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La interioridad frente a la superficie I

19 de abril, 2017

Paola Franco/La Voz de Michoacán

Freud nos dijo que uno de los efectos más inquietantes para la ontología humana es ser confrontado por una máquina que viene a la vida. En esto, sólo hacía eco de lo que ya era un siglo de ansiedad acerca de los límites y definiciones de los humanos desde el comienzo de la era de la máquina. La nueva película de Rupert Sanders Ghost in the Shell, basada en el anime clásico de culto de 1995 del mismo nombre de Mamoru Oshii, basado en el manga de Shirow Masamune, y siguiendo una larga línea de cibernética cinematográfica de Blade Runner a Ex Machina, se extiende esta aprehensión sobre la animación de lo inanimado y pide todas las preguntas esperadas (y, me atrevo a decir, cansado): ¿Qué hace un humano humano? ¿Es la conciencia igual que el alma? ¿Hay un fantasma en la máquina? ¿Es la inteligencia artificial una mejora o un borrado de lo humano? ¿Qué sucede con el elemento humano cuando el cerebro se reduce a una serie de impulsos eléctricos y, a la inversa, a lo largo de una línea más sentimental, las máquinas también pueden tener sentimientos?

El planteamiento de éstas preguntas se ha convertido en una convención del género de la ciber-ficción; Así también el despliegue de la feminidad y de la alteridad racial como excitación gratuita y exótica. Las críticas de la película de Sanders ya han señalado los placeres voyeuristas ofrecidos por un “desnudo” de Scarlett Johansson, que interpreta a Major Motoko Kusanagi, un policía cibernético aumentado que no es tímida acerca de exponer su cuerpo totalmente sintético. Muchos han criticado la película por sus usos apropiados de las cosas asiáticas y las personas como decoración exótica, y todos parecen estar de acuerdo en que el casting de Johansson como Kusanagi era una forma de “blanqueo” comercial, si no es puramente blanco. Pero una película como Ghost in the Shell debería plantearnos preguntas sobre la relación entre superficie y encarnación.

Ghost in the Shell, junto con el género del cyberpunk con su tecno-orientalismo, que es en sí mismo una reanudación del orientalismo del siglo XIX, nos da la oportunidad de considerar una lógica alternativa de encarnación racial americana. Las dicotomías como la autenticidad versus la artificialidad, la interioridad frente a la superficie, el fantasma contra la cáscara, la humanidad orgánica frente a la asamblea sintética simplemente no nos ayudan a abordar la extraordinaria materialización de la raza y el género. Lo peculiar de la “feminidad asiática” en la imaginación racial occidental es que nunca ha necesitado lo biológico o lo natural para lograr una presencia plena, sensorial, ágil y viva:

La confusión de la feminidad asiática y la artificialidad se extiende desde Platón hasta Oscar Wilde y se puede ver en el Art Nouveau, el simbolismo francés, hasta llegar a versiones amplias en el siglo XXI. La feminidad asiática siempre ha sido protésica. El sueño de la mujer amarilla supone un sueño sobre lo inorgánico. Ella es un (si no el) cyborg original.

Es fácil lamentar la pérdida de la humanidad en una figura como esta o, por el contrario, celebrar su triunfante posthumanismo, pero es mucho más difícil y, diría yo, mucho más urgente, morar con la incomodidad de la innegable alteridad humana, una figura que no nos deja olvidar que el humano siempre ha estado envuelto con el inhumano antes de la amenaza de la máquina moderna. En esta luz, la lógica racial como esta extraña encarnación-que-es-también-no-encarnación, persigue a Ghost in the Shell, interpretándose compulsivamente en las superficies de la película: en los hologramas parpadeantes de la puesta en escena, Las superficies higiénicas del laboratorio Frankensteiniano y la piel de nuestra heroína. No es una coincidencia que el elemento más visualmente sorprendente y más filosóficamente sugerente de la película sea la epidermis de Mayor: una sorprendente combinación de materia resiliente y transparencia voluntaria; cosido pero sin costuras; Una agrupación unificada de desnudos fragmentados y abigarrados; Una desnudez que también es armadura. La piel supra-humana y sartorial de Mayor ejemplifica la pura tecnología impenetrable, pero también lleva la historia invisible, porosa y fracturada del trabajo humano, por la cual no me refiero a las delicadas manos de su científico-cirujano creador, subyacente a la lógica esclava del cyborg. Así, la misma superficie de la piel blanca, inorgánica, impecable e implacable de Johansson / Mayor, precisamente como revestimiento, emite, contra intuitivamente, una “inmersión profunda” en la feminidad asiática. Ella es la cáscara tecnológica del siglo XXI que encierra el núcleo traumático del imperialismo euroamericano y la historia racial. (No olvidemos que  Mayor es el producto / hija de un gigante industrial estadounidense anunciando el progreso de alta tecnología en un “estado de conglomerado corporativo llamado Japón”).

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