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Aritmética Social II

29 de marzo, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

Vidal Mendoza/La Voz de Michoacán

Una tensión está presente en el transgénero. Los sujetos transgénero que aparecen como transgresores, desafiando todas las prohibiciones, simultáneamente se comportan de una forma híper sensible en la medida en que se sienten oprimidos por la elección forzada (“¿Por qué debería decidir si soy hombre o mujer?”) y por la necesidad de un lugar donde puedan reconocerse ellos mismos. Si insisten en su “trans-” con orgullo, más allá de toda clasificación, ¿por qué demandan de forma tan urgente un lugar apropiado? ¿Por qué cuando se encuentran frente a sanitarios con género, no actúan con una heroica indiferencia (“¡Soy transgénero, un poco de esto y de aquello, un hombre vestido como mujer, etc., así que puedo, perfectamente, escoger la puerta que quiera!”)? Además, ¿los heterosexuales “normales” no se enfrentan a un problema similar? ¿No es común que ellos encuentren difícil reconocerse en identidades sexuales prescritas? Podría decirse que “hombre” (o “mujer”) no es una identidad cierta, sino una cierta forma de evitar una identidad… Y podemos predecir con seguridad que surgirán nuevas demandas antidiscriminación.

¿Por qué no cabrían matrimonios entre varias personas? ¿Qué justifica la limitación a la forma binaria del matrimonio? ¿Por qué no habríamos de contraer matrimonio con animales? Después de todo ya sabemos acerca de la delicadeza de las emociones animales ¿Dejar fuera el matrimonio con un animal no es un caso claro de “especismo”, un privilegio injusto de la especie humana?

En la medida en que el otro gran antagonismo es el de las clases, ¿no podríamos imaginar también una crítica homóloga que niegue la binariedad de las clases sociales? La lucha de clases “binaria” y la explotación deben estar complementadas por una posición “gay” (explotación entre los miembros de la clase dominante, por ejemplo, banqueros y abogados explotando a los capitalistas productivos “honestos”), por una posición “lesbiana” (mendigos robando a trabajadores honestos, etc.), una posición bisexual (como un trabajador auto empleado, yo actúo como capitalista y trabajador), una asexual (me mantengo fuera de la producción capitalista), y así sucesivamente.

Este impase de clasificación se distingue claramente en la necesidad de la expansión de la fórmula: el básico LGBT (Lesbiana, Gay, Bisexual, Transgénero) se vuelve LGBTIIA (Lesbiana, Gay, Bisexual, Transgénero, Interrogador, Intersexual, Asexual) o hasta LGBTQIIAAP (Lesbiana, Gay, Bisexual, Transgénero, Queer, Interrogador, Intersexual, Asexual, Aliados, Pansexual). Para resolver el problema simplemente añadimos un símbolo “+” que sirve para incluir todas las otras comunidades asociadas con la comunidad LGBT, como LGBT+.

Sin embargo, esto nos lleva a la pregunta: ¿el símbolo “+” es sólo un “estar en” para las posiciones perdidas como un “y otros”, o puede ser directamente un “+”? La respuesta dialéctica correcta es “sí”, porque en una serie siempre hay un elemento excepcional que claramente no pertenece a ella y, de este modo, da cuerpo a “+” (el símbolo de “+”). Pueden ser “aliados” (individuos “honestos” que no son LGBT), “asexuales” (negando por entero el terreno de la sexualidad) o “interrogadores” (flotando alrededor, incapaces de asir una posición determinada).

En consecuencia, sólo hay una solución a este callejón, esa solución que encontramos en otro campo de desechos, en el de los botes de basura. Los botes de basura públicos son más y más diferenciados hoy día. Hay contenedores especiales para papel, vidrio, latas de metal, cartón, plástico, etc. Aquí, a veces, las cosas se complican.

Si tengo que deshacerme de una bolsa de papel o de un cuaderno con una delgada banda de plástico, ¿a dónde pertenece? ¿Al papel o al plástico? No importa que a menudo se nos den instrucciones detalladas en el contenedor justo debajo de la descripción general: PAPEL –libros, periódicos, etc., pero NO libros de pasta dura o libros con pasta plastificada, etc. En esos casos, deshacerse apropiadamente de los desechos tomaría media hora o más de lectura detallada y de decisiones difíciles. Para hacer las cosas más fáciles, tenemos un contenedor complementario para los DESECHOS EN GENERAL donde arrojamos dentro todo lo que no coincidió con el criterio específico de los otros contenedores, como si, una vez más, fuera de la basura hecha de papel, de plástico, etc., hubiera basura como tal, basura universal.

¿No deberíamos hacer lo mismo con los sanitarios? Puesto que ninguna clasificación puede satisfacer todas las identidades, ¿no debemos añadir a la división habitual (HOMBRE, MUJER) una puerta para GÉNERO en GENERAL? ¿No es esta la única forma de inscribir en un orden de diferencias simbólicas su antagonismo fundamental? Lacan ya señaló que la “fórmula” de la relación sexual como imposible/real es 1+1+a, por ejemplo, los dos sexos más el “miembro en la garganta”, que impide que se traslade, que se desplace, hacia una diferencia simbólica. Este tercer elemento no representa lo que está excluido del dominio de la diferencia; en vez de eso, representa (lo real de) la diferencia como tal.

La razón de esta falla de toda clasificación que trata de ser exhaustiva no es la riqueza empírica de las identidades que desafían la clasificación sino, por el contrario, la persistencia de la diferencia sexual como real, como “imposible” (desafiando toda categorización) y simultáneamente inevitable. La multiplicidad de posiciones de género (hombre, mujer, lesbiana, bigénero, transgénero…) circula alrededor del antagonismo que lo esquiva, lo elude por siempre. Los gays son hombres; las lesbianas, mujeres; los transexuales ejecutan el paso de uno a otro; los travestis combinan ambos; el bigénero flota entre los dos… Cualquiera que sea el camino hacia el que volteemos, los dos acechan debajo.

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