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Grandeza de la humildad

23 de febrero, 2016

admin/La Voz de Michoacán

Es lo que más admiro. La transparente coherencia entre la fe y la vida del papa Francisco, siervo de los siervos de Dios. Es un hombre con tantos dones, con tanta sabiduría, con tanto amor a la humanidad que tan solo su presencia nos conmueve y nos hace sentirnos felices de ver en el vicario de Cristo el hacerse todo a todos para ganarlos a todos.

Pero esa grandeza viene de la fe que el apóstol Pablo pone de relieve al presentar la historia de los patriarcas y los justos del antiguo testamento. Porque la fe no es tan solo un camino, sino también una edificación como la preparación de un lugar en el que el hombre pueda convivir con los demás.

El papa Francisco vino a nuestra tierra movido por el espíritu santo y a hablarnos de cuáles son los verdaderos cimientos para edificar una ciudad nueva que sólo puede venir de Dios. El hombre de fe se apoya en Dios y así adquiere esa solidez que da consistencia a una ciudad edificada sobre la piedra viva de Pedro.

Solo así pueden ser solidos los vínculos humanos cuando Dios se hace presente en ellos. Porque no se trata solamente de esa solidez interior que llama el Papa una convicción firme del creyente; la fe ilumina las relaciones humanas porque nace del amor y sigue la dinámica del amor de Dios.

Este Dios digno de fe construye para los hombres una cuidad fiable, acogedora, que mostró alegría y bondad para recibir a sacerdotes, religiosas y seglares comprometidos que vinieron de lejos no tan solo para ver sino para sentir esa palabra que tocó los corazones con delicadeza, con bondad y con anhelo de una esperanza firme en que todos tenemos que decirle a Dios, hoy más que nunca: “SEÑOR, AUMENTA NUESTRA FE”.

La fe es como la brújula que guía la barca para llegar a la otra orilla, al encuentro del amor originario de Dios en donde se ilumina el sentir de la bondad de nuestra propia vida. Por eso la bondad de una persona nos cautiva. La luz de la fe permite valorar la riqueza de las relaciones humanas, su capacidad de mantenerse, de ser fieles, de enriquecer la vida común. Esta fe que no es de ninguna manera ajena a los afanes concretos de nuestro tiempo, la fe puede realizar cosas imposibles. Es necesario caminar, querer concretamente a los hombres de nuestro tiempo, mantenernos verdaderamente unidos. La unidad no se concibe sólo como fundada en la utilidad, en la suma de intereses pero no en la bondad de vivir juntos ni en la alegría que en la sola presencia del otro puede suscitar.

El destino definitivo de las relaciones humanas es el bien común; su luz no solo luce dentro de la iglesia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades para que avancen hacia el futuro con esperanza.

ESPERANZA palabra que acentuaba el papa Francisco al mirar que en estas tierras tan llenas de valores, existe la cizaña de la maldad, de la violencia, del terror y del miedo.

El papa Francisco es un hombre optimista. Quiere que los gobernantes de los pueblos gobiernen con sabiduría que lleva paz y justicia. “Las manos de la fe se alzan al cielo, pero a la vez edifican en la caridad una ciudad construida sobre las relaciones que tienen como fundamento el amor de Dios”

Caminamos como Abraham a la ciudad futura, donde la familia necesita la humildad para pedirle a Dios la unidad estable entre el hombre y la mujer: nace de su amor, signo y presencia del amor de Dios, del reconocimiento y la aceptación, de la diferenciación sexual que permite a los conyugues unirse en una sola carne para que existan esas familias bonitas donde hay alegría, comunicación, amor, respeto, servicialidad, confianza y sobre todo humildad.

Prometer un amor para siempre es posible cuando se descubre un plan que sobrepasa los propios proyectos que nos sostiene y nos permite entregarnos totalmente a la persona amada. El mismo papa Francisco al mirar a una familia con sus hijos, expresó lo siguiente: “¡QUÉ BONITA FAMILIA!”. No se puede ocultar la felicidad iluminada por la fe del amor que nos confía el misterio de una nueva persona. Sara llegó a ser madre por la fe contando con la fidelidad de Dios a sus promesas. En una familia con fe los niños aprenden a fiarse del amor de sus padres. Por eso es muy importante que los padres cultiven prácticas comunes de fe en la familia, que acompañen el crecimiento de fe en los hijos.

Todos vimos ese entusiasmo de la juventud, cuando los jóvenes manifiestan esa alegría de la fe, el compromiso de la fe cada vez más sólida y generosa. Los jóvenes aspiran a una vida grande. Entonces se amplía el horizonte de la existencia, les da una esperanza sólida que no defrauda. La fe no es un refugio para gente fusil anime, mediocre; sino ensancha la vida. Hace descubrir una gran llamada a la vocación del amor, y asegura que este amor es digno de fe y que el amor es más fuerte que todas nuestras debilidades.

El papa nos invitó a la fraternidad. Eso ha sido la historia de la fe. Una historia de fraternidad, aunque no exenta de conflictos. Gracias a la fe dice el papa Francisco hemos descubierto la luz del rostro de Dios que ilumina a través del rostro del hombre. A una persona profundamente humana no la podemos rechazar. Cuando la fe se apaga, se corre el riesgo de que los fundamentos de la vida se debiliten con ella, como dice el poeta Eliot: “¿tenéis acaso necesidad de que os diga que incluso aquellos modestos logros que os permiten estar orgullosos de una sociedad educada difícilmente sobrevivirán a la fe que les da sentido?”

Las palabras se las lleva el viento pero lo que queda es el ejemplo de quien ha hablado con el corazón en la mano y con la verdad que nos hará libres.

Lo único que puede frustrar la grandeza del hombre es el egoísmo.

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