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Déficit democrático

3 de agosto, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Por: Vidal Mendoza

 

En ocasiones, un rostro se convierte en un símbolo no de la potente individualidad de su portador, sino de las fuerzas anónimas que tiene detrás. Con su estúpida sonrisa, ¿no era el rostro de Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo, el símbolo de la presión brutal de la UE sobre Grecia? Recientemente, el TIPP [Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión] adquirió un nuevo símbolo: el rostro impasible de la comisaria de Comercio Cecilia Malmström, quien, preguntada sobre cómo era capaz de seguir promocionando el TIPP frente a la oposición generalizada de la opinión pública, respondió sin que se le cayera la cara de vergüenza: “Yo no he recibido mi mandato de los europeos”.

Ahora ha surgido un tercer rostro anónimo: el de Frans Timmermans, primer vicepresidente de la Comisión Europea, quien en diciembre de 2015 regañó al Gobierno polaco por la adopción de una nueva ley que subordina el Tribunal Constitucional al Ejecutivo. Por otra parte, Timmermans ha condenado la nueva ley de medios que aprobó a toda prisa el Parlamento polaco recientemente: la ley permitirá que el Parlamento despida a todos los ejecutivos de las empresas públicas de radio y televisión del país y designe a sus sustitutos. El partido en el poder lo justificó por la necesidad de reprimir las críticas injustas a sus actos, mientras que la oposición la denuncia como una grave limitación de la libertad de la prensa. A modo de réplica fulminante y sin miramientos, la parte polaca advirtió a Bruselas que “se conduzca con más moderación cuando en el futuro llame la atención y amoneste al parlamento y al gobierno de un estado soberano y democrático”.

Desde el punto de vista típico de la izquierda liberal, es inapropiado, por supuesto, poner estos tres nombres en el mismo plano: Dijsselbloem y Malmström personifican la presión de los burócratas de Bruselas (sin legitimación democrática) sobre los estados y sus gobiernos democráticamente elegidos, mientras que Timmermans intervino para proteger las instituciones democráticas básicas (independencia de los tribunales, prensa libre…) de un Gobierno que se ha excedido en el ejercicio de sus poderes. Sin embargo, aunque pueda parecer obsceno comparar la brutal presión neoliberal sobre Grecia con las críticas justificadas a Polonia, ¿es que la reacción del Ejecutivo polaco no ha dado también en el blanco? Timmermans, un miembro de la Administración de la UE sin ninguna legitimación democrática clara, ejerce presión sobre un Gobierno democráticamente elegido de un Estado soberano.

¿No nos encontramos con un dilema similar en la Alemania de hoy? Cuando recientemente respondí a las preguntas de los lectores del diario Süddeutsche Zeitung sobre la crisis de los refugiados, la cuestión que atrajo de lejos la mayor parte de la atención se refería precisamente a la democracia, pero con un sesgo de populismo derechista: cuando Merkel hizo su famoso llamamiento público en el que invitaba a cientos de miles de refugiados a Alemania, ¿cuál era su legitimación democrática? ¿Qué le daba derecho a dar un giro tan radical a la vida de los alemanes sin una consulta democrática? Mi propósito en este punto, por supuesto, no es apoyar a los populistas contrarios a los inmigrantes sino señalar claramente los límites de la legitimación democrática. Lo mismo ocurre con los que abogan por la apertura radical de las fronteras: ¿son conscientes de que, puesto que nuestras democracias son democracias de Estado nación, su demanda equivale a dejar en suspenso la democracia? ¿Debería permitirse que un cambio de tamaña magnitud afecte a un país sin una consulta democrática a su población?

¿Y no es esto mismo de aplicación a los llamamientos a la transparencia de las decisiones de la UE? Puesto que en muchos países la mayoría de la opinión pública estaba en contra de la reducción de la deuda griega, hacer públicas las negociaciones con la UE llevaría a que los representantes de estos países abogaran por medidas aún más duras contra Atenas… Nos encontramos aquí con el eterno problema: ¿qué ocurre con la democracia cuando la mayoría se inclina a votar por leyes racistas y sexistas? En mi opinión, una medida política liberadora no debería estar condicionada a priori por procedimientos democráticos formales de legitimación. Con frecuencia, el pueblo no sabe lo que quiere o no quiere lo que sabe, o quiere algo injusto. En esto no hay atajos y nos podemos imaginar una Europa democratizada, con ciudadanos más comprometidos, en la que la mayor parte de sus gobiernos estén formados por partidos populistas contrarios a los inmigrantes.

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