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La alegría de la familia

5 de abril, 2016

admin/La Voz de Michoacán

No hay escuela más perfecta para aprender a vivir que en la familia. Todos recordamos con gran alegría el rinconcito de amor donde nacimos, donde dimos los primeros pasos. Nos sentíamos felices en un grato ambiente cuando hay un grato amor a la vida.

Mis primeros recuerdos fueron las “posadas” para esperar con gran alegría la Navidad. Teníamos presente en la mente y en el corazón a ese niño Dios sonriente y amable que sabíamos que venía acá a nuestra casa a darnos felicidad. Esperábamos con una indecible alegría la Navidad porque era una esperanza de recibir grandes regalos con gran ilusión, principalmente los más pequeños.

Fuimos una familia compuesta por 12 miembros, 6 mujeres y 5 hombres. Ya pueden imaginar el griterío de todos los que participaban también en el mismo patio para romper la piñata. El encanto de que caía la fruta y algunos juguetes al romper la piñata. Era toda una ilusión en la que participaban también muy de cerca los papás.

Y luego la fiesta de los Reyes Magos. Tendría yo como 7 años cuando me di cuenta que los Reyes Magos eran los papás. ¡Oh desilusión! Ringla de zapatos en el patio donde los Reyes Magos supuestamente colocaban los regalos que les habíamos pedido. Recuerdo que en el zapato de mi abuelita de Rafaela dejaron un paquete de cigarros “Faros”. Cada quien se conformaba con lo suyo no había ni envidias ni discusiones. Simplemente aceptamos lo que habíamos pedido en una carta a los Reyes con la promesa de portarnos muy bien. Y portarse bien significaba: estudiar, obedecer, hacer algún trabajo o mandado, sentir la presencia del niño Dios a quien nos daban a besar en una imagen muy bonita que venía de generaciones. Y en el nacimiento no faltaban las imágenes de la Santísima Virgen María y de San José.

Una infancia sencilla pero inolvidable. Los primeros recuerdos. Las primeras palabras que dijimos eran nacidas del corazón y un día los Reyes Magos me dejaron este recadito: “Lillo”, prepárate para tu Primera Comunión”. Mi mamá Paulita me explicó qué significaba hacer la Primera Comunión y cómo debía prepararme porque el niño Dios también iba a nacer en mi corazón. Eso no se me olvida, siempre lo recuerdo cuando voy a recibir el cuerpo de Cristo.

Me dio la Primera Comunión el Padre José María Chávez y recuerdo que me dijo: “fíjate bien lo que te voy a decir: hoy es el día más feliz de tu vida. El niño Dios no se va a separar nunca más de ti. Él te quiere mucho. Serás muy feliz si tú también lo quieres mucho a él”.

Recuerdo que también nos fuimos con mis amigos a casa para tomar un chocolate y un pan muy rico que le llamábamos: “Fruta de Horno”.

Mi infancia fue como un suspiro.

Mi primera aventurilla fue torcerle la cabeza a un gallo fino que dio saltos hasta que cayó muerto entre la paja. Nadie le dio importancia a tal acontecimiento. Pero después me di cuenta que el gallo fino era de pelea y murió como queriendo pelear.

Creo que todos tenemos aventuras de nuestra infancia. Andando el tiempo apreciamos lo que es ser niño, sin malicia, sin telarañas en el cerebro, sin maldad en el corazón. Ahí radica el sentido de la alegría familiar. Darle importancia a lo que verdaderamente es importante para poder disfrutar con éxito el futuro.

Ver a los papás como se quieren; cómo tratan y se preocupan por sus hijos para que nunca pierdan el camino. El matrimonio nace del amor, crece en el amor, se consuma en el amor para siempre. Ahí está la raíz de la alegría de vivir amando y aprender esa difícil ciencia que solo se trasmite con el testimonio. Principalmente los niños en esta edad, cuánto necesitan de la presencia de los padres, de oír sus palabras de cariño, de sentir la caricia que solo ellos les pueden dar, de que no los extrañen, aunque tengan otras actividades importantes que hacer.

El matrimonio se realiza con grande alegría. El día de la fiesta hay música, cantos, baile, gran entusiasmo y los esposos recordarán siempre con alegría esa inolvidable fiesta de su boda. Hay muchos matrimonios que en ciertas etapas de su vida matrimonial jamás se olvidan de recordar la alegría de su boda y es una oportunidad muy importante para reunirse toda la familia que ha crecido y se ha relacionado de una manera cordial y sincera.

Los hijos son la más plena alegría de los padres. Todos diferentes en carácter, en gustos, en aficiones; pero todos unidos en el mismo amor con sus queridos padres que han dado la vida por ellos. Ellos llevan marcado el sello de sus padres: dedicación, trabajo, sacrificio, generosidad, entusiasmo para ser alguien en la vida que deje huella indeleble por las diversas cualidades que cada uno ha cultivado para el bien de la familia y del mundo.

Todo como fruto de formación y del cuidado que ponen los padres en sus hijos.

Creo que hoy día uno de los atajos que hay que recorrer para encontrarse con cada hijo es descubrir en las diversas etapas de la vida cual será la vocación que Dios les ha dado para sembrar el gozo de vivir en todas las personas que traten con ellos.

Hoy mismo, hace unos momentos vino a visitarme una señora de edad, acompañada de su hija y advertimos con que cariño, con que bondad y delicadeza la trata y le ayudó a subir al automóvil con una paciencia y ejemplar cariño.

Recuerdo que alguien me contaba que su papá se fue un buen tiempo a Estados Unidos y al saludar a su hijo pequeño, quien ya no lo recordaba, lo abraza y le dice “tío hace mucho que no te veo” y entonces aquel padre reflexiona y le “cayó el 20”… “ya no volveré a dejar solos a mis hijos”. La familia es el supremo valor del mundo.

Hay alegría en la familia, cuando hay paz, cuando hay amor, cuando hay un interés muy grande por los hijos, quienes quizá no advierten todo lo que significa para sus padres el tesoro de un hijo que va a crecer y a desplegar su vuelo; pero como una águila, que busca siempre las cumbres y no los abismos. La verdad y justicia, el respeto a la persona y el gran amor a la vida y jamás nublan su alma con la tiniebla del error y de la mentira.

AMOR, VERDAD Y PAZ que tienen que aprenderse desde la niñez para poder vivir como Dios lo quiere. Siempre alegres.

¡Aleluya!

 

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