetar la diferencia que existe en cada uno según la voluntad del creador. Amar es una capacidad integrable del alma. Ahí donde se ama se ha empezado a construir el cielo. Los milagros que Jesús hacia eran ante todo Signos del Reino.

Donde más claramente se manifiesta ese gran milagro del amor es en el matrimonio. Ahí es la fuente inagotable de gracias que caracterizan ese amor verdadero.

Ese amor del que habla muy claramente San Pablo. Ahí se realiza esa actitud que “todo lo perdona” y se muestra cuando la persona no se deja llevar por los impulsos y se evita dejar de herir. Es una cualidad del Dios de la alianza que convoca a su imitación también dentro de la vida familiar. Se manifiesta cuando actúa con misericordia. La paciencia de Dios es ejercicio de la misericordia con el pecador y manifiesta el verdadero poder. Porque tener paciencia no es dejar que nos maltraten continuamente o tolerar agresiones físicas, o permitir que nos traten como objetos. El problema profundo dice el papa Francisco, es cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas o cuando nos colocamos en el centro y esperamos que se cumpla la propia voluntad sin tener en cuenta casi a la persona. De otra forma la familia se volverá un campo de batalla; pero la palabra de Dios exhorta a desterrar la amargura, la ira, los  enfados o insultos.

Esta paciencia se afianza cuando reconozco que el otro también tiene derecho a vivir junto a mí, así como es, con su estabilidad matrimonial, con sus derechos y obligaciones.

El papa Francisco dice algo muy importante: “no importa si es un estorbo para mí, si altera mis planes, si me molesta con su modo de ser, sino recibo todo lo que esperaba. El amor tiene siempre un sentido de profunda comprensión que lleva a aceptar al otro como parte de este mundo, también cuando actúa de un modo diferente al que yo desearía”.

San Pablo muy claramente decía, en su himno a la caridad: el amor es paciente, es servicial, no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante, no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que se alegra con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta.

Es muy valioso detenerse en el sentido de las importantes expresiones de este texto paulino y aplicarlo a la existencia completa de cada familia.

Tener paciencia no es tolerar agresiones físicas o permitir que nos traten como objetos y ese es el problema cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean pequeñas o cuando nos educaron para hacer nuestra propia voluntad.

Entonces todo esto nos impacienta y nos lleva a renunciar con seguridad a las virtudes que debemos cultivar siempre en una vida de comunión y de paz.

Hay personas que nunca han aprendido a convivir. Siempre andan de prisa ni siquiera se detienen a saludar atentamente y nos encontramos a veces con personas que nos dejan con la palabra en la boca o con la mano abierta para saludar.

La paciencia se abraza cuando reconozco que el otro también tiene derecho a vivir en esta tierra junto a mí y así como es estorbo para mí se alteran  mis planes, si me molestan con su manera de ser o con sus ideas.

El amor siempre tendrá un sentido de profunda comprensión, que llega a aceptar a alguien como parte de este mundo; pero siempre hay que tener la paciencia para un encuentro satisfactorio y grato. Una de las virtudes que más manifiesta la misericordia de Dios es la paciencia, dice el Papa Francisco. De ahí se desprende la natural inclinación al servicio porque el amor no es tan solo un sentimiento sin una clara manifestación en las obras y el amor servicial nos da la verdadera felicidad, la de dar, sin medir, sin reclamar pagos por el solo gusto de dar sin recibir.

En el verdadero amor no hay lugar para mal entendidos. El verdadero amor nos hace salirnos de nosotros y así se libera el sabor amargo de la envidia. La persona que valora dignamente a otra persona merece nuestro respeto, nuestro afecto y nuestra confianza.

En el amor es algo muy importante la virtud de la humildad. En la vida familiar no puede haber respeto y confianza si no hay humildad para reconocer las diferencias personales porque el verdadero amor nos vuelve amables en nuestras palabras, en nuestros gestos, en nuestro aspecto que no rechaza si no es acogedor.

Ser amable no es un estilo que un cristiano puede aceptar o rechazar. Todo ser humano está obligado a ser afable con los que le rodean. Cuando entramos en la vida del otro, forma parte de nuestra vida. El amor cuanto más hondo y profundo más se exige la libertad y la capacidad y esperar a que el otro abra su corazón. No se puede entender que el otro exista solo para satisfacer mis necesidades. Entonces no hay lugar para la amabilidad del amor y su lenguaje. El que verdaderamente ama dice palabras de aliento como Jesús a sus Discípulos “Qué grande es tu fe”. “Vete en paz”. “No tengas miedo”. La familia de hoy tiene que aprender ese lenguaje amable de Jesús”. Dice el evangelio “lo que has recibido gratis, dalo gratis”.

El hijo siempre será un milagro de amor que tendrás que agradecer toda la vida y apreciar en ese milagro el infinito amor de Dios contigo. Ahí es donde se ama y se ha empezado a construir el cielo, toda vida está encaminada para hacer milagros. Siempre tendremos el milagro de la felicidad haciendo el bien. Basta una caricia sin palabras. Pedir a Dios por otra persona siempre con sinceridad y verdad.

El papa hoy vuelve a insistir en su exhortación apostólica que siempre tenemos que decir no a la violencia. Jamás perder el cariño para nosotros mismos porque entonces nos nulificamos y nada podemos dar.

El milagro del amor seguirás siendo tú.

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