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El último abrazo

15 de marzo, 2016

admin/La Voz de Michoacán

¡Un abrazo dice tanto!, pero un último abrazo ¿qué no dirá? Un abrazo de despedida para un encuentro en la eternidad es un abrazo cargado con una hondura psicológica donde se mezclan tantos sentimientos: admiración, cariño, agradecimiento. Un abrazo de corazón a corazón sólo lo puede explicar quién lo vive con una intensidad que hace brotar las lágrimas o quedarse en profundo silencio con la esperanza de verse un día feliz para siempre en la gloria.

En lo profundo del corazón todos guardamos cosas tan bellas que sólo Dios conoce y nosotros conservamos indelebles en la memoria y en la vida, porque nos dicen algo que sólo nosotros podemos sentir e interpretar.

Es un signo de sinceridad, de sencillez, de generosidad que a todos en alguna forma nos conmueven cuando vemos a las personas abrazarse con esa indecible y delicada ternura, como lo hizo el padre amoroso de la parábola del hijo prodigo que acabamos de meditar en la liturgia del domingo pasado.

El título de este artículo me lo sugirió un gran amigo, el arquitecto Armando Chávez Ponce de León, originario del gran pueblo de Lagunillas y hermano de monseñor Rafael Chávez Ponce de León, con quienes compartíamos un desayuno para echarnos porras mutuamente. Hablamos de la familia, de nuestros proyectos, de nuestras actividades diarias en donde ponemos el corazón y la alegría de hacer todo el bien que podamos a nuestro paso por la vida. ¡He aprendido tantas cosas buenas de esta familia de catorce hijos que han hecho carreras importantes para su desarrollo integral y de toda su familia!

Este día recordamos una visita que hicimos al padre Emilio Torres Silva, en Celaya, porque “su mamá” Jovita deseaba verlo y ahí en su casa del padre Emilio le dio ese famoso abrazo de despedida. Habíamos viajado a Rincón de Tamayo invitados por el padre Manuel Rangel para festejar a San Bartolomé Apóstol, patrono de la parroquia. Presidió la eucaristía monseñor Chávez Ponce de León con varios sacerdotes de la región y por cierto pronunció una homilía al estilo de las del papa Francisco. El padre Tito se luce cuando se prepara y sabe volar y aterrizar con un pensamiento que queda en el alma. La comunidad festejó la homilía con un gran aplauso.

A la gente sencilla y humilde le gusta que les toquen el corazón con la palabra viva del evangelio.

No fue fácil encontrar al padre Emilio pero Jovita insistió con la energía y la bondad que le caracteriza hasta que encontramos la casa del padre Emilio, a quien deseaba ver y manifestarle su agradecimiento por la amistad con la familia Chávez Ponce de León, de Lagunillas.

Se dieron un fuerte abrazo y Armando notó unas lagrimillas en los ojos de su mamá; fue realmente un abrazo de despedida porque al poco tiempo moriría el padre Emilio.

Pero es muy importante señalar como inició la amistad del padre Torres con toda la familia. El padre Emilio llegaba a tomar posesión de la parroquia de Huiramba el 26 de Junio de 1952 y en aquella época de caminos difíciles. Iba en la mudanza con sus dos hermanas y el camión se quedó atascado sin poder salir en medio de la noche que había caído. Además, una lluvia persistente hacia más difícil el camino. En lugar de quedarse ahí, desanimados en medio de la noche, caminaron como un kilómetro y medio a pie -el padre Emilio y sus hermanas-, hasta llegar a Lagunillas. Se acercaron al templo y buscaban la casa parroquial y llamaron a la puerta de la familia Chávez Ponce de León. Era ya media noche. Se levantó don Juan, el esposo de Jovita y se presentó el padre Emilio y explicó sencillamente la difícil situación en la que se veían. Don Juan abrió inmediatamente las puertas de su casa y pasó corriendo a dar la noticia a su esposa; y, Jovita, con gran caridad y bondad, levantó a los hijos y los amontonó ahí como pudo. Cambió las sabanas y las cobijas y les dio la bienvenida para que descasaran en aquella casa hospitalaria esa noche inolvidable. Ahí nació la amistad dando posada al peregrino y acogiéndolo con todo cariño y dándole lo mejor que tenían para ayudarlos, en medio de la difícil condición en que se encontraban. Al día siguiente los atendieron de todo a todo. Don Juan preparó una yunta de bueyes, que no faltaban en Lagunillas, para poder jalar la mudanza y sacarla del lodazal y poder llegar al famoso pueblo de Huiramba. Esa casa y esa familia siempre han sido bendecidas por Dios, porque saben dar con alegría y en abundancia lo que tienen.

