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La declinación francesa I

15 de febrero, 2017

Paola Franco/La Voz de Michoacán

Vidal Mendoza

LE DÉCLINISME (la declinación) lleva mucho tiempo en aumento en Francia. Ya se trate de la influencia diplomática y cultural de su nación, de su golpe militar y económico, o de su capacidad para afrontar los desafíos nacionales del siglo XXI, manteniendo sus valores laicos históricos, los intelectuales franceses se retorcían las manos, es decir, escribiendo libros sobre por qué están retorciéndose las manos.

Entre las víctimas de le déclinisme está el intelectual francés. Pero esto no es nuevo. El titular urgente de una historia reciente en la página web de France Culture – “El intelectual francés en peligro de extinción” – pierde un poco de su urgencia cuando nos damos cuenta de que tales advertencias han sido comunes durante mucho tiempo. Durante la Era de los Héroes -el siglo que va de Zola a Sar- tra hasta Foucault- el intelectual era una especie reconocible y específicamente francesa. Floreciendo en las selvas de la ribera izquierda, el “intello” sostenía sobre asuntos del bien y del mal, del bien y del mal.

Pero desde entonces ha dado lugar a una especie diferente: alimentadores de fondo que florecen en este ecosistema cultural. Panfleteros como ÉricZemmour, novelistas como Michel Houellebecq, y ensayistas como Alain Finkielkraut, cuyos trabajos recientes – Le Suicide Français (Zemmour), Soumission (Houellebecq) y L’IdentitéMalheureuse (Finkielkraut) – reflejan su triste contenido, vienen a representar una tradición una vez gloriosa.

O no tan glorioso. Como sugiere ShlomoSand en su nuevo libro, el intelectual francés nunca fue lo que se creyó ser.

Al igual que Groucho Marx, el historiador israelí contraria se niega a pertenecer a cualquier club que lo tenga como miembro. Hace unos años, su libro How I StoppedBeing a Jew causó un pequeño alboroto. No sólo, argumentó, era la misma noción de un pueblo judío unificado, sino también un mito que sustentaba la creación de lo que él llama la nación más racista del mundo: Israel. Predeciblemente, el argumento de Sand – el fruto de profundos antecedentes históricos, experiencia personal aguda y escritura agudamente incisiva – le ganó pocos amigos en Israel. ¿La fin de l’intellectuelfrançais? (¿El fin de la intelectualidad francesa?) Probablemente ganará arena como muchos amigos en París. Sin embargo, al igual que con su herencia judía, también con su herencia adoptada como intelectual: a Sand le gustaría azotar la puerta, pero su pie se mantiene en el camino.

Sand dedica mucha energía a raspar la chapa mítica de la fase heroica de intelectuales franceses. Si el criterio decisivo para pertenecer a este gremio es una devoción a la verdad y la justicia, ¿cómo es que la mayoría de los intelectuales estaban muertos en mantener a Dreyfus en la Isla del Diablo? Para cada Émile Zola, nos recuerda Sand, había docenas de intelectuales, encabezados por los formidables gustos de Maurice Barrès y Charles Maurras, defendiendo la causa del ejército. Para cada periódico como L’Aurore, que publicó “J’Accuse” de Zola, había docenas de periódicos que alimentaban y alimentaban el antisemitismo popular. Basándose en la obra de Christophe Charle, Sand sugiere que la vanguardia cultural de la época, incluyendo figuras como LéonBlum y Charles Péguy, se reunió con Dreyfus no sólo como una cuestión de conciencia, sino como un medio para desafiar el dominio que las instituciones conservadoras tenían sobre la producción literaria.

De estas cumbres menos que raras, la carrera del intelectual francés viaja de un bache histórico a otro. Consideremos el célebre ensayo de Julia Benda, La Trahison des clercs (La Traición de los Intelectuales) de 1927. El veterano Dreyfusard fustigó a aquellos “clérigos” que, habiendo descendido de las alturas de la verdad y la justicia, se habían convertido en vitrinas para los partidos políticos. Los intelectuales verdaderos, declaró, son inmunes a las “pasiones políticas” y dedicados a un “reino no de este mundo”. Terminando sus días como un compañero de viaje comunista, el propio Benda nunca escapó a la atracción gravitacional de este mundo. Engañado como sus pares de izquierda y de derecha, confundía una perspectiva particular y provincial -en su caso, nacionalismo republicano- con lo que consideraba verdades universales.

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