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Semana Santa 2017

16 de abril, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

LA VOZ DE LA FE

Durante los días pasados, hemos vivido una Semana Santa llena de muchos momentos inolvidables, reviviendo los misterios de nuestra fe. Momentos que brotan del corazón de nuestro pueblo y que expresan en gestos, signos, símbolos, celebraciones, devociones, entre otras, la importancia de Dios en la vida de cada persona, desde la más humilde y sencilla hasta en la más letrada y pudiente. Es en conjunto, la expresión de una fe viva en un pueblo con raíces, costumbres y tradiciones muy arraigadas.

Seguramente el Señor ha dejado en nuestros corazones la semilla de su Palabra, que nos invita a ser mejores humanos y cristianos. Todos nos alegramos porque nuestro Dios está vivo, y su sacrificio ha dado fruto al llamarnos a formar parte de su Familia Santa que es la Iglesia. Pues al participar de la fe en Cristo, nos hacemos miembros de esta gran familia de los cristianos.

Ser cristiano es ante todo, creer en Jesucristo y seguirlo; creer especialmente en la muerte y resurrección del Hijo de Dios como acontecimiento salvador y como la suprema manifestación del Amor de Dios por nosotros, y además, creer en la Iglesia como la esposa de Cristo y propagadora de la fe.

El ser cristianos es lo más grande y valioso que tenemos. Ni los mejores títulos, ni los solemnes reconocimientos honoríficos que la sociedad pueda hacer por nosotros tienen comparación con el hecho de ser cristianos. Y este tiempo de Pascua que hemos iniciado nos los recuerda constantemente.

Ser cristiano significa creer que Jesús está vivo, presente entre nosotros y obra por medio del Espíritu. Ser cristiano es encontrar en la Palabra de Dios, en la Eucaristía, en el “sacramento del otro”, en los pobres, en las victimas de la violencia, en los marginados y en los enfermos a Cristo Resucitado y, a la luz de la Pascua descubrir con los ojos nuevos a Dios, a la persona humana y al mundo.

La resurrección de Jesús, señala el punto de partida de la fe cristiana y constituye su centro. En la Pascua, la Iglesia proclama su fe no sólo en la inmortalidad del alma, sino en la victoria sobre la muerte, sobre las tinieblas, sobre la destrucción. La verdad de la resurrección de Cristo es una verdad entera, plena: no sólo verdad de fe, sino también verdad del intelecto. Desde ese día extraordinario, el anuncio de “la salvación como liberación” no se calló jamás sobre la tierra.

En nuestros Estados de Michoacán y de Guanajuato tan heridos y lastimados por la pobreza, la marginación y la violencia, es compromiso y responsabilidad de todos fomentar decididamente la “cultura del encuentro y de la paz” favoreciendo el diálogo con personas e instituciones dentro y fuera de la Iglesia, experimentando la alegría de encontrarnos, de reconocernos como iguales, buscando juntos caminos de reconciliación y de paz, que fortalezcan nuestras esperanzas.

La nueva vida que Dios ofrece a los hombres, es fruto de la Resurrección de Jesús, para vivir un estilo de vida nuevo, una esperanza nueva, una visión más clara del querer de Dios aquí y ahora, siendo más misericordiosos, humildes, íntegros, más humanos, y tratándonos con un poquito de mayor ternura y cariño, de respeto y consideración, de amabilidad y cordialidad, movidos siempre por la alegría de la vida, por la alegría de la resurrección.

A más de dos mil años de distancia, Jesús nos sigue impresionando e interpelando con la grandeza de su amor. Y así como hizo en aquel tiempo, nos invita a ser compasivos y misericordiosos: cuidar a los enfermos, a los pobres, a los niños, a los presos, etc… Hoy más que nunca estamos llamados a imitar a Cristo y amar como Él amó.

Al conmemorar el extremo de su amor en la Cruz nos confronta y nos hace reflexionar cuánto amor ponemos a lo que hacemos. Con cuánto amor amo a mi familia, a mis padres, a mis hermanos, a mis hijos, a mi esposo o esposa. Contemplemos a Jesús en la Cruz y sepultemos con él todo aquello que no nos ayuda a ser mejores personas. Y que la Luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestros pecados y nos ilumine para descubrir en los necesitados, en las víctimas de la violencia, en los enfermos, en los que sufren, al mismo que dio su vida por nosotros y nos tiende su mano.

No dejemos que los momentos especiales y significativos que hemos vivido a lo largo de estos días en la Semana Santa, se queden en algo meramente momentáneo o pasajero, sino que hagan mella en lo más profundo de nuestras conciencias y de nuestros corazones, para que den fruto abundante en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestros círculos sociales, en nuestras comunidades y en nuestra sociedad, y poco a poco, vayamos transformando la realidad de violencia, inseguridad e indiferencia, en una realidad de justicia, amor, esperanza, perdón, reconciliación y paz.

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