Es interesante dar una noticia sobre Huiramba. La palabra “Huiramba” es de origen chichimeca y significa: lugar donde hay una piedra laja grande. Es uno de los municipios michoacanos más pequeños con una extensión de 79.34 kilómetros cuadrados. Una altura de 2,100 a 2,700 metros sobre el nivel del mar. Colinda con los municipios de Tzintzuntzan, de Pátzcuaro, de Morelia y de Lagunillas. El municipio fue creado en 1950. Anteriormente pertenecía a Pátzcuaro y a Acuitzio. En el pueblo de Huiramba y en el “sobrado” se han encontrado manufacturas de estilo prehispánico que manifiestan un origen anterior a la colonización española. Es probable que los agustinos asentados en Tiripetio hayan sido los encargados de la catequización, al menos de la cabecera municipal.

Casi todas las localidades que actualmente conforman este municipio en el año 1855 se agruparon en la nueva parroquia de Jesús Huiramba, que se separó de la parroquia de “San Juan Tiripetío”. El municipio cuenta actualmente casi con 8 mil habitantes.

La parroquia de Huiramba ha tenido la suerte de contar con magníficos párrocos, como el padre Emilio, don Aurelio Ayala López, el padre José Castillo, el padre Diego Gutiérrez “de corazón de azúcar” y el padre Mariano Aguirre, quien finalmente entregó la parroquia al joven entusiasta Emilio Torres en el año 1957 (quien murió en Celaya en el año 2015). Quien saltó de alegría al ver a la familia que tanto recordaba como sacerdote, como compadre, como amigo agradecido. Todos los pueblos guardan anecdotarios muy valiosos sobre la persona y las actividades de sus párrocos. Esa gente de Huiramba es gente de fe. Enraizada en sus tradiciones y costumbres. Gente que ama la vida y sabe colaborar para el desarrollo del pueblo con todo lo que puede.

El arquitecto Armando fue a entrevistar a algunas personas, especialmente para que le contaran algo sobre la vida del padre Emilio. La señora Antonia Rangel Cerna, de 68 años, decía que era un hombre que no podía estar quieto. Abrió la circulación del entonces brecha de El Correo a Lagunillas. La señora Aurora García, de 75 años, y la señora María del Rocío Ramírez relatan que las hermanas del padre Emilio, María Luisa y Anita les impartían clases de lectura, de costura y de repostería “pan de caja”. Especialmente recuerdan las fiestas navideñas. Como gozaban los niños al ver los grandes costales de cacahuates, de naranjas, de cañas, que después de las posadas en la casa parroquial el padre Emilio les regalaba en abundancia la fruta de la época y gozaba con los niños el romper las piñatas. Era un hombre profundamente alegre, muy entusiasta y le encantaba el deporte y la música.

Cuando el sacerdote se entrega generosamente a servir y hacerlo de todo corazón, tiene el camino abierto para sembrar abundantemente la semilla del evangelio. Se hizo todo a todos para ganarlos a todos y así podemos decir de muchos párrocos ejemplares, que quisieron mucho toda esa gente de Huiramba y sus alrededores. El padre Emilio amó entrañablemente su parroquia. Gente de trabajo, de colaboración que sabe estar presente en los momentos de dolor y en los momentos de tristeza que tiene la vida.

La hospitalidad del corazón es la que cuenta. La fe es la impulsora de las tareas difíciles que todos podemos realizar en la vida si convertimos la fe en vida. Los hechos son los que cuentan. Ya todos esos párrocos están en el cielo y no se olvidan de su Huiramba querida.

El Padre Emilio murió en Celaya Guanajuato en Octubre del 2015.

¡Un abrazo de despedida dice tanto!

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