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Héroes desconocidos

14 de julio, 2015

admin/La Voz de Michoacán

En todos los tiempos han existido esas personas que llamamos héroes porque han realizado algo extraordinario en bien del hombre. Héroes literarios. Héroes cinematográficos. Personas que comunican siempre entusiasmo para vivir, personajes que dejan una huella indeleble en su paso por la vida, como muchos sacerdotes amigos que están plenamente entregados a servir en todo momento a quienes piden alguna ayuda espiritual, humana o económica.

Son seres invisibles dijéramos. No quieren manifestar lo que hace la mano derecha apuntando con la izquierda sus obras buenas. Uno no puede menos de reconocer a esos sacerdotes que aman en silencio, la vida, la oración y estar edificando sobre roca viva un reino de paz como de justicia y de amor.

Odian la mediocridad.

Son gente sencilla y con sus gestos manifiestan una confianza y un acercamiento a toda persona.

Sinceros sin aspaviento, persona sin máscara y sin comedias. Me ha tocado la suerte de conocer muchos hermanos y amigos que me han enseñado a ser feliz con esas actitudes tan maravillosas donde manifiestan continuamente su gran corazón.

Están conscientes plenamente de su misión tan responsable pero tan hermosa. Siempre gozan haciendo bien a todos. Servidores al 100%. Buscan el equilibrio espiritual y emocional. Moderados en todo. No confunden el respeto con el aborrecimiento. Viven siempre con la luz del medio día en el rostro y la sonrisa espontanea que brota ante la ocurrencia inteligente para buscar siempre el acercarse y dar confianza a los demás. No buscan lo raro ni hacerse notables porque eso manifiesta ya un desequilibrio total en todo. Para triunfar no se necesita gritarlo; sino como los santos vivir siempre con alegría y buscando lo mejor que existe en cada persona en cada lugar en cada encuentro providencial con alguien que nos enseñó alguna lección de la vida.

Hay que transmitir de una manera espontánea y generosa lo que se lleva en el alma. Hemos tenido la dicha de tener Pastores jóvenes, sencillos que saben acercarse a toda persona para bendecir y alentar siempre en las diversas dificultades de la vida.

Siempre descubrimos en el rostro feliz la presencia de la verdad y de la bondad que ilumina y transforma al ser humano cuando se propone con humildad ponerse en las manos de Dios, como el barro en las manos del alfarero para que Dios lo haga a su gusto y lo transforme en un vivo ejemplo de su aprecio por toda persona humana.

Tal parece que hoy día nos hemos impuesto la obligación de vivir angustiados, tensos en el mal sentido de la palabra, un poco de madurez para no confundir la vitalidad con el baile de San Vito.

La verdadera personalidad es, me parece a mí lo contrario a esa neurosis exhibicionista. Grande es para mí quien ama la fiesta. Quien ama el silencio. El que espera preparándose para la otra vida sin ruido, siempre confiado en la infinita misericordia de Dios. Grande es el que tiene cada amanecer un corazón nuevo y alegre, abierto y disponible para aceptar la vida como viene, sabiendo que no se regala nada, que hay que construirlo todo con el terco trabajo sin ruido.

Es decir, grande es para mí exactamente lo contrario a esas marionetas que salen en la televisión agitándose como epilépticos.

Me pregunto cuál será la razón por esta notable carencia hacia el sacerdocio. Pero sigue habiendo jóvenes valientes que se entreguen de corazón a servir a Dios y al hombre entregando su vida a la obediencia. Buscar siempre llevar el alma limpia que sólo se obtiene con la gracia de Dios. Ser plenamente desprendido de todo aquello que puede atarnos e impedirnos vivir en plena libertad.

Hace poco hubo una ordenación sacerdotal de 49 jóvenes en la notable Arquidiócesis de Guadalajara y un número notable también en nuestra Arquidiócesis de Morelia. Jóvenes llenos de entusiasmo, sencillos y generosos que están dispuestos a servir hasta el último rinconcito donde hay alguien que los está esperando.

El sacerdocio no es una simple profesión. Es una elección gratuita por parte de Dios para que reciba su encargo con mucho cuidado y reparta la verdad y el bien y la alegría del evangelio a manos llenas.

Me sorprende que algunos sacerdotes pongan en duda su identidad sacerdotal. Ellos no acaban de ver muy bien para qué sirven y que tampoco lo entienda y valore suficientemente la comunidad.

Hay una anécdota de un sacerdote, el famoso Padre Salitas, que descanse en paz, a quien nombraron párroco de Chiquimitio y se dio cuenta de que no lo habían recibido con mucho gusto los feligreses y al llegar el domingo al celebrar la Eucaristía les dijo: “me he dado cuenta de que no les caigo bien, pero estamos tablas”. Y con esa broma se rompió el hielo.

Yo entiendo que sea más difícil para un muchacho iniciar una carrera en la que no sólo va a ganar menos que siendo fontanero o maestro albañil, sino en cuya realización viera felices y radiantes a quienes la viven.

No saben cuánto bien hacen esos sacerdotes que contagian alegría y con una mirada, una palabra, una sonrisa espontanea siembran la confianza para vivir la auténtica felicidad. Basta con vivir lo que verdaderamente se ama. La barca de la Iglesia recibirá quizá mucha agua por las ranuras y se hundiría si Cristo no fuera también presente en esa barca. El sacerdote es Él.

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