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Una niña que nació para hacer milagros

28 de julio, 2015

admin/La Voz de Michoacán

Se me ocurrió escribir algo sobre el nacimiento de un niño o de una niña, al que Dios ha creado para manifestar su gran amor y su poder maravilloso al infundir el alma espiritual a un niño desde el primer instante de su concepción, recuerdo una paginita de una novela en donde unos pequeños personajes le preguntan a su amigo Jacinto. ¿Qué has hecho hoy en la escuela?

He hecho un milagro.

¿Un milagro? ¿Cómo?

Fue en el catecismo.

¿Y cómo hiciste el milagro?

Tenemos como profesora a una señorita que está muy enferma. No puede hacer nada ella sola.

Sólo hablar y reír.

¿Y qué pasó?

La señorita hablaba de los milagros de Jesús. Y los niños dijeron: “No es verdad que existan milagros. Porque, si los hubiera Dios te hubiera curado a ti.

Y ella ¿Qué dijo?

Dijo: Sí, Dios hace también milagros para mí y los niños dijeron: ¿Qué milagro ha hecho?

Y entonces ella dijo: mi milagro son ustedes. ¿Por qué? Le preguntaron.

Y ella dijo: porque me llevan los miércoles a pasear empujando un carrito de ruedas. ¿Lo ves?

La señorita dijo también que habría muchos milagros si la gente quisiera hacerlos.

¿Te gusta a ti hacer milagros? Sí. Tengo ganas de hacer un montón. Primero pequeños. Cuando sea grande voy a hacer milagros grandes. Quiero hacerlos todos los días de mi vida. ¿No te parece que la vida es también un gran milagro? No, respondió una niña la vida es para hacer milagros. No es para limitarse a confiar en que él resuelva nuestros problemas, sino para comenzar a hacer ese milagro pequeñito que él puso ya en nuestras manos de niña. El milagro de querernos y la felicidad de compartir el amor. Eso es más prodigioso que multiplicar el pan.

Acaba de nacer una niña preciosa en un hogar profundamente cristiano. Hubo un estallido de alegría no sólo en el corazón de sus padres sino de toda la familia pues sentían que esa niña traería algo muy especial para ellos y que al nacer, la primera caricia la recibió de su madre joven, que al ponerla en sus brazos la niña instintivamente le echó el brazo derecho y la abrazó y la miró y aquella mirada se le quedó grabada para siempre en el alma. La niña se llama Anapaula. Un niño siempre nace en el momento oportuno que Dios quiere y lo da con gran generosidad para que sus padres vivan más intensamente el amor de Dios y se manifieste más claramente la armonía de toda la familia.

Porque esta niña nació para dar amor y eso es un milagro, porque no hay nada ni nadie que hable con los ojos o con el alma para decirle a los suyos “Te amo papi, te amo mami, te amo Santiago, te amo Emiliano” y así va repitiendo a los que la hacen hablar con sus ojos y con su sonrisa.

Esa niña nos ha acercado a todos más a Dios, como pasa en todos los hogares cristianos que saben apreciar intensamente el regalo de la vida de un hijo. Sólo los niños pueden transmitir el encanto de ese amor.

Los ángeles de su guarda que están siempre pendientes de ella son principalmente sus padres, que a pesar de los compromisos familiares o sociales que tengan, el principal es estar muy cerca de sus hijos, que no podrán jamás sustituir ese amor con ningún otro en la vida.

Los ojos grandes y brillantes de Anapaula manifiestan esa inteligencia que Dios le ha dado para servir a la humanidad entera porque ha nacido con una misión hermosísima, la de dar y darse a los demás con la misma alegría con que se da a los suyos.

¡Qué grande y difícil es la tarea del matrimonio! pero que satisfactoria y hermosa. Los niños aprenden a vivir de fe y amor en su hogar y a caminar en la vida teniendo en la vida los valores que sus padres principalmente les infundieron desde pequeños. Por eso vivirán siempre unidos en el amor, en la alegría, en el entusiasmo por compartir juntos la presencia amorosa de Dios en todas las circunstancias de la vida.

Un niño o una niña jamás aprenderán a odiar a nadie cuando respiró en su familia el cariño y el amor verdadero, jamás olvidará los cuidados y los sacrificios de sus padres para llevarlo siempre por el buen camino de la verdad, la justicia y la paz.

El otro milagro muy claro que, nos regala un niño es compartir lo que Dios le ha regalado. Esto se nota espontáneamente cuando el hermano mayorcito le da un chocolate de los que le acaban de regalar sus queridos abuelos. Se hacen muy humanos porque la compasión y el amor a la familia están plenamente unidos a su manera de ser y de vivir. Sabrán repartir pan porque sus ángeles de la guarda les infunden alegría de hacer lo que sus padres hacen con frecuencia especialmente entre los más necesitados. El corazón es más grande cuando sabe dar con generosidad, que cuando recibe el amor de su madre, porque un niño es como una semillita sembrada en tierra fértil que hay que cuidar con mucho amor para que germine, y si la descuidamos podríamos impedir que dé todo el fruto.

Anapaula ha nacido por voluntad de Dios en los brazos más amables que pudieron acariciarla por vez primera y su papá al verla derramó unas lagrimillas de gozo.

Dios tiene sus planes para cada familia y parece ser que los padres se sienten más felices por la armonía que da el equilibrio entre hombres y mujeres, pues todos saben la importancia que tiene mujer en el mundo y en la familia.

Todos, en cierta forma, estamos obligados a tratar con cariño, con delicadeza, a todos y cada uno de ellos. Pero a veces los abuelos, al recibir las caricias de sus nietos y darles un beso ellos responden con un encantador apapacho.

Anapaula irá creciendo y nunca se le van a olvidar las primeras caricias que recibió principalmente de sus padres y de sus abuelos maravillosos. Algún día ella también hará el milagro más grande de amarnos toda la familia con el mismo amor que Dios nos ama a nosotros. ¡Felicidades, Anapaula y recuerda que tus ángeles de la guarda te cuidarán amorosamente porque Dios los ha puesto para que te cuiden y te acerquen cada día más a Dios!

Dios te ha regalado una excelente familia y tú eres como la cereza en ese pastel tan grato.

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