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Tu vida puede ser un oasis

19 de abril, 2016

admin/La Voz de Michoacán

Esta palabra es signo de paz, de vitalidad, de refugio, de encantador descanso en medio de las arenas cálidas de la vida. Un lugar donde hay vegetación, signo de vida, donde quizá haya brotado una fuente milagrosa que sacia tu sed de eternidad. Esto podría ser una definición académica de oasis.

Pero hoy quiero preguntarme si mi vida es así, tan apacible como un oasis, un lugar muy agradable donde pueden llegar las personas buscando paz y alegría de vivir. Porque si hay paz me siento satisfecho de vivir en medio de las dificultades y contratiempos que tiene la vida. Ahí no hay violencia, destrucción, muerte y  me pregunto ¿qué podría hacer yo para convertirme en un oasis que invita a la soledad y al milagro de la vida?

Recuerdo aquel oasis en mi niñez donde las pequeñas cosas despertaban en mí la alegría de ver las golondrinas, de tener ilusiones, de hacer volar los papalotes y pasar horas haciendo barquitos de papel o pajaritos que echamos a volar viendo la hermosura de las estrellas y la inmensidad del cielo azul.

Ese OASIS inolvidable de la “noche de paz”. Noche de amor donde la fiesta del niño Dios recién nacido estallaba en globos de colores, en hermosas piñatas, en cantos de gloria y alabanza a quien vendría a fundar el verdadero oasis de la vida: LA PAZ Y EL AMOR.

Una etapa en la que nada, absolutamente nada nos preocupaba.

Siento que mi casa, mi familia era así como un pequeño oasis donde nos reuníamos a recibir la frescura del rocío de la tarde en donde las mayores preocupaciones eran oír los maullidos de los gatos que infundían miedo. Todos en alguna forma como humanos hemos sentido miedo por algo. Aquel gato café que maullaba desesperadamente tenía rabia y me escape de que me mordiera. Eran los contratiempos y esos detalles por los que mucho tiempo recordé a ese gato café y a fin de cuentas murió de rabia. ¡Qué triste que una persona pueda morir de rabia por no tener paz y que distinto morir por amor a la vida!

Todos dicen que los gatos se comen a los ratones. Ojala que así fuera aunque siempre lo he dudado. Hoy día cuando oigo maullar a los gatos en la calle o en el patio de casa, siempre recuerdo al gato rabioso que quiso hacer maldades y a fin de cuentas murió sin pena ni gloria.

Esa visión en el oasis del desierto de nuestra propia vida nos hace realizar algo para luchar contra todo aquello que nos quita la felicidad y así lograr la justicia y la paz.

Caminar y caminar sin rumbo y sin historia es adentrarse en el desierto de la propia vida cuando ésta se ha apagado en las noches de las dificultades. No saber qué es lo que quiero, qué quiero hacer con mi vida y terminar convencido de que la violencia jamás me llevará a descubrir el oasisque nunca encontraremos porque hemos equivocado el rumbo.

En el mundo de hoy encontramos a muchos adolescentes y jóvenes que se pasan la vida atendiendo a las mascotas, que en lugar de ayudarnos a vivir mejor, nos estorban porque hay que atenderlas como si fueran personas. Esta es una realidad que constatamos todos y el hogar no se vuelve amable.

El oasis ésta en el interior de mi propia vida, como cuando respiro felicidad, bebo el agua clara de mi propia fuente, saboreo los frutos del árbol de mi propio oasis. Árbol que da frutos deliciosos porque esta enraizado en el propio corazón.

Oasis donde se experimenta la verdad, la paz, la alegría, la frescura de la vida que se renueva cada mañana. Esa alegría que definitivamente brota espontáneamente del amor pero no hay que instalarme; hay que seguir adelante a pesar de la cálida arena del desierto, de las tempestades, de los contratiempos, de las malas noticias que nos llenan de miedo y nos quitan la esperanza.

El oasis no puede ser momentáneo.Es el refugio en el camino que día a día tenemos que iniciar para lograr llegar a la meta. Y hacer de la vida diaria un oasis es un verdadero milagro. Tú has andado en el camino del milagro de la vida. El milagro de amar, pueden hacerlo todos: niños, grandes, pobres y ricos. A un hombre podrán privarle de todo pero nunca de la capacidad de amar.

Un hombre puede sufrir un accidente y no poder ya nunca más volver a andar. Pero no hay accidente alguno que nos impida amar. Un enfermo mantiene entera su capacidad de amar. Pude amar el paralitico y morir amando hasta el condenado a muerte.

Amar es la capacidad inseparable del alma humana. Algo que conservará el más indeseable de los hombres. Solo en el infierno no se puede amar. Porque el infierno es literalmente eso: NO AMAR. No tener nada que compartir, no tener la posibilidad de sentarse junto a alguien para decirle: ¡ANIMO!

Mientras vivimos no hay cadena que maniate el corazón, salvo, claro está la del propio egoísmo, que es como un anticipo del infierno.

Los verdaderos criminales, decía un escritor son los que se la pasan la vida diciendo; “yo, siempre yo”.

En cambio ahí donde se ama se ha empezado a construir  el cielo a fuerza de milagros. En definitiva, los milagros para Jesús eran ante todo, los “signos del Reino”  y que mejor signo del Reino del amor total que empezar queriéndose aquí con amores pequeñitos, como un beso del niño a su madre que se le queda para siempre grabado en su alma. Vivir dando amor es hacer vivir. Nada producimos, ni damos cuando nos encerramos en nosotros mismos.

Ese oasis de los hogares sencillos y amables comunican espontáneamente la felicidad. Ayer tuve la oportunidad de comer con una familia alegre, sencilla y generosa y saboreamos la amistad con una copa de vino mientras comentábamos cuántas ocasiones nos da Dios para gozar del mundo y de la vida. Cuando vive uno feliz hace felices a los que conviven en el mismo hogar, comen los frutos de la alegría, beben de la propia fuente del amor y sabe dar mano y no importa lo que pueda hacer con esa mano. Regresé lleno de alegría a la casa. Ahí en aquel hogar de varias familias -una sola familia- en comunión de paz sentí el gozo de vivir en un oasis, lleno de luz, de sinceridad y de amor.

Invito a que hagas de tu familia el oasis más encantador y compartas esa alegría que viene desde lejos; desde aquellos abuelos trabajadores y amorosos que hicieron historia y la escribieron no con palabras, sino con hechos. Esos hechos que son signos de un amor que no muere.

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