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La historia de mi yuca

1 de abril, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Tenía muchos deseos de tener una yuca en el jardín de mi casa. Es verdad que nos encanta ver las plantas en un jardín, todas nos hablan de lo mismo, los árboles, las flores, todo eso que expresa la hermosura infinita de Dios. Tiene mucha razón el compositor yucateco Palmerín en cantar: “Entre las almas y entre las rosas hay semejanzas maravillosas”. Cada persona admira su flor preferida; pero a la rosa ni siquiera hay que tocarla, pues al verla cada amanecer se ven frescas y radiantes las manos de Dios. Por la rosa vivimos la verdadera vida florecida de gozos, porque al verla sentimos la caricia de nuestra madre amada. La rosa llena de amor la vida. El creador complacido al ver la flor más bella expresó lo que decimos todos: ¡Qué bella hice la rosa!. Pero en mi jardín me hacía falta una planta para mí, muy simbólica: La yuca.

Recuerdo haberla visto erguida y como reina del paisaje en la casa de unos grandes amigos míos, Rosy y Pedro Delgadillo Hernández. Se recorta entre el firmamento y el lomerío encantador de una casa luminosa, donde aprecian mucho el jardín y donde cada vez que visito esa casa veo nuevas plantas.

Pit y Coco, como les llaman sus nietos a estos queridos abuelos, vieron que me gustaba elogiar mucho la yuca y me regalaron una planta que ya está en mi jardín. La yuca que significa sacrificio. Paciencia. Entrega generosa, gozo, alegría de ver en su jardín la trasparencia del alma en donde existe la armonía, la concordia, la comunión de corazones que saben tener siempre abierta la puerta de su casa y más el corazón.

La yuca ha nacido para manifestar el verdadero amor que difunde paz en el desierto, exquisita bondad contra las tempestades y los vientos, fortaleza para superar las adversidades del desierto.

Eso es lo que expresa para mí la yuca. Yo no tengo el cuidado, la dedicación y el gusto por ver el jardín florecido, porque el jardinero aunque ama las plantas y se alegra de ver las flores no alcanza a comprender lo que significa la yuca en un jardín.Para mí es la más elocuente de las plantas.

Cada vez que salgo al jardín, pronuncio un salmo por la vida de mi yuca plantada para expresar lo que siento y llevo en el alma. La sincera amistad, la entrega de la vida al gran amigo que nos dio todo para sentirnos felices. Vive además la yuca, de soledades y entre espinas y llantos perdidos en la inmensidad del desierto y la llanura.

El cactus vive del dolor que solo Dios conoce.

He escrito un salmo a mi yuca, porque ama con sabiduría y sufrimiento el desierto de la vida que cruzamos, no precisamente con jardines floridos sino por las posibilidades de vida que hay en el hombre que se preocupa por cuidar el encanto de la naturaleza. Admiro de verdad, la actitud de estos amigos míos que quieren ver florecida su casa. Pero florecida del verdadero amor y para eso hay que aceptar largos inviernos, pero con la esperanza que siempre tendremos ver florecido el huerto interior de nuestra vida por donde corre el agua viva de la gracia que nos lava y purifica para vivir en armonía y en paz con todos.

Alguien me dijo que un día mi yuca terminaría por dar flor, que llenará mi casa de un olor penetrantísimo. Tal vez durante años. Esperaré. No tengo prisa alguna. De momento estoy orgulloso y agradecido con quienes me regalaron esta yuca donde ya comenzaron a estallar los brotes nuevos. ¿Cómo podemos hacer brotar en tantas almas la alegría de las flores? sólo con que alguna vez las mirásemos y quisiéramos tanto como admiramos y queremos las plantas en nuestro jardín.

La flor puede nacer en el campo, en el patio cerrado de la casa, pero mucho mejor que nazca en el alma.

El que ama las flores y las plantas hermosas, ama la vida y sabe dar amor.

No hay gozo más satisfactorio que ver florecer los árboles en el propio jardín, cortar sus frutos y saborear el encanto de dar lo mejor de sí mismo, dejando caer las hojas que se lleva el viento.

La yuca es una planta prehistórica con diversas virtudes, aunque su principal función es adornar la casa y verla poco a poco crecer aún entre los pedregosos y difíciles caminos. Así tiene que crecer la vida del hombre que sabe mirar hacia el amanecer en medio de la noche del desierto.

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