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Las claves de la genialidad

2 de junio, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Me ha impresionado mucho el leer la historia de Albert Einstein el mayor genio científico del Siglo XX. El hombre que abrió las puertas de la ciencia atómica, el que asustado un día por la fuerza terrible de sus descubrimientos el escribió que aún no sabía con qué armas se combatiría en una posible tercera guerra mundial, pero que de lo que estaba seguro es de que, si llegaba a haber una cuarta, en esta se lucharía con arcos y flechas porque todo el resto de la civilización se hubiera destruido en la tercera.

Entonces el mundo hubiera caído en el círculo del odio que se describe plásticamente con las siguientes actitudes. El dueño de una empresa le gritó a su administrador, porque en ese momento estaba muy nervioso.

El administrador llegó a su casa y le gritó a su esposa, acusándola de gastar demasiado al verla con un vestido nuevo. La esposa le gritó a la empleada porque había roto un plato. La empleada le dio un puntapie al perro porque la hizo tropezar. El perro salió corriendo y mordió a una señora que pasaba por la calle porque le molestaba su presencia. Esa señora fue al hospital para que le curaran sus heridas y le gritó al médico porque al curarla le hizo daño. El médico llegó a su casa y le gritó a su madre porque la comida no estaba en su punto. La madre le acarició los cabellos y le dijo: “hijo mañana te haré tu comida favorita. Tu trabajas mucho estás cansado y necesitas de una buena noche de sueño. Voy a cambiar las sabanas de tu cama por otras más limpias y perfumadas para que descanses profundamente y mañana te sentirás mejor. Luego lo bendijo y salió de la Habitación dejándolo descansar.

En ese momento se interrumpió el círculo del odio porque choco con la PACIENCIA, el PERDÓN y el AMOR.

Cuando el hombre vive en guerra entra indudablemente al círculo de este odio. Y las armas para vencer son la paciencia y el amor. Con guerra y con violencia se destruyen todos los genios.

Dicen que Albert Einstein era un desastre en sus primeros estudios. Fue en sus primeros años iniciales un niño retrasado, hasta el punto de que sus padres llegaron a temer que se tratara de un deficiente mental. A los tres años aún no sabía hablar. Conocía sólo cuatro o cinco palabras y aún estas las decía con dificultad.

Pero este retraso pasaría pronto y a los seis años comenzó a presentarse como un chiquillo normal. Pero ahora la rémora fue su invencible timidez. Aquel chiquillo se pasaba días enteros sin decir palabras a nadie. Y las cosas no fueron mejor en la escuela. Jamás destacó por sus notas, ni fue especialmente simpático. Tanto que, cuando comenzó a llamar la atención en el campo científico, los periodistas preguntaron por el a sus viejos condiscípulos y ni uno solo le recordaba. Jamás fue el primero de la clase ni cosa parecida. Y, en realidad, sólo a los 15 años despertó la luz que llevaba en el alma. Esa luz misteriosa que llevamos todos en lo íntimo de nuestro de ser para descubrir la propia vocación y decidirse a llevarla con coraje, esfuerzo, con trabajo. Hoy todo el mundo le llamamos genio.

Pero yo nunca he creído que el genio nace como si la genialidad fuera una especie de chispa divina que te dan o no te dan; pero que fructifica ella solita si has tenido la suerte de recibirla. Al contrario, la historia está llena de posibles genios que se frustraron en alas de la vagancia y del vicio y los hombres normales que a base de esfuerzo han alcanzado las orillas de lo genial. De hecho podemos asegurar que de 20 personas que llegan a destacar en su vida, tal vez uno o dos fueron chavales punteros en sus estudios; pero los demás se situaron en el montón.

Entonces cuáles son las verdaderas claves de la genialidad. Me atrevería a señalar dos: el trabajo y la concentración constante en un objetivo. En otras palabras tratar de llevar a cabo lo que nos hemos propuesto cueste lo que cueste, con entusiasmo y con alegría, derramando bondad por todas partes sabiendo que el verdadero genio se cultiva momento a momento, día a día y jamás mira hacia atrás y ama la verdad y la vida. Yo tengo la dicha de conocer estos genios notables que no sólo han hecho el bien a mí; sino a tantas personas que han tratado por su misión que han recibido de lo alto y han sido fieles a pesar de la incomprensión y la indiferencia.

El trabajo es algo imprescindible para lograr el triunfo; tanto, que San Pablo llega a decir: “el que no trabaja no tiene derecho a comer”. Y que triste que los malvados se sientan genios porque se han burlado de la justicia.

Tal vez la mejor definición del genio es un gran entendimiento del gran poder concentrado en un solo punto. Un gran hombre me parece a mí, debe de tener muy claro en su alma qué es lo que quiere y a dónde va y dicha esta opción, dirigirse a ella sin vacilaciones, sin dispersarse, apasionadamente y sobre todo pacientemente. Creo que a todos nos falla esta virtud de la paciencia de la cual dice Santa Teresa de Jesús: “que la paciencia todo lo alcanza y todo lo vence”.

Cristo fue el hombre- Dios que tuvo una paciencia infinita con todos y cada uno de los que venía a salvar con la verdad de su evangelio. Paciente con sus amigos, paciente con sus discípulos, paciente con los que se apretujaban para tocarlo. Él respondía con una sonrisa, con una bendición y con un abrazo de misericordia.

Entonces bien podemos decir que el genio es una larga paciencia. Beaudelaire respondía a una dama en qué consistía la inspiración: “la inspiración, señora es trabajar todos los días. Es decir la inspiración del poeta o la genialidad del genio sólo le llegan cuando ha puesto a muchos grados y en ebullición la caldera de su inteligencia y de su sensibilidad. El resto lo hace el trabajo”.

Alguien llegó a firmar que el verdadero genio se compone de un 2% de talento y de un 98% de perseverante aplicación.

Al escribir esto pienso en esos padres o en esas madres que se desaniman ante algunos fracasos de sus hijos. Fracasar el algo normalísimo en la vida. No hay persona que no haya tenido en la vida un fracaso. Lo que cuenta pues no es este o ese fracaso sino la postura que se toma después de él. Reacciones como esta: “yo soy así”, “no hay nada que hacer”, “el que nace para maceta del corredor no pasa”. Esas son posturas de ciegos o cobardes. Lo cierto es que el genio se hace, no nace. La persona que se empeña en llevar su alma hasta el final y le saca todo el jugo que ella tiene, esa persona merece nuestro cariño, nuestra admiración y nuestro respeto.

Es muy cierto que puede haber diferencias de talento, pero desde un talento medio puede subirse a una obra enorme. Que lo diga sino Einstein por quien nadie hubiera dado por él ni cinco centavos.

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