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Morelia, Michoacán a 23 de abril de 2017
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Aritmética Social IV

12 de abril, 2017

Redacción web/La Voz de Michoacán

Vidal Mendoza

El objeto a, que complementa a la pareja, nos lo dio un extraño incidente que ocurrió en la Turquía kemalista en 1926. Una de las acciones de la modernización kemalista fue reforzar nuevos modelos “europeos” para las mujeres en cuanto a cómo vestir, hablar y actuar, para así deshacerse de las tradiciones orientales opresivas. Como es bien sabido, había una ley del sombrero que prescribía (por lo menos en las ciudades) cómo los hombres y las mujeres debían cubrir sus cabezas. Entonces,

En Erzurum de 1926 hubo una mujer a la que ejecutaron bajo el pretexto de haberse “opuesto a la Ley del Sombrero”. Era una mujer muy alta (casi 2 metros) y de aspecto muy masculino que vendía chales para ganarse la vida. La periodista NimetArzık la describió así: “dos metros de altura, con un rostro tiznado y rastas delgadas parecidas a serpientes y con una forma de caminar varonil”. Por supuesto, como mujer, no se suponía que llevara sombrero fedora, así que pudo no haber sido “culpable” de nada pero probablemente, apresurados, los gendarmes la confundieron con un hombre y la llevaron al patíbulo. Definitivamente ella no era “normal”, ya que la descripción de Arzık no encaja en ningún marco de normalidad femenina en ese momento en particular y, probablemente, pertenecía a la antigua tradición de “personas especiales” con algún tipo de desorden “genético”, que eran toleradas y culturalmente incluidas. La transición coaccionada y apresurada a la “modernidad”, de cualquier forma, no permitió que tal inclusión existiera y, por lo tanto, tuvieron que eliminarla, tacharla de la ecuación. “¿Una mujer tiene que vestir un sombrero para morir ahorcada?” Fueron las últimas palabras que murmuró en el camino al patíbulo. Independientemente de no tener sentido, estas palabras representaban un vacío semántico y sólo indicaban que, definitivamente, ésta era una escena de lo Real, subvirtiendo las reglas de la semiótica: primero la emascularon (en su sentido etimológico primario de “hacer masculino”), para después poder “emascularla”, castrarla.

¿Cómo interpretar este extraño y ridículamente excesivo acto de matar? En lugar de socavar la diferencia sexual, SalciBaci defendía esta diferencia como tal, en todo su Real traumático, irreductible a cualquier clara oposición simbólica. Su inquietante aspecto transforma la clara diferencia simbólica en lo imposible-Real del antagonismo. Así, de nuevo, de la misma manera que la lucha de clases no es sólo “complicada” cuando aparecen otras clases que no entran en la división clara de la clase dominante y la clase oprimida (este exceso es, por el contrario, el elemento mismo que hace real el antagonismo de clase y no solo una oposición simbólica), la fórmula del antagonismo sexual no es M/H (la clara oposición entre Mujer y Hombre) sino MH +; donde “+” representa el elemento excesivo que transforma la oposición simbólica en lo Real del antagonismo.

Esto nos trae de nuevo a nuestro tema, la gran oposición que está surgiendo hoy entre, por un lado, la imposición violenta de una forma simbólica fija de la diferencia sexual como el acto básico de contrarrestar la desintegración social y, por otro lado, el “fluidificación” transgénero total del género, la dispersión de la diferencia sexual en múltiples configuraciones. Mientras que en una parte del mundo, el aborto y los matrimonios homosexuales se aprueban como una señal clara de progreso moral, en otras partes, surgen de forma explosiva la homofobia y las campañas contra el aborto. En junio de 2016, Al Jazeera informó que una holandesa de 22 años se quejó con la policía porque la violaron después de haber sido drogada en una discoteca de lujo en Doha. Y el resultado fue que un tribunal de Qatar la condenó por sexo ilícito y recibió una sentencia de un año en prisión. En el extremo opuesto, lo que cuenta como acoso en los alrededores de lo políticamente correcto también se está extendiendo. El siguiente caso me viene a la mente. Una mujer caminaba en una calle con una bolsa en la mano y un hombre negro caminaba 15 yardas detrás de ella. Consciente de ello, la mujer (¿de manera inconsciente, automáticamente?) apretó con fuerza la bolsa y el negro reportó que experimentó ese acto de la mujer como un caso de acoso racista…

Lo que sigue es también el resultado del descuido de la dimensión de clase y raza por parte de los defensores políticamente correctos de los derechos de las mujeres y los homosexuales:

En 10 Hours of Walking in NYC as a woman, creada por una empresa de marketing de video en 2014, una actriz vestida con jeans, playera negra y tenis caminó por varios barrios de Manhattan, grabando con una cámara oculta y un micrófono las acciones y comentarios de los hombres que encontraba a su paso. A lo largo de la caminata, la cámara registró más de 100 casos codificados como acoso verbal, desde saludos amistosos hasta comentarios sexualizados sobre su cuerpo, incluyendo amenazas de violación. Si bien el video fue aclamado como un documento de acoso callejero y de miedo a la violencia que son una parte cotidiana de la vida de las mujeres, ignoró la raza y la clase. La mayoría de los hombres en el video eran minorías y, en algunos casos, los hombres interpelando a la actriz estaban de pie recargados en los edificios, descansando en hidrantes o sentados en sillas plegables en la acera; imágenes utilizadas para caracterizar a la clase baja, a los desempleados o, como un lector comentó: “El video estaba destinado a generar indignación… y utilizó el cripto-racismo para hacerlo.”

El gran error de lidiar con esta oposición es el buscar una medida adecuada entre dos extremos. En lugar de esto deberíamos sacar a la luz lo que comparten los dos extremos: la fantasía de un mundo pacífico donde la tensión agónica de la diferencia sexual desaparece, ya en una jerarquía de distinción de sexos clara y estable, ya en una fluidez feliz de un mundo des-sexualizado. Y no es difícil distinguir en esta fantasía de un mundo pacífico la fantasía de una sociedad sin antagonismos sociales, en resumen, sin lucha de clases.

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