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La declinación francesa II

22 de febrero, 2017

Paola Franco/La Voz de Michoacán

Vidal Mendoza

Sin embargo, en comparación con los intelectuales cuyo universalismo no es lo bastante universal para incluir a judíos o musulmanes, inmigrantes que huyen de la guerra e inmigrantes huyendo de la inanición, la ceguera de Benda parece positivamente benigna. Desde los años de entreguerras a través de Vichy, escritores antisemitas como Robert Brasillach y Pierre Drieu La Rochelle ostentaban sus credenciales intelectuales. Como escribió Drieu en 1945, encarcelado por colaborar con los nazis, “Durante mi vida, me he conducido en plena conciencia de mi concepción de los deberes del intelectual.” (En cuanto a su muerte, se suicidó en su celda de prisión mejor dicho que se enfrentó a un pelotón de fusilamiento.)

Así como el surgimiento de los intelectuales franceses comenzó en la explosión fin-de-siècle de la “judéophobia”, su declive y caída está vinculada al crecimiento de la islamofobia. (Sand sugiere que la intolerancia doctrinal de la actitud de la República Francesa ante la presencia del velo islámico es la imagen especular de la actitud de la República Islámica de Irán hacia su ausencia). Los intelectuales no han estado exentos de esta creciente islamofobia. De hecho, los sentimientos anti-musulmanes de los principales pensadores son aún más sombríos que el antisemitismo de destacados intelectuales como Brasillach y Drieu, Céline y Maurras.

Debido, en parte, a la omnipresencia de la pantalla electrónica, figuras como Houellebecq, Finkielkraut y Zemmour son menos “intelectuales” en el molde tradicional de lo que Pierre Bourdieu describió como “pensadores rápidos que ofrecen comida rápida cultural”. Sand argumenta que lo que están sirviendo no es sólo rápido, sino también venenoso. En la novela más vendida de Houellebecq, Soumission, Sand se pregunta cuál habría sido la reacción pública y crítica si, en lugar de un gobierno islámico que llegó al poder en Francia, hubiera sido un gobierno judío que impuso privilegios y desventajas basados en la ley religiosa. En cuanto a los ensayos de Zemmour y Finkielkraut, Sand argumenta que, si bien difieren en el estilo, comparten el mismo diagnóstico de lo que ha ocurrido y que hizo que Francia se suicidara a saber que, “la inmigración masiva llevará a la dominación musulmana”. Sand observa que ambos escritores, lamentan incansablemente el declive intelectual y cultural de Francia.

Sobre todo sin piedad y mordiente, el libro de Sand también ocasionalmente engaña. A diferencia de la Ni droite, ni gauche (1983) de ZeevSternhell, cuya falta de contexto histórico criticó hace muchos años, Sand descuida a veces las complejidades sociales detrás de la marea creciente de la islamofobia. En particular, desprecia el papel de lo que GillesKepel, en su nuevo libro Terror en el Hexágono, identifica como la “radicalización del Islam”. En su introducción, Sand también desprecia las palabras y acciones de un intelectual con el que comparte muchas afinidades: Albert Camus. Sand cita el comentario polémico que Camus hizo sobre las actividades terroristas del FLN en su Argelia natal: “Creo en la justicia, pero defenderé a mi madre ante la justicia”. El problema es que Camus nunca pronunció esas palabras. Según la edición Pléiade de sus obras deja en claro, Camus observó que las bombas estaban siendo plantadas en tranvías en Argel, donde su madre aún vivía. “Si eso es justicia, prefiero a mi madre”.

Pero teniendo en cuenta las apuestas involucradas, éstas son dudas. Al final de su libro, Sand advierte que nadie, “ni los republicanos, ni los socialistas, ni siquiera las minorías perseguidas y sus descendientes son inmunizados contra la plaga contagiosa que consiste en rechazar y temer al otro”. Camus, que en La Peste llamó a la constante vigilancia y auto vigilancia, ya que todos tenemos la plaga dentro de nosotros.

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