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Un pedacito de pan

8 de marzo, 2016

admin/La Voz de Michoacán

Los mexicanos somos muy dados a utilizar el diminutivo y a veces exageramos diciendo “ahorititita” para indicar que no tardamos en llegar. O también la perspicacia mexicana la utiliza con cierto tono de reprensión: “ya verás chiquitito”. El caso es que el acento, el colorido que damos a la palabra con nuestra voz, el gesto con el que pronunciamos es una palabra que nos dice mucho, como manifestar nuestro aprecio y nuestro cariño por una persona. Todos en alguna forma recordamos que cuando niños, nuestros padres siempre nos manifestaban el cariño con un diminutivo, que a veces se nos queda para toda la vida. Eso nos indica que todos tenemos hambre de cariño.

Pero hay algo muy importante cuando nos referimos a un pedacito de pan y queremos significar con ese pan la necesidad que tenemos de comer para saciar el alma de nuestra verdadera felicidad. Porque no se trata solamente de algo material sino de manifestar un especial cariño de atención con alguien que está siempre cercano a nuestro corazón. El diminutivo nos deja algo que nos agrada cuando se pronuncia con verdadero acento de cariño. Papi, mami, son las primeras palabras que comienza a pronunciar un niño y las repetiremos muchas veces en el curso de nuestra vida con el mismo acento, como el agradecimiento y la gran bondad especialmente cuando llamamos a nuestra madre diciéndole con acento del alma: “¡te quiero mucho mamacita!”

Pero ahora quiero hablar de ese pedacito de pan que recibimos y adoramos en la Eucaristía. Ese pan que se convierte en el cuerpo, en la sangre, en el alma y en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo en virtud de las palabras consagratorias que pronuncia el sacerdote con la fuerza del Espíritu Santo en sus labios. Este pan que da la vida y es el alimento sobre todo para el alma y que nadie es digno de recibir. Pero Cristo ha querido quedarse presente, vivamente presente en esa hostia blanca que nos da la fortaleza espiritual y humana.

Me voy a permitir hablar de la celebración de mi primera misa en la que tome en mis manos con gran devoción la hostia y el cáliz para decir con un acento profundo de fe: ESTO ES MI CUERPO, ESTA ES MI SANGRE QUE SERÁ DERRAMADA POR MUCHOS PARA ANDAR EL CAMINO DE LA VIDA CON TODA FELICIDAD.

Todavía recuerdo que me estremecí de emoción al presentar la hostia blanca que se había convertido en el cuerpo y en la sangre de Cristo en la transustanciación y me sentí como transformado en alguien que no era yo, sino el mismo Cristo, MISTERIO DE NUESTRA FE. Caí de rodillas y se me escaparon unas lágrimas de alegría y de profundo agradecimiento al experimentar este gran milagro de haber sido elegido sacerdote por Dios para celebrar la Eucaristía principalmente y para perdonar los pecados del hombre.

Quiero decir que al celebrar la eucaristía me preparo diciendo estas palabras de Santo Tomas de Aquino:

“Dios todo poderoso y eterno, he aquí que llego al sacramento de tu unigénito hijo, nuestro Señor Jesucristo, como enfermo al médico de la vida, como manchado a la fuente de la misericordia, como ciego a la luz de la eterna claridad, como pobre y necesitado al Señor de cielo y tierra, como desvalido al Rey de la Gloria.

Ruego, Padre a tu infinita misericordia, que tengas a bien sanar mi enfermedad, limpiar mis manchas, alumbrar mi ceguera, enriquecer mi pobreza, vestir mi desnudez para que pueda así yo recibir el Pan de los Ángeles, Rey de los Reyes y Señor de los que domina. Oh Padre amantísimo, concédeme que logre contemplar cara a cara, por toda la eternidad a tu amadísimo hijo a quien ahora en mi vida mortal me propongo recibir oculto en el velo del sacramento y que contigo vive y reina por siglos de siglos”.

Verdaderamente he sentido yo la fuerza espiritual y física que me comunica este Cristo que recibo en cada Eucaristía, pan de vida eterna.

Es un signo muy grande del amor de Dios al hombre el VERBO DE DIOS que tiene nuestra carne, nacido del ceno virginal de María es el mismo hijo de Dios que cada amanecer en las manos sacerdotales nace como un sol de alegría que está presente en el más pequeñito trozo de pan que da la vida. De ahí nuestro agradecimiento de ser invitados a este banquete del Señor y asistir a esa gran cena Eucarística con el vestido digno de la gracia, del amor y del más profundo agradecimiento.

Quiero manifestar humildemente que me siento muy contento de ser sacerdote. Es un don inmerecido, tan grande que nos cuesta trabajo conocer en toda su grandeza y plenitud. Pero no solo tengo que quedarme con la alegría de recibir este pan de vida. Tengo que compartir todo lo que significa el recibirlo: repartir bondad, amor, misericordia, generosidad y constatar que este pan de vida quiere que nos sintamos todos hermanos, “en comunión”, especialmente la familia. Ahí existe una unión estable de un hombre y una mujer signo y presencia del amor de Dios, del reconocimiento y aceptación de la diferencia sexual del hombre y de la mujer, que permite a los cónyuges unirse en una sola carne y ser capaces de engendrar nueva vida, manifestación de la bondad del creador, de su sabiduría y sus designios de amor.

Así como el cuerpo y la sangre de Cristo engendran una vida nueva, la vida Divina, que compromete toda la vida y que descubre tantos rasgos de la fe. La fe que nos ayuda a captar toda la profundidad de riqueza, la generación de los hijos, porque hace saborear en ella el amor creador que nos da y nos confía el misterio de una nueva persona. Por la comunión participamos también de la misma naturaleza divina, se amplían horizontes de la existencia, tener esa vitalidad de todos los sacramentos pero especialmente el de la Eucaristía. Ese pan en un pedacito encierra toda la grandeza de Dios hecho hombre para divinizarlo.

El Papa Francisco en cada encuentro con Cristo, VERDAD Y VIDA aviva nuestra fe en lo más importante de nuestra vida, no basta solo al mirar y mirar a Jesús en la Eucaristía, sino hacerlo vida en nuestra propia vida.

La Eucaristía es la verdadera raíz de nuestra fraternidad. Es el amor inefable del Padre que se comunica en Jesús, luz del rostro de Dios que ilumina por medio del rostro de un hermano.

La celebración Eucarística tenemos que verla como algo indispensable en nuestra vida para lograr vivir la paz y la justicia por el único camino del amor encarnado.

Así como alimentamos nuestro cuerpo, también el alma necesita de ese “pedacito de pan”.

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