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“Los diez mandamientos de Martín Descalzo”

21 de julio, 2015

admin/La Voz de Michoacán

José Luis Martín Descalzo es uno de los grandes periodistas de España quien escribió maravillosamente las crónicas del concilio Vaticano II. Gran amigo con quien conviví las sesiones de este concilio trascendental de la Iglesia.

Martín Descalzo fue sacerdote, periodista de los principales diarios de España, escritor que ganó un premio importante con una novela y además un poeta excelente que traducía en palabras transparentes y sencillas todo su gran amor a Cristo y a la Iglesia.

Un día me contó que le habían llamado de una emisora para preguntarle cuál sería su decálogo. Era una encuesta que estaban haciendo a varios para preguntarles qué impondrían para que el mundo funcionara mejor y él se pregunta a sí mismo ¡A quien no le encantaría ser Dios durante media hora con la seguridad de organizar el mundo mucho mejor de que lo hizo el auténtico! “Dios sabe cuántas cosas impondría desde mi capricho, porque los hombres lo único que conseguimos es tratar de corregir lo que está bien hecho y causamos naturalmente muchas decepciones.

No obstante, dice Martin Descalzo y por si a alguien le sirve, “he aquí mis formularios que tal vez ayuden a otros a elaborar los propios”.

  1. Amarás a Dios, como a tu padre, como a tu amigo. No tengas nunca una fe que no se traduzca en amor. Recuerda siempre que tu Dios no es un invento. Es una persona real. Es alguien que ama y tienes que amar. Sabes que es un Dios a quien se debe amar y realmente existe. Le amarás como tú sabes: pobremente. Y te sentirás feliz de tener un solo corazón y de amar con él mismo a Dios, a tus hermanos, a Beethoven y al más maravilloso violinista. Y al mismo tiempo que amas a Dios huyes de todos esos ídolos de nuestro mundo, esos ídolos que nunca te amarán pero podrán dominarte: el poder, el confort, el dinero, el sentimentalismo, la violencia.
  2. No usarás en vano las grandes palabras: Dios, Patria, Amor. Tocarás esas grandes realidades de año en año y con respeto como la campana solemne de una Catedral. No las usas jamás contra nadie, jamás para sacar jugo de ellas, jamás para tu propia conveniencia. Piensa que utilizarlas como escudo para defenderte o como jabalí para atacar es una manera de las formas más crueles de la blasfemia.

III. Piensa siempre que el domingo está muy bien inventado, que tú no eres un animal de carga creado para sudar y morir.

A ese maldito exceso de trabajo que te acosa y te asedia algunas pautas de silencio para encontrarte con la soledad, con la música, con la naturaleza, con tu propia alma, con Dios en definitiva. Ya sabes que en tu alma hay flores que sólo crecen con el trabajo. Pero sabes también que hay otras que sólo viven en el ocio fecundo.

  1. Recuerda siempre que lo mejor de ti lo heredaste de tu padre y de tu madre. Y puesto que no tienes ya la dicha de poder demostrarles tu amor en este mundo, déjales que sigan engendrándote a través del recuerdo. Tú sabes muy bien que todos tus esfuerzos personales serán capaces de construir el amor y la ternura que te regaló tu madre y la honradez y amor al trabajo que te enseñó tu padre.
  2. No olvides que naciste carnívoro y agresivo y que por lo tanto, te es más fácil matar que amar. Vive despierto para no hacer daño a nadie ni a hombre, ni a animal, ni a cosa alguna, sabes que se puede matar hasta con la lengua, hasta negando una sonrisa y que tendrás que dedicarte apasionadamente a ayudar a los demás para estar seguro de no haber matado a nadie.
  3. No aceptes nunca esa idea de que la vida es una película del Oeste en la que el alma seria el bueno y el cuerpo el malo. Tu cuerpo es tan limpio como tu alma y necesita limpieza como ella. No temas pues, a la amistad, ni tampoco al amor ríndeles culto precisamente porque los valoras. Pero no caigas nunca en esa gran trampa de creer que el amor es recolectar placer para ti mismo, cuando es transmitir alegría a los demás.

VII. No robarás a nadie sus derechos de ser libre. Tampoco permitirás que nadie robe de ti la libertad y la alegría. Recuerda que te dieron el alma para repartirla y que todo aquel que no la reparte, lo mismo que se estancan y se pudren los ríos que no corren.

VIII. Recuerda que, de todas tus armas será siempre la más peligrosa la lengua. Rinde culto a la verdad pero no olvides dos cosas que jamás acabarás de encontrarla completa y que en ningún caso debes imponerle a los demás.

  1. No desearás la mujer de tu prójimo, ni su casa, ni su coche, ni sus aficiones y menos, su sueldo. No dejes nunca que tu corazón se convierta en un cementerio de chatarra, en un cementerio de deseos estúpidos.
  2. No codiciarás los bienes ajenos y tampoco los propios.

Sólo de una cosa puedes ser avaro, de tu tiempo, de llenar de vida los años –pocos o muchos-  que te fueron concedidos. Recuerda que sólo quienes no desean nada lo poseen todo. Y sabete que, pase lo que pase, nunca te faltarán los bienes fundamentales: el amor de tu padre que está en los cielos y la fraternidad de tus hermanos que están en la tierra.

Con esto demuestra este gran periodista esa vitalidad, ese ingenio, ese anhelo de amar y ser amado y buscar siempre el camino del bien cueste lo que cueste.

José Luis ya está en el cielo pero sigue desde allá mandando sus mensajes a todos los hombres, sus amigos.

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