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Morelia, Michoacán a 23 de mayo de 2017
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19.10

Del trovador de Minnesota, Robert Zimmerman

19 de octubre, 2016

Redacción web/La Voz de Michoacán

Vidal Mendoza

“The ear does it. The ear is the only writer and the only reader.” – Robert Frost.

Ha pasado una semana desde el anuncio de su premiación, pero como era de esperarse los medios están ya saturados de notas sobre el Nobel de literatura del año 2016 para Bob Dylan. Pocos premios tan merecidos, aunque los mismos que nos sentimos vindicados por él nos entristecemos porque no lo haya recibido el otro grandísimo escritor-cantante, o “cantautor”, y su contemporáneo, Leonard Cohen, quien, penosa paradoja, parece estar despidiéndose de este mundo justo en estos días.

No es siquiera concebible la juventud de al menos dos generaciones sin las cascadas verbales, la voz gangosa y la armónica de Bob Dylan: nos dio una identidad literaria, inspirada, desenfadada, burlona, y pintó con diseños indelebles, como a su amada en Lay Lady Lay, nuestras añoranzas, emociones, indignaciones y rebeldías. Se dice con razón que, aunque la letra sea buena, no es lo mismo poesía y canción. En realidad, es como criticar a Oscar Wilde porque The Ballad of Reading Gaol es, en efecto, una balada, tanto más dolorosa por la cadencia de su ritmo, o hacer menos a Annabel Lee de Poe por su dulzura de canción antigua, o en realidad al mismo Shakespeare,

For never was a story of more woe Than this of Juliet and her Romeo por la alegría misma de sus versos y rimas, que no rehúyen el refrán, y la buena estructura de sus poemas, que los hacen a todos ellos memorizables.  Aunque su obra propiamente escrita es apreciable, la literatura de Dylan se vierte en canciones, vehículo que la hizo llegar y quedarse en las mentes y vidas de millones de jóvenes. Ya ha dicho Barack Obama que, para consolarse de la política, en las interminables negociaciones su recurso es cantar en su mente Maggie’s Farm. El formato musical nos enseñó a apreciar naturalmente la cadencia, los versos y la dicción de las letras, en una gama de velocidades, urgencias y pausas, del estilo burlón pero serio, sentimental pero mordaz de Bob Dylan.

Y no es un letrista avaro: muchas de sus  grandes canciones son baladas muy largas, con letras intricadas, cargadas de imágenes y una exquisita textura literaria, sobre cuyas influencias –desde la música folk de Woody Guthrie pasando por Rimbaud y la poesía Beat, hasta la Biblia- no se han escrito centenares sino miles de páginas. Yo recordaría el aroma anticuado de Belle Isle, tan cercano al de Annabel Lee.

La carrera de Bob Dylan estuvo marcada por su temprana y explosiva fama y su inquebrantable voluntad de no someterse a ningún credo que no fuese el que le dictaba su identidad de origen, a la que regresa cada vez más. Se sabe bien que incomodó hasta el alma a los luchadores sociales de los sesenta, cuando se negó a servir sus causas y a obedecer el dictado cultural de la música acústica. La identidad política que fue afirmando paso a paso tiene tanto de indignación social, contra la guerra (Masters of War), de defensa de la población negra y en contra de la perversión racista de la justicia (Hurricane, The Lone some Death of Hattie Carroll), de rebelión sesentera (The Times They Are A´Changing),  como del conservadurismo de una independencia y una decencia a toda prueba, no calificada ni condicionada, que parece originarse en la vida provinciana austera, severa, de la que proviene Bob Dylan.

Alguna vez contó que su padre era de pocas palabras, pero que no dudó en arriesgar la vida por un desconocido cuyo carro iba a estallar en llamas. Fiel a esta moral que excluye el oropel y la indulgencia comercial, Bob Dylan nunca se redujo a una ideología, cualquiera que fuera. Hasta las canciones que el público más ha querido identificar como himnos de la contracultura, como A Hard Rain´s Gonna Fall, están cargadas de imágenes indefinibles, crípticas, que nos acostumbran a repugnar de las canallas autosatisfacciones de las buenas conciencias.  El mismo Dylan previó su regreso a los valores básicos, anteriores a la ideología, en esa anti-profesión de fe que es su magnífica My Back Pages:

Ah but I was so much older then,

I´m younger than that now.

Tampoco ha tenido problema con defender valores conservadores, como las obligaciones familiares (Oh Sister), o el respeto por los desposeídos –menos como reivindicación política que como un llamado a regresar a los valores humanos elementales: la deferencia profunda por la gente apartada, ajena al ruido de la educación y la cultura contemporáneas, como los que están fuera de la ley, o Hattie la humilde sirvienta negra, que un potentado a quien servía en la mesa asesinó de un golpe de bastón nada más porque sí, y quien pagó muy barato por su acción.

Detrás de todo ello, no es difícil percibir la presencia de la religión,  del antiguo testamento particularmente. Aunque es de origen judío, Dylan se convirtió al catolicismo por unos años, seguramente para caerle todavía peor a los radicales. Canciones y portadas poco atractivas fueron entonces compensadas por obras maestras como Man Gave Names to all the Animals. El tema bíblico de esa canción no impone desde luego ninguna moralización o un tono solemne: la estructura narrativa de la letra es tan ligera como redonda, y su simplicidad espiritual, correspondida por una música falsamente sencilla y falsamente didáctica, es alegrada por rimas casi infantiles y una moraleja de fábula.

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